Julius, o la vida al margen

Julius, ayer, en una céntrica calle de Burela
photo_camera Julius, ayer, en una céntrica calle de Burela

Todo el verano lleva en A Mariña Julius, un vagabundo alemán que deambula por Galicia desde hace seis años y que se torna fácilmente reconocible por el hedor que desprende. Un hecho que hace que esta sola persona preocupe más que todo el resto de los ‘sin techo’, pero para el que no hay, de momento, una solución.


la imagen de personas pidiendo limosna en la puerta de los comercios en relativamente nueva para los vecinos de la comarca de A Mariña que, desde hace unos meses, tienen que lidiar casi a diario con la presencia de Julius, un vagabundo alemán, que recaló a principios de junio en Viveiro. Lleva asentado prácticamente todo el verano entre Burela y Foz, localidades entre las que va y viene, para dolor de cabeza de vecinos e instituciones, que asisten atónitos al hecho de que nadie pueda poner fin a su forma de vida.

La respuesta es no. Julius es una persona mayor de edad y cabal; aunque no todos coincidan en este último extremo lo cierto es que, de momento, nadie ha podido dictaminar lo contrario y eso que ha habido varios intentos de internarlo. Uno de los últimos, hace un año en A Coruña, pero el juez determinó que estaba en sus cabales en base a unos informes médicos que concluían que era dueño de sus actos y que tenía derecho a vivir como le viniera en gana.

Comportamiento

Es esta cuestión la que suscita rechazo entre la población, porque lo que está claro es que Julius no está capacitado para vivir en sociedad, por lo menos de la manera que nosotros entendemos. La libertad de uno termina cuando empieza la de los demás para todos, excepto para él, que puede hacer lo que se le antoje cuando le venga en gana, como defecar en la calle, un claro ejemplo de que no cumple unas normas que, para otros, como los dueños de mascotas que no recojan los excrementos de sus animales, acarrean incluso multas.

Otros de sus comportamientos se han demostrado también peligrosos para la seguridad vial, como constatan autoridades responsables, para quienes el hecho de que Julius utilice en ocasiones la acera, e incluso la calzada como colchón, pueda suponer un peligro para su integridad física o la de otras personas, que podrían verse involucradas en un accidente por su causa. Por ello, son cada vez más voces que reclaman una solución antes de que pueda pasar algo. Prevenir antes de lamentarse, una máxima sensata.

Las últimas actuaciones judiciales contra él datan de junio de este mismo año, con la apertura por parte de la Fiscalía de Ferrol de los trámites para solicitar su incapacitación e ingreso en un centro. Un proceso complicado, no solo porque acarrea el cambio de juzgado según el periplo de Julius, sino porque deben intervenir las autoridades alemanas, país de procedencia del vagabundo, y donde sus progenitores deberían prestar declaración.

Las relaciones con su familia son también un capítulo aparte, pues al parecer conoce su penosa situación, pero se niega a regresar con ellos y eso que han sido varias las ocasiones en que al parecer su padre vino a buscarlo hasta Galicia, alertado por su deterioro.

En barco

Fue en A Coruña donde este hombre, nacido al parecer en 1980 en la población germana de Bornheim, recaló hace seis años, a bordo de un barco al que nunca regresó. Se cuenta incluso que fue abandonado por sus propios compañeros, alertados ya por comportamientos extraños y ajenos a todo tipo de caridad humana, aunque tampoco se descarta que quedara por voluntad propia.

Desde entonces, hace ya seis años, vaga por el mundo sin un rumbo fijo, con su vida a cuestas. Un cubo de plástico azul y un raído saco de dormir forman parte de sus escasas pertenencias, además de bolsas de basura, con la que se cubre incluso los pies, que calza con unas deterioradas sandalias y su inseparable manta, convertida ya en una segunda piel, pero igual de negruzca que la primera, debido a la nula higiene que practica Julius.

Es precisamente eso, y solo eso, lo que su historia le hace diferente a la de cualquier otro ‘sin techo’. Un hedor que ha llevado a los responsables de los comercios a impedirle la entrada en los negocios y optar por acercarle a la puerta el pedido, escaso y casi siempre de comida, unos víveres en los que no tiene cabida el alcohol y que paga religiosamente pues, poco o mucho, maneja su propio dinero. Hay quien dice que se lo envía su familia, y también que procede de una pensión que cobra de Alemania, donde al parecer ya había sido diagnosticado por desórdenes mentales.

¿Y si no es así, y si Julius ha optado por vivir al margen del resto? Que se sepa lleva la vida que quiere y nadie podría deducir que no es feliz, aunque a muchos les cueste creerlo.

Su mirada perdida en el horizonte, que apenas muta cuando alguien pasa por su lado, oculta una historia que solo él conoce.Una mirada profunda, de unos ojos acuosos, que fueron incluso inspiración para una artista coruñesa que los plasmó en un lienzo, y que aún esconden parte del brillo que tuvieron no hace mucho cuando, dicen, lucía una estética surfera con la que deambulada por la ciudad con mucha mejor presencia que ahora.

Su deterioro físico es evidente, pero las instituciones tienen las manos pilladas, porque no pueden hacer nada, si él no quiere y está claro que no quiere. Julius ha rechazado todo tipo de ayuda de los servicios sociales y de cualquier otro organismo humanitario, lo que trae de cabeza a las instituciones. Ni siquiera, dicen, ha sido capaz de aceptar mantas nuevas, que ayudaría a paliar el mal olor de sus prendas, de las que en ocasiones ni siquiera se desprende para bañarse en el mar.

Conflicto

Su pacifismo, curiosamente, se ha convertido en un conflicto, puesto que Julius nunca se ha visto involucrado en ningún altercado. No se mete con nadie, y apenas se dirige a la gente chapurreando un mal español para pedir, solo unas pocas veces, 50 céntimos, y contesta con un claro «gracias» a la limosma. Si no le das, no pasa nada, él sigue a lo suyo.

Son numerosísimas las veces que los vecinos de Foz y Burela, donde ha optado por quedarse en los últimos meses, han solicitado la presencia de la policía, pero solo porque incomoda tenerlo cerca, nunca porque se haya visto envuelto en ningún problema, y siempre, con mayor o menor celeridad, ha obedecido a los agentes. Está claro que la sociedad no está preparada para convivir con una persona que no se rige por ninguna norma y que su máxima es apestar porque le viene en gana.

Su deambular por la comarca se ha convertido ya en una rutina y su presencia parece que tiende a convertirse en algo habitual. El hombre de las mantas, un indignado contra el sistema, llena páginas y páginas en internet, en donde su vida se vive más rápido que la propia realidad.

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