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Julio García-Gabilán Díaz de Tudanca

Rodeado del cariño y cuidados de su familia, ha fallecido recientemente en esa ciudad Julio García- Gabilán Díaz de Tudanca. Aunque coruñés de nacimiento, se trasladó a vivir a Lugo cuando su padre, propietario de una farmacia en la ciudad herculina, tomó posesión de la plaza de farmacéutico jefe de servicio del antiguo Hospital Provincial lucense.

Llegó a esa ciudad en plena adolescencia y ahí tuvo una vida larga, plena y feliz junto a su esposa, Loli Sangil Fernández, una lucense bella y elegante, profesora de EGB, con la que ha compartido el amplio arco temporal que discurre desde su enlace matrimonial hasta su sentidísima muerte acaecida hace ya algunos años. Con ella formó un matrimonio que ha sabido granjearse el cariño de todos aquellos que hemos tenido el honor de gozar de su amistad. No hablo ahora en calidad de pariente del difunto, que también, sino con el cariño sincero del verdadero amigo, de quien no ha recibido más que muestras de fidelísima amistad, la que se pone de manifiesto en los momentos difíciles de la vida, especialmente en los más aciagos y comprometidos. Nada importaban los años que pudiesen transcurrir sin verle, al final siempre encontrábamos al amigo de siempre, al hombre de mundo, caballeroso y de conversación amena e inteligente.

Funcionario de carrera de la Administración del Estado, transferido a la de la Comunidad Autónoma de Galicia en la que se jubiló, a Julio le ha correspondido el honor de nacer en el seno de una familia buena y honorable. Su línea paterna, de antigua prosapia castellana, descendía de los privilegios concedidos a la heroína Antonia García y a Enrique de Salamanca por los Reyes Católicos, ambos en remuneración de los destacados servicios prestados en los convulsos inicios de su reinado, y ambos, igualmente, con la particularidad excepcional de su transmisión por línea masculina y femenina, singular derogación de la norma general del derecho de la época. Han sido numerosos los miembros de su familia que desde el primer tercio del siglo XIX tuvieron el honor de servir con acierto y honradez a la provincia de Valladolid como diputados provinciales. Fue el primero nuestro cuarto abuelo común, Ildefonso García de Casasola, hacendado y gran contribuyente de aquella provincia, razón por la que formaba parte del reducido grupo de treinta y siete personas que por el año 1834 tenían derecho de sufragio activo en las elecciones a las Cortes Generales, y que ha sido tronco común de un considerable número de parientes por consanguinidad y afinidad que brillaron en la sociedad vallisoletana como prestigios juristas, diputados a Cortes, médicos y farmacéuticos a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX.

En su familia materna, de rancia hidalguía solariega originaria de las montañas de Burgos, descollaron prestigiosos juristas, burócratas y miembros de las Órdenes Militares, especialmente a lo largo del período en que los destinos de la monarquía hispana estuvieron regidos por la Casa de Austria: Pedro Díaz de Tudanca, alcalde de Casa y Corte, consejero en los Consejos de Cruzada y el Supremo de Indias, y finalmente en el Consejo Real; Jacinto Díaz de Tudanca, caballero de la Órden de Santiago y consejero en el Supremo Consejo de Órdenes; Francisco Díaz de Tudanca, caballero de la orden de Calatrava, o Pedro Otalora Díaz de Tudanca caballero de la Orden de Santiago, también consejero y caballerizo de la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV.

Nada podía hacer esperar que una persona con estos antecedentes familiares pudiese ser a lo largo de su vida otra cosa que no fuese una muestra constante de sacrificio y abnegación para con su esposa, hijos y nietos, limpieza de corazón, bondad, honestidad y amistad verdadera, cualidades todas que sumadas a su elegante presencia y saber estar hacían de él un auténtico caballero.

Hombre de sinceras convicciones religiosas, nunca ha dejado de estar conectado con la realidad social y política del momento que le ha tocado vivir, manifestándose siempre como un convencido progresista, firme defensor del voto fiel a la ideología, algo que no ha dejado de sorprendernos a los que hemos tenido oportunidad de ser sus contertulios en cuestiones sobre política, más inclinados algunas veces a emitir el voto en atención al perfil concreto de los candidatos, desligado del ideario de partido, algo que a él le parecía totalmente inverosímil.

Desde estas líneas quiero reiterar mi más sincero sentimiento de pesar a la familia, especialmente a sus hijos, Julio y Marco García-Gabilán Sangil, su nuera, Ana María Pardo Valdés, y nietos, Julio y Ana García-Gabilán Pardo, que han sido firme ejemplo de amor filial, cuidándole y acompañándole con plena dedicación a lo largo de estos últimos años. No puedo dejar de albergar la esperanza de que el infinito desconsuelo que les ha causado la pérdida de su compañía en este mundo, ha de verse mitigada con la certeza de que su alma de hombre de bien goza ya, junto a la de su inolvidable esposa, de la vida eterna con la que Dios, en su infinita bondad y misericordia, recompensa a los justos.

Julio García-Gabilán Díaz de Tudanca
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