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Juan Meilán: "No me tenía en pie. Era como un mueble al que le falta una pata"

A la quinta sesión de rehabilitación vestibular, pasó de no poder caminar sin apoyarse en dos personas a poder volver a hacerlo sin ayuda

Hace tres años, y tras un catarro largo y farragoso que le provocó problemas en ambos oídos, Juan Meilán, que por entonces era un profesor de autoescuela de 60 años se levantó y un fortísimo pinchazo en la nuca y un mareo insoportable lo volvió a tumbar.

Durante meses, mientras le hacían distintas pruebas para descartar otros problemas de salud, Juan se puso en pie lo justo. Tumbado era como se encontraba mejor. Tumbado y sin moverse. "No me tenía en pie. Era como un mueble al que le falta una pata. Iba a la consulta entre mi mujer y mi hija porque me iba hacia los lados", dice.

Fue diagnosticado de laberintitis, infección del laberinto, que es el centro del equilibrio y se le prescribió rehabilitación vestibular. La primera vez que se colocó en la posturografía, aunque tiene unos arneses para evitar caídas y la supervisión constante del personal, no fue capaz de acabar la sesión. El mareo y la inestabilidad pudieron con él. "Aunque la máquina realiza un movimiento mínimo no pude completarla", admite.

Sin embargo, con el tiempo su situación fue mejorando y recuerda que, a la cuarta o quinta, ya estaba en condiciones de caminar solo, sin ayuda. "Pasé de caerme si no me apoyaba a sostenerme yo mismo", recuerda, de forma que cuando acabaron las nueve sesiones prescritas su vida había recuperado mucha de su normalidad.

No toda, sin embargo. La posturografía le ayudó con la estabilidad, pero no tanto con los mareos, que sigue padeciendo. Juan, que a raíz de esa enfermedad obtuvo el reconocimiento de una incapacidad permanente porque no pudo volver a trabajar, ha aprendido algo que le parecía imposible. "Me dijeron que tenía que adaptar mi vida a los mareos. Yo pensé, al principio, cómo iba a hacer algo así a los 60 años", explica. Lo logró. Se gira lentamente cuando lo llaman por la calle, moviendo todo el cuerpo, por ejemplo, porque sabe que un giro brusco es malestar asegurado.

Sigue haciendo ejercicios en su casa, a través de una plataforma web con la que los enfermos de trastornos vestibulares pueden seguir su rehabilitación en el domicilio. Y es dedicado. Alarga las sesiones de media hora a las dos horas. "Lo peor que puedo hacer es dejar los ejercicios. Me vienen muy bien y si los dejo, aunque sea una semana, lo noto mucho", explica

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