Igual que las ratas

La fuerza de la costumbre consigue que lo disparatado acabe no siéndolo, lo cual viene a demostrar que el hombre es sobre todo animal de hábitos, que se adapta perfectamente al medio en el que le toca vivir. Acostumbrados los lucenses a vivir un mes con la roña hasta el cuello, podemos al fin saborear la inmundicia con igual fruición que las ratas relamiendo la mugre de su hábitat. Lo más duro será retroceder, si es que ocurre, y aclimatarnos a cómo estábamos antes de empezar la pesadilla. Observen que ya nadie se extraña ni preocupa; vean cómo los medios de información foráneos ni nos mencionan. Lo harían si los afectados fuesen madrileños, vecinos de Toledo, Ávila o Guadalajara. Pero lo nuestro les pilla lejos y solo se nos citará de pasada cuando la epidemia nos doblegue y las camas del Hula sean insuficientes para recuperar tanto apestado. Será entonces cuando el Sergas encienda las alarmas que mantiene apagadas. Menos mal que, además de ser mártires de una causa que cada día huele peor, saldremos orgullosos en el Guinness. Iba siendo hora.