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Escotet llega con un plan

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E N ESTA crisis que ha puesto patas arriba nuestro sistema financiero supone toda una lección histórica que finalmente sea el banco más antiguo de España, el más pequeño, el más prudente y conservador, entendido su negocio como el de siempre, el de captar y prestar dinero, quien engulla al gigante herido por los excesos de unos innombrables califas, cuya gestión más exitosa consistió en envolver el fenomenal excedente de ahorro que lograban en Galicia y prestarlo en otras latitudes al socaire del calentón inmobiliario. Banco Etcheverría dará probablemente nombre a la Novagalicia que conocemos hoy, también su sede y principales rostros en su cúpula, pero no deja de ser el instrumento de un magnate venezolano, Juan Carlos Escotet, que entendió muy rápido cuál era el camino a seguir para hacerse con la pieza en la subasta que concluyó esta semana.

Escotet leyó el partido mejor que nadie si se trataba de verdad de apostar por la adquisición de la entidad. Puso dinero, pactó plazos y renunció a ayudas adicionales, consciente de lo que realmente puntuaba para comprar una entidad que ha engullido casi 9.0000 millones de euros y tiene el aliento de Bruselas en el cogote. Porque el Banco de España está muy vigilado en todo esto. En resumen, Escotet arriesgó.

Poco importa ya hablar de lo que planteaban los demás, de sus cabreos y de las trampas en todo el proceso. Toca mirar hacia delante. La actuación del Frob, a mayores, es digna de análisis, cuando no de demanda civil. El mismo día que anunciaba la resolución de la subasta en primera ronda, difundía un informe para justificar una actuación que recuerda mucho, si nos ponemos benévolos, a la teoría de los juegos tan bien reflejada en aquella película sobre la vida del nobel John Nash (‘Una mente maravillosa’), aprovechando la información asimétrica de los candidatos en una puja a dos vueltas, con cambio de reglas sobre la marcha por dos veces, con el único objetivo de elevar el precio por Novagalicia.

Y si de mirar hacia delante se trata, pronto llegará el momento de desmenuzar un plan estratégico que ya tiene forma, y del que se empiezan a conocer algunos mimbres que armarán la cesta. Por momentos, todo lo que rodea a Novagalicia Banco se percibe como tierra quemada. Estamos ante una entidad que ha visto mermar su balance en tres años un 22%, hasta los 56.754 millones de euros,reduciendo un 51% sus oficinas, hasta quedarse con una red de 672 sucursales, y recortar empleo a razón de casi mil trabajadores al año desde 2010, hasta contar con una plantilla actual de 5.037 trabajadores. Y nos encontramos ante un comprador, Banesco, que no es ni mucho menos un gigante: suma la mitad de activos que la actual NCG, y es muy similar en dimensiones a lo que en España es hoy Bankinter o fue en su día el Pastor.

Y, hablando de dimensiones, un dato sirve para ilustrar lo que es el Etcheverría: cuando compró las 66 oficinas de NCG, este mismo año, directamente duplicó su balance. Pero, futura marca o no, Etcheverría y Banesco tienen una plataforma domiciliada en Madrid que conocen muy bien el Banco de España y la Agencia Tributaria, al estar dentro del régimen de entidades de tenencia de valores extranjeros. Del holding de Banesco en España cuelgan participaciones en entidades en Panamá, República Dominicana y Estados Unidos, entre otros países. Así, desde Madrid controla el 100% de Banesco Panamá, de Banesco Banco Múltiple (Santo Domingo) y de varias filiales de medios de pago. No es un desconocido.

En los últimos meses, a la vez que perdía la puja por el Banco Gallego frente al Sabadell, de forma muy discreta el banco presidido por Escotet ha procedido a impulsar cambios en su estructura en España, con la vista puesta en crecer. Y tras adjudicarse Novagalicia, habrá de seguir con un achatarramiento impuesto por Bruselas, sinónimo de banca comercial y territorio.

Así, se acelerarán desinversiones en una cartera industrial de participadas todavía abultada, al igual que procederá a borrar (vender y liquidar) todo rastro del ladrillo no traspasado en su día al banco malo, y proseguirán las provisiones ante unos quebrantos que Escotet ya conoce. En el dibujo del nuevo banco también está realizar una ampliación de capital, en un plazo no superior a tres ni inferior a dos años, paradójicamente con la vista puesta en la Bolsa, el mismo lugar a donde quería llegar José María Castellano, pero con otros compañeros de viaje. «Galicia necesita y se merece mejor banca», dijo Escotet al bajar de su avión. Ojalá sea así, por el bien de un país huérfano de banqueros desde hace ya demasiados años.

Castellano, al 'balón de oro' le faltó rematar

APOSTÓ todo al blanco y salió negro. Así de claro. José María Castellano, acostumbrado a jugar muy adelantado, no logró rematar el balón esta vez. El simple hecho de que, un día después de la presentación de ofertas vinculantes, con el arranque de la semana, desde NCG se anunciase que para el equipo directivo el caballo ganador, su favorito, era Escotet, habla de precipitación, cuando no de desesperación. Las duras condiciones impuestas por el Gobierno a los fondos internacionales habían pesado como un losa en el ánimo del equipo de Caste en la recta final de la subasta, ya que esos requisitos acotaban, como diques infranqueables, la opción del ejecutivo gallego y sus fondos. O la banca nacional o la tercerva vía, es decir, los venezolanos de Banesco. Y así fue.

Adjudicada la entidad, al catedrático coruñés le quedaba la oferta de un sillón en el consejo de administración, en lo que algunos solo atisban a ver un frío taburete, lo que da muestras de la claridad de ideas de Escotet, porque es algo así como enseñarle la salida de forma muy cortés. Caste, y también César González-Bueno, han tomado el camino lógico y ahora solo queda ceder los trastos con elegancia.

Último servicio a su tierra o simple ambición personal para demostrar lo que valía, que es mucho, tras su traumática salida de Inditex, lo cierto es que casi nadie entendió cómo se embarcó en el proyecto de las cajas recién fusionadas. Ahora, Castellano tendrá tiempo para gestionar su patrimonio, que supera con creces todo lo invertido por aquel grupo de ilustres empresarios gallegos que, por obra y gracia del Frob, vieron cómo su dinero se esfumó en Novagalicia con él.

JAVIER ETCHEVERRÍA ♦ El mejor broche para el presidente del banco tricentenario

EL presidente de una entidad que durante muchos años fue el bonsái de las finanzas españolas junto a la extremeña Banca Pueyo cerrará su etapa profesional con el mejor broche posible. Ya en la presentación de la entrada de Banesco en el banco gallego, Javier Etcheverría de la Muela (A Coruña, 1933) hizo gala de una afabilidad y tranquilidad que solo otorgan los años. Octogenario ya, Javier Etcheverría no solo es tradicional en cuanto a usos y costumbres. También la gestión del banco que presidía fue prudente en los años de la orgía inmobiliaria. Y eso que tenía muy cerca, como accionista de referencia, a José Luis Méndez, el rubio que siempre cabalgaba a lomos del bíblico becerro de oro. Etcheverría, contrapunto a todo ello, se queda antes con la ambición profesional que la personal. Lo ha demostrado con creces. Y lo ha hecho con gestos, a lo largo de una vida discreta y sin delirios. Ahora le llega la gran recompensa.

FRANCISCO BOTAS ♦ El mayor reto para un gestor discreto armado de paciencia

ES discreto y paciente, por momentos tímido, pero hay en Galicia grandes gestores, como Pablo Isla, con rasgos similares. Francisco Botas, el flamante consejero delegado de la nueva Etcheverría/Novagalicia, es un especialista en tesorería y mercados de capitales, área que aprendió en su etapa en Inditex de la mano de Borja de la Cierva y también del propio José María Castellano. Una buena escuela. Vinculado profesionalmente desde hace años a la entidad betanceira, y previamente a la propia familia fundadora (es yerno de Javier Etcheverría), Francisco Botas tiene ahora la oportunidad de demostrar si le viene o no grande el puesto, como dicen algunos escépticos. Desde la llegada de Banesco al Etcheverría ha sabido rodearse de los mejores, y eso es un muy buen síntoma. Porque los proyectos los hacen las personas, pero también los buenos equipos.

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