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Entre lagunas por el techo de Galicia

Tramo de una ruta de montaña por las estribaciones de Pena Trevinca
Tramo de una ruta de montaña por las estribaciones de Pena Trevinca
Los vestigios glaciares de A Serpe y Ocelo, en las estribaciones de Pena Trevinca, culminan la ascensión de una ruta que parte de los 1.100 y se aproxima a los 1.900 metros

LAS PRONUNCIADAS pendientes acompañan durante buena parte del camino. De hecho se parte de los mil cien metros de altitud y se culmina cerca de los mil novecientos. Son las estribaciones del techo de Galicia, Pena Trevinca, que con sus 2.127 metros mira desde su atalaya a todas las demás cimas de la comunidad, pero también hacia las vertientes de las provincias de Zamora y León.

Lagunas glaciares jalonan sus valles en este techo gallego, paraíso del senderismo, que cuando su práctica llama a tu puerta, y tienes la osadía de abrirle, todo está perdido para ti. Muchos lo consideran una actividad de moda, y ni siquiera un deporte, pero lo cierto es que, como una semilla, germina poco a poco. Comienzas con pequeñas rutas, cerca de casa y espaciadas en el tiempo, hasta terminar recorriendo cientos de kilómetros para llegar al punto de inicio de ese lugar maravilloso del que te han hablado o has descubierto en algún mapa. Y aquí estamos ahora, a dos horas de viaje, rodeados de amigos, nuevos y antiguos, para descubrir las maravillas de Trevinca.

La ruta comienza en la parroquia de Ponte –en el concello ourensano de A Veiga– a la que llegaremos por la carretera OU- 177, que nos dejará, siguiendo las indicaciones, en la entrada de la localidad. Atravesamos Ponte sorprendidos por la cantidad de agua que corre calle abajo. Explican los lugareños este inusual sistema de riego: el agua procede de una de las fuentes del pueblo y la calle, cóncava, se utiliza como canal hacia las fincas aledañas. El excedente se vierte en el río Xares, que un poco más abajo atraviesa el pueblo, sonoro pero tranquilo, en un lecho pedregoso y con sus orillas invadidas por frondosa vegetación.

Las casas restauradas compiten con las que están en ruina, algunas de ellas vestigios de un pasado pujante. Pero lo que más llama la atención son los enormes hornos de barro que sobresalen de las fachadas de las viviendas. Atrás queda el centro de interpretación y su fuente de agua fría y cristalina para tomar la salida de Ponte paralela al río. Aparece el primer desvío, se puede elegir visitar primero la laguna de Ocelo o por el contrario dirigirse hacia la de A Serpe. Optamos por esta última, tras pasar al lado de la Casa dos Vaqueiros, donde destacan sus grabados, que según algunas fuentes son de origen prerromano.

La PR-G 200 indica un desvío a la derecha, pero nuestro guía es montañero y los caminos marcados no le gustan demasiado. La montaña es descubrir nuevas sensaciones, dejarse llevar para imbuirse en su atmósfera. Así que continuamos de frente donde el camino de tierra se ha convertido en una senda empedrada. Todavía se pueden intuir los sonidos de los carros de antaño circulando cargados por la vereda.

Vamos cobrando altura. Al fondo, el valle de verdes praderas delimitadas por cierres de piedra contrastan con los tonos ocre de las montañas. Los caminos dibujan marcas rectilíneas, cortando la orografía en caprichosas parcelas. Y justo enfrente, las antiguas minas de wolframio de Vilanova. Este metal, muy escaso en el resto de Europa, resiste elevadísimas temperaturas (más de 3.400 grados centígrados), no se corroe y es duro como el diamante. La explotación se produjo entre 1918 y 1952 y tuvo su punto álgido durante la Segunda Guerra Mundial, época en la que los alemanes consiguieron gran cantidad de material para producción armamentística. Ahora agoniza en el olvido expuesta a las inclemencias y a la corrosión, dejando en el recuerdo los envenenamientos por arsénico producidos durante la extracción. Quizás esos susurros del viento sean los últimos gemidos de los mineros moribundos que dieron sus vidas por un puñado de monedas.

A nuestra espalda las vistas de Ponte, Lamalonga, Penouta o Alto de Covelo hacen tomar conciencia de la altitud a la que estamos. Una sola mirada y los concellos de Viana, A Veiga, Manzaneda y O Bolo se fijan en nuestra retina. De frente, la ascensión continúa. Dejamos atrás el magnífico y equipado refugio de cazadores para detenernos a observar el maravilloso vuelo de varios ejemplares de águila real.

Trazando círculos sobre el imponente abismo que se abre a nuestros pies su envergadura embelesa al senderista que osa mirar hacia el cielo. Sus siluetas se recortan entre las blancas nubes ajenas a nuestra presencia. Un corte en la ladera cayendo hacia el profundo valle corta la respiración.

Si buscamos la definición de belleza en estado puro esta será Trevinca.

Mientras respiramos la suave brisa de la montaña y el tímido sol lanza sus cruentos rayos sobre nuestros cuerpos, el camino va perdiendo poco a poco su desnivel. Cientos de mariposas revolotean a nuestro alrededor. De color negro, blanco o marrón se cruzan por doquier empujándonos a través de la senda llana y amplia. Su aleteo remueve el cálido aire, y como si nuestras botas se alejaran del suelo avanzamos, casi levitando, hacia nuestra primera parada, la Lagoa da Serpe. Allá en el fondo sus aguas oscuras viven enmarcadas entre rocas y pinceladas verdes de diferentes tonalidades. Su peculiar forma, semejante a la cabeza de una reptil, y sus aguas estancadas de origen glaciar han hecho que se rodee de numerosas leyendas. Una gran serpiente, se dice, vive en su interior y cada noche de San Juan abandona la laguna convertida de nuevo en una bella princesa a la espera de que un apuesto y valeroso joven rompa el maleficio.

No es solo agua, es un conjunto casi escultórico de hermosas montañas encadenadas en la cima del mundo. Te sientas a observar el vuelo de los pájaros y en cada bocanada de aire el corazón goza henchido de felicidad. La montaña te transforma y el cansancio acumulado tras la imponente subida acaba convertido en pura energía vital.

Nada sería capaz de enturbiar esa sensación. Si se bajan los ojos a la laguna y se elevan después hacia el cielo, recorriendo entre tanto el verde perfil de las cumbres, la anatomía de A Serpe permanecerá para siempre, grabada. Nuestro deseo es quedarnos pero no es posible, debemos reanudar la marcha. Desde aquí la senda está marcada en el descenso a la Lagoa de Ocelo, pero haciendo caso omiso a las indicaciones continuamos campo a través, para más adelante comenzar a descender.

MATORRAL Y FLORES. El sendero es apenas una estrecha línea entre matorral y flores silvestres. Bellezas de alta montaña donde los árboles no dan cobijo ni sombra. No los busquéis, la altitud hace tiempo que los ha hecho desaparecer. De frente, el camino que lleva a Porto, en la provincia de Zamora, surca como una herida el valle. En la lejanía los pastos para el ganado ganan terreno al yermo suelo. Un enorme rebaño de vacas pasta a sus anchas en su colonizado territorio. Somos intrusos en sus dominios, por lo que no somos bien recibidos. Y obedeciendo a la hembra dominante de la manada, huimos ladera abajo lejos de la senda deseada. Comenzamos el descenso, no es fácil la tarea pero la visión de Ocelo al fondo nos anima en nuestro empeño.

A diferencia de la otra laguna, Ocelo tiene forma redondeada. Al perder altitud la superficie arbolada aumenta y ahí, aprovechando el cobijo de la sombra que estos ofrecen, varios caballos pastan ajenos a la senda que recorre el lado contrario. Agua, pasto fresco y protección convierten este lugar en un pequeño oasis para los animales semisalvajes. A Ocelo se le escapa un poco de vida a través de un arroyo que, entre alisos, huye en busca de sedientos campos. Este pequeño rincón es el lugar idóneo para un refrigerio. Resguardándonos del sol refrescamos los pies en un agua gélida pero reparadora, cientos de ranas croan mientras los pájaros nos ofrecen sus mejores trinos.

Atrás dejamos las lagunas que hace 10.000 años se formaron al derretirse el hielo del glaciar que se deslizaba ladera abajo al erosionarse la roca más débil.

Descendiendo ligeramente, en un desvío a la izquierda, todavía podemos visitar las lagunas de Carrizais y Laceira. Pero esa ruta quedará para otra ocasión, porque ahora caminamos paralelos al cierre del coto de caza.

Si seguimos de frente nuestro destino será Xares. Pero si atravesamos la verja y nos adentramos en la zona vallada nuestro destino será Ponte. Como queremos una ruta circular procedemos a tomar la segunda opción. Las vistas, otra vez impresionantes, nos dejan distinguir a lo lejos la senda por la que ascendimos a A Serpe y el monte Maluro al fondo.

Las mariposas a nuestro alrededor continúan su sensual vuelo guiándonos paso a paso. Ante nuestros ojos, como sacado de un exuberante jardín, el camino se transforma. Solo son unos metros pero un denso bosquecillo de robles aderezado con matas de margaritas hacen casi irreal el paisaje. Como en un breve espejismo desaparecen para modificar de nuevo el camino. Una senda de piedras, tierra y retama nos deja a las puertas de Ponte. Y como su propio nombre describe, una vez más, atravesamos un antiguo puente donde cientos y cientos de pies gastaron sus piedras camino de la aldea.

Un alto en el lavadero, al amparo de su sombra, y en la fuente, para reponer de agua fría nuestras cantimploras, facilitan la recuperación antes de regresar sobre nuestros pasos camino de la iglesia donde comenzamos una ruta que concluye después de quince kilómetros y un desnivel que nos ha llevado desde los 1.100 metros de Ponte hasta los casi 1.900 en el punto más elevado.

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