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UNO DE LOS DELITOS MÁS DIFÍCILES DE DESCUBRIR

El pirómano que prefería la manguera al podón

Michael G.F., el día que fue puesto a disposición judicial
Michael G.F., el día que fue puesto a disposición judicial
El joven encarcelado en Lobios prendía fuegos de camino de su casa al trabajo, para luego extinguirlos y no tener así que ir a rozar el monte

Tiene 21 años y cumplía su cuarta campaña trabajando en las brigadas contra incendios en Ourense. Lleva una semana en la cárcel por prender el monte. ¿Qué puede llevar a un miembro de los servicios de extinción a arrimar el mechero a los matorrales? Pues en el caso de Michael G.F., según sus compañeros, la pasión por el fuego. Bueno, y también que prefería la manguera que el podón de rozar.

Michael llevaba dos meses bajo la lupa de la Guardia Civil. En Lobios, donde solía trabajar, se sucedían los incendios, sobre todo en el turno de trabajo de este joven, por lo que contaron con la colaboración de su jefe de brigada para sorprenderlo. Con un sistema de localización en su coche, los agentes constataron que, de camino al trabajo, desde su pequeña aldea de Puxedo, Michael se bajaba del coche y provocaba los incendios que unos minutos más tarde se dedicaba a apagar. Así de fácil. Así de incomprensible.

Su jefe de brigada cuenta al diario El Mundo que Michael era el primero que salía de la base cuando sonaba el walkie, sin importarle llevar varios años cobrando solo 850 euros al mes y parando en invierno. Solícito y trabajador, pero introvertido y de pocas palabras. El capataz recuerda que solo un día lo vio bloqueado, ante una llamarada de 20 metros de altura que lo dejó inmóvil con la mirada perdida, como si pensara "la que he liado". Toda la brigada huyó y un compañero se vio obligado a arrastrarlo para sacarlo de la zona de peligro.

¿POR DINERO? La jornada de su detención, poco antes de la fatal ola de incendios del fin de semana, era un día normal en el trabajo de los brigadistas, en un octubre especialmente seco. Entre los compañeros ya había el runrún de que cierto turno había tenido casi 20 fuegos en los últimos días, mientras que otros apenas uno o dos. La Guardia Civil lo pilló con las manos en la masa, delante de sus propios compañeros, después de que el GPS de vigilancia constatase su presencia en los lugares y horas de los últimos focos en Lobios.

La teoría del móvil del dinero no les cuadra a sus compañeros, según los cuales pesaba más su pereza para ir a rozar. Según cuentan, los días que se programaba un trabajo de mantenimiento, de repente, aparecía una alerta. Un día podía pasar, pero varios resultaba sospechoso.

En algunos medios se apunta a que, en su declaración, habría confesado que le pagaron 200 euros por iniciar varios fuegos. Según esto, Michael cobraba esa cantidad, con libertad para elegir hora y lugar de los focos. Su contacto lo llamaba desde un número oculto y luego le dejaba el dinero en un bar, en una rocambolesca historia que una de las personas que mejor lo conocen, precisamente el capataz de la brigada, no se cree. El joven detenido identificó al presunto inductor en las fotos que le enseñó la Guardia Civil. Esa persona fue detenida también, sin embargo quedó en libertad inmediatamente, mientras Michael acababa en prisión incondicional y sin fianza. El jefe de la brigada no quiso ni mirarlo cuando se lo llevaban con los grilletes.

El pirómano que prefería la manguera al podón
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