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El Mundial y la bacarrá del 82

EL INSTITUTO de A Xunqueira está situado a unos 150 metros del estadio de Pasarón. No es que yo fuese mal estudiante, que sí que lo era, es que además confluyeron demasiados factores en contra; el calor del mes de junio, las ranas croando en las charcas para aparearse, las chavalas en top y minifalda, los 16 años... pero sobre todo el Mundial de fútbol y la selección italiana entrenando delante de las ventanas de nuestras aulas. Sin duda un mal año para el Inglés, el Latín, la Geografía y las Matemáticas. El 82 fue en nuestro instituto como una de esas cosechas arrasadas por el mildiu o la lluvia tardía.

Los dos primeros días aún se guardaron las formas pero a partir del tercero ni la amenaza de los exámenes de suficiencia evitaron el motín, y las clases se fueron vaciando para ver a los azzurri entrenar en Pasarón. La entrada costaba cien pesetas, el equivalente a un refresco y un bocadillo de panceta en A Pallota. ¡Cómo envidiábamos a los juveniles del Pontevedra!, algunos de ellos compañeros de instituto, que con un punto de chulería saltaban la barrera policial con la bolsa de deportes al hombro y entraban hacia los vestuarios como si fuesen uno más de los futbolistas de Enzo Bearzot.

Los jugadores italianos se convirtieron durante unas dos semanas largas en vecinos que acabamos llamando por el nombre. Los veíamos salir con sus polos deportivos de diseño paseando por las inmediaciones del Parador, por la calle Real, por Charino,... «¡Antonioni!», gritaban las niñas del Valle-Inclán y las Doroteas cuando asomaba aquel centrocampista de pelo arrubiado y ojos azules al que un rodillazo en la cabeza dejó 30 segundos muerto sobre la hierba de un campo de fútbol seis meses antes del Mundial. Nosotros éramos más de Paolo Rossi, moreno y espigado, como el personaje siciliano de un cómic. Él también estuvo a punto de no venir al Mundial, tumbado en su caso por unas apuestas clandestinas. Ya se lo dije, tenía cara de siciliano.

En aquel mes de junio los de mi generación nos hicimos mayores de edad con 16 años. Cuando los italianos se retiraban al Parador aún era de día y las chavalas no guardaban ausencia. El vino de pasa en La Navarra y El Ríos hacía el resto. Fue la primera vez que mi madre me dijo que le echase el aliento al llegar a casa. Las madres son como radares con patas.

En esas dos semanas suspendimos las declinaciones, las leyes de Mendel y los gradientes atmosféricos, pero aprendimos de memoria el endecasílavo italiano: Zoff, Gentile, Cabrini, Scirea, Colobatti,... como cuatro años antes memorizamos la métrica argentina: Fillol, Olguín, Galván, Tarantini, Pasarella,...

Lógicamente nosotros éramos de España, aunque España no era de nosotros, y así nos quedamos huérfanos casi antes de acabar la primera fase, de la que también salió trastabillada Italia tras rozar el rídículo en Balaídos. Pero para algo tendrían que servir los entrenamientos en Pasarón, nuestros suspensos en segundo de bachillerato y los gritos de las niñas del Valle-Inclán y las Doroteas. La escuadra azzurra resurgiría en Sarriá para ganar a la Argentina de Maradona y al Brasil de Sócrates con tres goles de Rossi en el mejor partido que he visto de un Mundial. Ya no estaba España, ni Brasil, ni la Francia de Platini, pero quedaba Italia, a la que ofrecimos en un altar aquel curso del 82.

Por eso cuando en el palco del Bernabéu Dino Zoff levantó el trofeo tras haber derrotado en la final a Alemania con el gol más bellamente cantado nunca, aquel interminable grito de Tardelli tras batir a Schumacher, sentimos como propio el triunfo italiano, y solo lamentamos que nuestro presidente no fuese Sandro Pertini.

Arriba ese ánimo

Los que nos hemos criado entre A Pallota y Pasarón sabemos de qué va esto. Me refiero a lo de sufrir situaciones como la de nuestro debut contra Holanda, que eso va en nuestras enseñanzas y en nuestro ácido desoxirribonucleico.

Esto se levanta fácil, le metemos tres a Chile, cinco a los canguros y luego callamos la boca al ‘bocas’ de Scolari y a todo el Maracaná y volvemos a ser favoritos. Y si no es así que nos quiten lo ‘bailao’, que el 1-0 de Suráfrica nos va a rentar más que a Holanda este 5-1 en Brasil, patética vuelta al campo incluida. Venga¡¡¡¡¡

(Publicado en la edición impresa el 15 de junio de 2014)

El Mundial y la bacarrá del 82
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