El indigente de las mantas

Julius, ayer en Burela (Foto: José Mª Álvez)
photo_camera Julius, ayer en Burela (Foto: José Mª Álvez)

Ni la crisis, ni la prima de riesgo ni siquiera el fútbol han conseguido desbancar estos meses a los dos temas de éxito de este verano: el mal tiempo y Julius, el vagabundo de las mantas. Julius se ha convertido en un habitual de estos meses en la comarca, sobre todo en Burela, localidad a la que regresa una y otra vez este sin techo de origen alemán. Este hombre deambula por la localidad a paso lento y cargando con todas sus pertenencias, que oculta, como su propio cuerpo, bajo una manta de la que no se desprende ni para bañarse en la playa. Todo lo cual provoca el recelo de las miradas ajenas y la estampida del resto de mortales que se encuentran en el arenal, debido al fuerte olor que desprende.

Julius es un indignado, una persona que ha decidido vivir de una forma distinta al resto de la humanidad y esa diferencia es la que trae de cabeza a las instituciones, ya que es un sin techo atípico que rechaza cualquier tipo de ayuda. Ello se convierte en un hándicap para los servicios sociales, que no pueden ayudar a quien no quiere, aunque esa persona infrinja a cada minuto unas elementales normas de aseo.

No pide, ya que compra lo poco que necesita para vivir, aunque tenga que hacerlo a distancia, desde la puerta de las tiendas y los supermercados. En la mayoría de ellos le han prohibido la entrada debido al hedor que desprende, reconocible a varios metros de distancia.

El dinero, dicen, se lo envía su familia desde Alemania, lugar de nacimiento de Julius, que algunos sitúan en 1980. Tiene, pues, poco más de treinta años, que nadie diría a simple vista, y eso que son pocos los que han podido ver algo más que unos rizos y una barba rojiza sobresalir de la dichosa manta, su segunda piel e igual de negruzna que la primera. Ha rechazado, según dicen, el ofrecimiento de contar con nuevos cobertores y mantiene intacta su insana costumbre de no asearse, y dormir donde tercie, sea en un apartado rincón o en medio de la carretera. Lo mismo da.

¿Abandonado?

Pocos conocen la historia real de este hombre, aunque lo que unos y otros cuentan coincide la versión de que se trata de un marinero que quedó embarrancado en A Coruña, no se sabe si por voluntad propia si abandonado por sus propios compañeros. Desde entonces, y se habla ya de 2006, deambula por la vida, a un paso mucho más lento de lo que su historia circula en la red, donde se pueden seguir paso a paso sus desventuras, o mejor dicho las de que los que deben convivir con su incómoda presencia pues, que se sepa, Julius nunca se ha quejado de la vida que lleva y nadie puede asegurar que no es feliz.

A Coruña, Sada, Oleiros, Ferrol, Cedeira, Viveiro, Xove, Cervo, Burela o Foz, son algunos de los lugares donde hay testimonios de su presencia. Además de su cercanía al mar, Julius parece que solo busca que le dejen en paz, pero la sociedad no está preparada para aceptar que alguien pueda vivir así porque quiere. La cuestión es si debe haber un límite para todos, pues si se impide pasear sin camiseta por algunas ciudades o se multa a los dueños de animales que no recogen sus excrementos, por qué se permite a otros que hagan lo que quieran. ¿Dónde está el límite?

Lo cierto es que ha habido intentos de recluirlo desde el primer día en que puso aquí sus pies, que apenas cubre con unas raídas sandalias y unas cuantas bolsas de plástico, pero todas han sido en vano. Su incapacitación, que derivaría en un ingreso, no ha sido posible porque el vagabundo alemán supera los exámenes a que ha sido sometido, por lo que le aleja la posibilidad de explotar una supuesta enfermedad mental y los expedientes van viajando de un concello a otro en función del que reclame amparo del juzgado, el último Burela.

Futuro

La lentitud de la justicia y lo manido de su historia, unido a que se trata de una persona mayor de edad, pacífica, que nunca en el tiempo que lleva en la comarca se ha visto involucrado en ningún conflicto, más que el que provoca a los ojos y corazón de los que se cruza, prevé que la historia de Julius terminará solo cuando él lo desee. Mientras, en la boca de todos están las historias de este hombre, acompañadas muchas veces de quejas, y las preguntas sin respuesta sobre el papel de su familia, con la que al parecer se niega a regresar, pero que le manda dinero de forma periódica, que Julius retira de un cajero cada cierto tiempo.

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