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Víctor, el hombre que susurra a las gaviotas

Este marino amable y con mil historias que contar, también selló en San Cibrao la paz con las aves

DESDE LA Atalaia de San Cibrao, en casa con puertas al mar, guarda Víctor Mosquera López (77 años), la memoria de una vida de marino mercante. Cinco minutos de su conversación alimentan más que un libro de letras doradas. Sencillo, recuerda monzones en en Filipinas, el día perpetuo de Groenlandia o peripecias mandando un remolcador al servicio de Gadafi, mientras los EE UU bombardeaban Libia. Y arribó a Haifa en la Guerra de los Seis Días. "Israel era o país máis avanzado do mundo; alí un mestre sabía de todo, incluso manexar unha grúa", dice. Trabajó para armadores diversos, incluso si no aseguraban en zona de guerra. Y solventó encargos como fondear obuses y minas sin desactivar que el general Rommel había abandonado en Bengasi y Tobruk. Pero él es hombre de paz en su península, al que siguen su gato Bobby y un bando de gaviotas que le visitan en la rampa del puerto. Sobre todo una patiamarilla sin nombre que custodia la casa y entra como una perrita, en verano e invierno. Hablan, haya o no convite con una cabeza de pescado que llevarse al nido. La relación va para dos años. "As gaivotas teñen cousas boas: marcan onde está o peixe. Antes habíao no mar e hoxe teñen que ir ós vertedoiros. Debe ser macho e está criando; aquí manda ela", dice.

Víctor, el hombre que susurra a las gaviotas
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