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El deporte no va a la calle

Foto: JOSÉ Mª ÁLVEZ / AMA
Foto: JOSÉ Mª ÁLVEZ / AMA

EL CLASISMO era lo más normal del mundo en nuestra infancia. A diferencia de ahora, rara vez se trataba de un clasismo de contenido económico. Visto en perspectiva, ahora me doy perfecta cuenta de que algunos padres de algunos chavales, sobre todo los que nos visitaban en verano, lo practicaban con sus pares, sin que nosotros fuésemos conscientes de ello en absoluto. Todavía lo veo ahora cuando en verano andan por el parque esas chicas (no encuentro un eufemismo que no me resulte ofensivo salvo eso de ‘empleadas del hogar’) paseando a los hijos de sus patronos en uniforme. A día de hoy no vi nada más repugnante, aunque estoy seguro de que existe aquí mismo y yo no supe verlo. El clasismo del que hablo, a finales de los 70 y principios de los 80, para nosotros se expresaba en términos de aptitudes deportivas. Jugabas o no jugabas bien al fútbol, y punto. Si jugabas bien eras guay. Si eras un inútil, pues eso: eras un inútil.

Con semejante escala de valores todos nos esforzábamos sinceramente en intentar escapar de aquel mundo tiránico. Aquel esfuerzo era continuo y se expresaba a todas horas y en todas partes. Esto no es un recurso estilístico, es literal. Jugábamos al fútbol siempre que no jugábamos a las canicas y prácticamente en todas partes. Rompíamos lunas de escaparates, golpeábamos sin piedad portones de garajes o portalones de iglesias y escapábamos corriendo cuando salía el cura, que no solía tener ni un gran sprint ni un gran fondo físico. Al final nunca pasaba nada. Había muchos espacios abiertos en los que jugar, lo que hoy llaman ‘zonas verdes’, con la particularidad de que no estaban llenas de cagadas de perros y podías driblar sin peligro alguno. Cuando luego a España le dio por ganar una plata en baloncesto en Los Ángeles y ese deporte se popularizó a los que nos gustó tampoco tuvimos problemas para encontrar canastas libres en las que imitar a Arturo Seara o a Rafa Rullán.

Poco a poco los edificios de bajo más cuatro fueron colonizando las zonas verdes, y donde antes había una plazoleta para jugar ahora hay una terraza de un bar. Los curas bajos de forma acabaron por ganar la partida y no se juega en las puertas de sus templos. Tampoco se juega, que yo vea, a las canicas. Es complicado hacer un gua en un adoquín. Pero el fútbol y el baloncesto existen, obviamente. Todo aquello, algo caótico y temerario, hay que reconocerlo, fue sustituido por unas entidades deportivas de una complejidad tal que precisan a un tipo de empresariales o económicas al frente. A mí me parece bien. Los tiempos cambian y aquel modelo no era, como se dice ahora, sostenible. En A Mariña esos grandes clubes los hay que yo sepa, de una forma u otra, en todas las localidades grandes y en varias de las medianas. Disponen de entrenadores, equipaciones envidiables, balones más que suficientes, material para hacer ejercicios...

Pero hay algo que no sé si van a ser capaces de sustituir: el tiempo. Me refiero, desde luego, al tiempo que antes se dedicaba a jugar al fútbol o al baloncesto o al balonmano o al hockey sobre hielo. ¿Cómo se aprende más, con cuatro horas de entrenamiento a la semana perfectamente diseñado por alguien muy competente, o con doce de libre albedrío? Para que no se me enfaden los muchos que ahora están metidos en esas entidades, que están haciendo un gran trabajo, decir que no se trata de una pregunta retórica. Yo al menos no conozco la respuesta. Dentro de poco empezarán a llegar arriba los frutos de esa generación y se verá entonces si la Preferente se convierte en Segunda B y la Tercera en una puerta a la Primera.

Sea como sea, no creo que sea reversible esta situación, así que lo que salga será lo que tendremos de aquí a muchísimos años. No está nada mal. A mí me tocó algo de baloncesto primigenio y no atesoro situaciones envidiables como aquellas en las que no sabías si habría coches para llevarte a los desplazamientos, hacías el número de tu camiseta en casa con cinta aislante, no había chándals y de bolsas de deporte o chaquetones ya ni hablemos. Jugar en el Palomar (un pabellón junto al Miño) un sábado de enero a las diez de la mañana fue de largo la peor experiencia de mi vida deportiva.

Tal vez tenga algo de nostálgico, pero creo que la virtud se encontraría en un término medio que no conseguiremos: que hubiese espacios en los que poder jugar a lo que sea, porque a jugar se aprende jugando, en mi opinión mejor que entrenando, aunque repito que puede que me equivoque. Ahora que vienen las municipales, pedir lugares para hacer deporte no me parece algo tan descabellado.

EL GUSTO. La apertura de Oncología en el hospital de Burela

POR FIN hubo un avance tangible en el tema sanitario en la comarca de A Mariña como fue la entrada en funcionamiento del servicio de Oncología en el Hospital da Costa. Francisco Soriano, gerente ejecutivo del centro hospitalario, puede estar más que satisfecho de poder presentar un logro durante su mandato después de las pifias mayúsculas de alguno de sus antecesores y de los sapos que se tuvieron que tragar otros. En todo caso, esperar ahora que el servicio funcione correctamente y, sobre todo, que sea el preludio de una ampliación no solo de espacio, sino de los servicios y los médicos de los que dispone.

EL DISGUSTO. La marcha de Celvi y Portucel complica el mercado maderero

LOS RESPONSABLES de asociaciones de montes como puede ser Ramón Reimunde, muy activo en Promagal, tienen un problema con el que seguro que no contaban, como es la huida del mercado en A Mariña de Portucel y Celvi. En la práctica, esto implica que Ence se queda en solitario en la comarca. Nada de particular de no ser porque el tema de no tener competencia es algo muy poco apetecible cuando se trata de poner precios. Habrá que esperar para ver su comportamiento, aunque muchos dan ya por descontado que se producirá una bajada en el precio que pagan por la madera.

(Publicado en la edición impresa el 17 de noviembre de 2014)

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