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Djuna Barnes, la mujer que escribía en camisón

Djuna Barnes con Solita Solano
Djuna Barnes con Solita Solano
"Iba por el boulevard Saint Germain y me acordé de la foto en que Djuna Barnes está en la terraza de un café con Solita Solano. Las dos están en sillas de mimbre ante la mesa redonda e intensa, los dos se abosorben en el café, las dos miran hacia abajo como para concentrarse"

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EL DOCTOR O Connor dice en ‘El bosque de la noche’: «Cada día está pensado y calculado, pero la noche no está premeditada. La Biblia está a un lado, pero el camisón está al otro». Y Djuna Barnes escribía seguramente en camisón. O tal vez escribía desnuda, dada la pasión que ponía en sus libros.

Nora Flood visita de madrugada al doctor O Connor y le dice: «Doctor, cuénteme todo cuanto sabe acerca de la noche». Robin Vote es un personaje que vive en la noche, una mujer incomprensible que fascina a todos sin saber por qué, que está más allá de sus explicaciones. Ella misma no sabe por qué hace las cosas, es como el destino, lo que no se puede superar, lo que no se puede dejar de hacer.  Es como una de las brujas de Macbeth, es como la Diosa Blanca de Robert Graves. Es alguien que los exalta a todos y los hace angustiarse, que les descubre lo desconocido y los arrebata,  que les revela la vida.

Yo iba por el Village de Nueva York y pensaba en ella, una musa, un ser del destino que rompió la piel de la noche en sus calles. Estaba en Washington Square mirando músicos, vagabundos, meditadores, y pensé en una frase suya que decía más o menos : «Esa plaza tiene significado y perfume». Entré en el Café Reggio, ese derroche, ese exceso de belleza, y me imaginé como tomaría el café, cómo miraría enigmáticamente a los clientes. Pensé en visitar ese callejón con escaleras colgantes donde ella pasó en silencio y pasión sus últimos 43 años. Creo que Truman Capote iba a hacer una fiesta, le preguntaron si la invitaba, y preguntó : «¿Pero todavía está viva?». Porque ella siempre fue una aparición, un espectro.

El doctor O Connor es un irlandés que habla mucho, que delira y dice cosas profundas, que se compara a sí mismo con Dante. Y entonces ‘El bosque de la noche’ sería el Infierno, y el doctor sería como el poeta italiano que estuvo en el infierno y regresó. O sería como un pitoniso borracho y vicioso e imparable: «Nosotros fuimos creados a fin de que la Tierra pudiera percibir su sabor inhumano, y el amor a fin de que el cuerpo sea tan querido que hasta la misma Tierra gima con él. Sí, nosotros que estamos ahítos de sufrimiento hasta la garganta, deberíamos mirar bien en derredor, dudando de todo lo que se ve, se hace o se dice, precisamente porque tenemos una palabra para ello y no para su alquimia». A veces tiene una comprensión candente del ser humano como Dostoyevski, y a veces desata su lenguaje como en el surrealismo, porque el surrealismo también fue, por aquellos años en París, como el desatarse de la noche y de la pasión.

El doctor dice que la noche nos hace perder la identidad, que en ella somos otros seres, y que en sueños hacemos todo lo que nos está prohibido y que ni siquiera nombramos. Dice que los franceses unen el día con  la  noche, pero los norteamericanos, con su puritanismo, cortan radicalmente con la noche, y la convierten en pecado y en crimen.  Dice que la noche  significa lo desconocido e ignorado de las personas, lo que esconden de perseguido y maldito, el territorio de Sodoma y Gomorra, el lugar de todos los vicios. Dice que es un homosexual perseguido por la sociedad —como la propia Djuna Barnes—, y no puede evitar serlo pese a todos los prejuicios sociales, tiene que recorrer los servicios públicos en busca de contactos. Dice que las muchachas más mojigatas se abren de piernas en la noche, y los maridos más fieles meten a sus amantes en su cama por la noche. Dice que en la noche se desarrolla lo que es sórdido y vulgar según la sociedad, se manifiesta el sexo. Dice que solo en posición horizontal, en la cama por la noche, el hombre conecta con sus abismos, con sus identidades más hondas.

Yo iba por el boulevard Saint Germain en París y me acordé de aquella foto en que Djuna Barnes está en la terraza de un café con Solita Solano. Las dos están en sillas de mimbre ante la mesa redonda e intensa, las dos se absorben en el café, las dos miran hacia abajo como para concentrarse en sí mismas. Ellas saben cosas que la sociedad no sabe, ellas han conectado con la noche y sus identidades, ellas sonríen levemente porque saben que los que pasan se están perdiendo la vida. Y sus piernas cruzadas se rozan levemente con complicidad. Es una foto sugerente y mágica. Y pensé que una foto como ésa todavía se puede hacer más que en ninguna ciudad en París, que París es también una ciudad de la noche y de la magia.

La noche en Djuna Barnes es el destino soterrado, es lo desconocido. Y solo en ella el doctor puede decirle a Nora Flood quien es Robin Vote. Es una especie de fiera, alguien que sale del bosque por la noche, lo inexorable profundo de la vida. Robin es trágica porque representa el destino, lo que nos da vida y lo que nos mata. Levanta a sus amantes como dioses y luego los destruye como miserables. Pero ella es lo más intenso que le ocurre a Nora, incluso cuando la ve de noche en el jardín transmutada y amando a otra persona. Robin la ha hecho asomarse al abismo, le ha hecho un corte de conocimiento en la piel.

Yo iba por las calles del Village de Nueva York y pensaba en como Anais Nin —otra mujer que vivió intensamente, que no se anduvo con chorradas— le escribía cartas sin cesar, insistía en conocerla personalmente, quería estar con ella, pero Djuna Barnes nunca contestaba. Estaba metida en su callejón de escaleras colgantes. Tal vez Djuna era como Robin Vote metida en su noche , y Anais como Nora Flood que está fascinada por ella. No era como el protagonista de ‘Moira’ de Julien Green, que está fascinado por la sensualidad nocturna de la protagonista y acaba matándola movida por su fanatismo puritano.

Iba por las calles de Saint Germain en París y me acordaba sin poder evitarlo de Djuna Barnes y su bosque nocturno de ciudad. Pensaba en sus relaciones con el ‘Viaje al fin de la noche’, de Louis Ferdinand Celine, donde también se dicen en la noche las verdades más descarnadas y las revelaciones más cínicas o sinceras. Pensaba en sus relaciones con el ‘Viaje a la oscuridad’, de Jean Rhys, que también andaba por París en los años 30, y que paseaba su locura y pasión caribeña y su abandono por los locales nocturnos, buscando sobrevivir, buscando ser ella misma. Y los tres ponen en la noche lo fascinante y lo arrebatador, lo trágico y lo visionario, la vida más honda y lo que no puede decirse.

Djuna Barnes, la mujer que escribía en camisón
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