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Desvirtuado

Una tradición de Navidad, a añadir a las consabidas, es desde hace años la polémica entre los comercios “de toda la vida” y los llamados bazares chinos. Lugo no es ajeno a este conflicto. A muchos extrañan los horarios de esos negocios orientales que ni respetan festivos ni número de horas de apertura. Supongo que, como están acostumbrados a los usos de un país que en pleno siglo XXI practica la esclavitud, no les importa demasiado estar atados a su trabajo. Esto no pasa en Cuba o Venezuela y sin embargo las potencias occidentales ponen verdes a Castro y Chàvez mientras jalean y alaban al “milagro chino” y hasta le otorgan unos juegos olímpicos... a un estado que utiliza sin rubor la pena de muerte. Pero, volviendo a los comercios, tampoco importa demasiado ya que, sean occidentales u orientales, todo lo que venden es Made in China o el más eufemístico Made in PRC (Popular Republic of China).

No es que yo tenga nada contra las gentes de la gran muralla (casi tan destacada como la lucense). Casi todos los viernes como en un restaurante chino de Recatelo en compañía de dos buenos amigos. Pasamos bastante frío pero la comida es sabrosa y la camarera tiene un cerrado acento de O Corgo pese a ser originaria del gigante asiático. Lo que no me gusta es cómo se llega a desvirtuar el concepto de bazar en manos chinas. Uno asociaba la palabra bazar a un establecimiento con suelos de madera, atestado de todo tipo de productos, case siempre situado en los bajos de un antiguo edificio y escasamente iluminado. Allí podías encontrar desde vasos de tres centímetros de grosor hasta caballitos de madera, pasando por manteles de hule o aquellos cestos de mimbre para la compra diaria. En este sentido, recuerdo especialmente el antiguo Casa Román de Chantada y el que hay frente a los escolapios de Monforte, a escasos metros de “o Seis” (los mejores bocadillos de la provincia).

Ahora, por influjo chino, un bazar es una especie de museo de los horrores cuya estridencia se acentúa en época navideña. Relojes de pared con la cara de un tigre en actitud hostil, lámparas de mesa rellenas de líquidos fluorescentes y con bolas de gelatina en su interior, papanoeles que cantan y bailan la polka, figuras de plástico imitando a la porcelana en forma de dama dieciochesca con sombrilla... Toda una galería de homenajes al mal gusto. Si, son más baratos pero es allí donde mejor se aprecia el “pouco das e menos levas”. Tampoco es menos cierto que todas esas horteradas se venden a porrillo. Qué le vamos a hacer. Aunque no debiera extrañarnos ya que, al fin y al cabo, vivimos en un país en el que la prensa del corazón tiene establecida una auténtica dictadura que nos obliga a consumir pantojadas y obregonadas sinnúmero.

Otra causa de aversión hacia estos mal denominados bazares la encuentro en las similitudes entre el comportamiento de sus propietarios y el de D. Celidonio en O Porco de pé. Igual que el protagonista del libro, las tiendas chinas van haciéndose con el espacio de los comercios tradicionales con técnicas de lo menos imaginativas: horarios abusivos, precios ínfimos para productos que fabrican gentes que casi no cobran... Tácticas que uno creía que se podían desterrar pero que, por el contrario, se acentúan

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