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Cuerpos rotos, vidas por reparar: Las cicatrices del odio tribal en Kenia

Ruth es "lúo" y su vecino era "kikuyu". Aunque vivían chabola junto a chabola, nunca se habían llevado bien. Él no necesitó más excusas para agredirla sexualmente cuando el odio entre esas tribus kenianas alcanzó su cota más violenta en 2007.

La voz de Ruth es apenas un susurro cuando relata a Efe cómo abusó de ella, pero logra contener las lágrimas al recordar que perdió a casi toda su familia en el barrio chabolista de Mathare, en Nairobi. Siete años después, cree que ha llegado el momento de hablar, y pedir cuentas, sobre lo que pasó en los días de furia que siguieron a las polémicas elecciones de diciembre de 2007.

El cruce de acusaciones entre los dos principales candidatos a presidir Kenia desató entonces una ola de violencia político-tribal que todavía hoy investiga la Corte Penal Internacional (CPI).

Unos 1.200 muertos, 600.000 desplazados y un millar de cuerpos profanados con violencia fue el resultado de aquellas semanas, que prendieron cuando el opositor Raila Odinga (de etnia lúo) se proclamó vencedor y acusó al presidente electo, Mwai Kibaki (de la tribu kikuyu, mayoritaria en Kenia), de fraude electoral.

Las principales tribus de Kenia, donde cohabitan más de 40, se mataron cuerpo a cuerpo a machetazo limpio, incendiaron las casas del enemigo y violaron a sus mujeres (y hombres). Los agresores no fueron siempre vecinos, sino policías o personal de seguridad que se valieron de su autoridad para violar con impunidad a mujeres de otras etnias en favelas y aldeas.

"Estábamos contentas de que vinieran a ayudarnos, pero no fue así. Uno de los policías me golpeó. Caí y me arrancó la ropa. Me violó hasta dejarme inconsciente. Después violó a mi hija. Se quedó embarazada, pero lo perdió en un aborto", relata una mujer de 50 años de Kibera, la barriada chabolista más grande de Nairobi.

Muchos hombres fueron también víctimas de abusos, circuncisiones y otras atrocidades. "A mi hermano le cortaron el pene y se lo pusieron en la mano (...) Un compañero me dijo que habían degollado a su hermano y que los perros estaban comiéndose sus partes", relató una mujer ante la Comisión "Waki", creada por el Gobierno para investigar la violencia postelectoral.

Cuando la orgía de sangre y abusos se agotó en febrero de 2008, con la formación de un Gobierno de unidad entre Kibaki (como presidente) y Odinga (primer ministro), las heridas eran tan profundas que la sociedad keniana todavía no ha logrado sanarlas. "Necesitamos empezar de cero", asegura a Efe Muthoni Njuguna, portavoz de la Coalición sobre la Violencia contra las Mujeres (COVAW). Y para ello, dice, ni siquiera hace falta juzgar a los culpables: "Solo hay que pedir perdón".

El Tribunal Superior de Justicia de Kenia juzga desde el pasado enero a las autoridades kenianas por desproteger a las víctimas de la violencia sexual durante la ola de violencia postelectoral.

El caso surgió a raíz de una denuncia constitucional presentada por COVAW, otras tres ONG y ocho personas que sufrieron abusos.

Es la primera causa judicial que aborda en este país la violencia postelectoral, por la que, de momento, solo están siendo juzgados, ante la CPI, el actual presidente de Kenia, Uhuru Kenyatta, y su vicepresidente, William Ruto.

Este nuevo proceso sentará las bases para que cerca de mil víctimas de la violencia sexual puedan reclamar una compensación, explica a Efe el abogado Edgar Kavaulavu, de la Coalición Internacional de Juristas (ICJ) de Kenia, una de las organizaciones denunciantes.

"Muchas mujeres perdieron a sus maridos, porque la violación estigmatiza en la sociedad africana. Otras fueron infectadas del sida o tuvieron hijos como consecuencia de las violaciones. Eso repercutió en una pérdida de capacidad económica y el desarraigo familiar", precisa el letrado.

Lo que ahora se pelea en los tribunales es el reconocimiento del daño, la negación de asistencia en hospitales y ante la Policía en su momento, y el acceso hoy a los servicios médicos y psicológicos -ya que muchas aún no tienen acceso- para poder encauzar sus vidas.

Ruth y un grupo de amigas suelen ir al tribunal caminando desde Kibera, porque, aunque ellas no hayan podido denunciar por falta de pruebas o de dinero para cubrir las costas, quieren apoyar la causa.

Solo si se hace justicia, confiesa, podrá sacarse esa "amargura" que lleva dentro desde aquel día.

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