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Cuando el cole es como una familia

La directora Teresa Núñez, en clase con alumnos de 4º, 5º y 6º de primaria.
La directora Teresa Núñez, en clase con alumnos de 4º, 5º y 6º de primaria.

Amorosa Rodríguez Amigo llega a media mañana al CEIP de As Nogais, en donde su única hija cursa cuarto curso de primaria, para acudir a una de las últimas tutorías de este curso con su profesora. Llega sin avisar. Pedir cita para hablar con un docente no es un requisito necesario en este colegio, en donde la matrícula total apenas supera la treintena de alumnos y la plantilla docente se reduce a seis maestros, uno de ellos de apoyo. La profesora de inglés y directora del centro, Teresa Núñez Fernández, explica que «buena parte de los padres se dedican a la agricultura y la ganadería en la zona rural y vienen al colegio cuando pueden, teniendo además que desplazarse, así que cuando llegan no tenemos ningún problema en atenderlos».

Esta rutina, impensable en un centro educativo urbano, forma parte de la idiosincrasia de los llamados colegios de pueblo, en los que alumnos, profesores y padres «nos conocemos bien, uno por uno, y somos como una gran familia», dice Teresa, al tiempo que añade que «cada profesor conoce a cada niño a fondo, sus capacidades, entorno familiar... cualquier pequeño problema que tengan lo detectamos al momento». Los ejemplos para visualizar esa realidad se prodigan a diario, y la directora se apresura a relatar una anécdota de esa misma mañana: «Una de las niñas de infantil -los tres cursos se agrupan en una clase que no llega a una docena de pequeños- llegó por la mañana disgustada, con ganas de mimos, y di toda la clase con ella en mi regazo. Eso sería materialmente imposible cuando debes atender a 25 niños».

Son ventajas de trabajar con grupos pequeños, una moneda con dos caras que, en el anverso, muestra problemas como la necesidad de atender en la misma aula a niños de distintos niveles y la escasez de profesorado. La máxima responsable del centro educativo cuenta que «el curso pasado tuvimos una de las caídas más fuertes de matrícula, al pasar doce niños a secundaria, con lo que nos quitaron dos profesores, pero de cara al próximo curso estamos esperanzados porque habrá un pequeño repunte: cuatro incorporaciones en infantil». Pese a lo ajustado de las cifras, tanto en alumnado como en medios, Teresa Núñez defiende la pervivencia del centro «porque todos los niños, también los de ámbitos rurales, tienen derecho a recibir una educación de calidad en su entorno sin tener que hacer grandes desplazamientos, sobre todo cuando hablamos de los más pequeños», y apostilla convencida que «además, que un colegio permanezca abierto en una población de montaña como As Nogais es vida para el pueblo, en el centro se forma y crece el futuro, nuestro futuro».

Potenciando valores

Parte de ese futuro está en la hija de diez años de Amorosa Rodríguez. Viven en una aldea situada a diez kilómetros de la capitalidad municipal, donde se ubica el colegio, y la madre se muestra encantada con el servicio. «El bus recoge a la niña al lado de casa y la vuelve a dejar por la tarde; incluso si yo no he podido acercarme a la parada, la acompañan hasta la puerta. Para nosotros es muy cómodo porque, con nuestro trabajo, no podemos dedicarle mucho tiempo a los hijos, están más tiempo con los profesores que con nosotros», cuenta, una circunstancia que a efectos educativos no le preocupa: «No solo la están educando en conocimientos sino en valores, aquí les inculcan unos principios muy sólidos en cuanto a solidaridad, compartir, protegerse unos a otros, respetar a los iguales y a los mayores... y eso se refleja en la forma de ser de los niños. Están muy protegidos y cuidados, reciben un trato totalmente personalizado; para ellos es un entorno amable, tanto que mi hija, los fines de semana, lo pasa fatal y cuando está enferma hay casi que obligarla a faltar a clase», asegura.

Amorosa Rodríguez se posiciona junto a la directora en la defensa del centro, y no duda en afirmar que «mientras haya niños, por pocos que sean, el cole debe seguir. Las razones económicas no lo son todo, aquí lo que debe primar son los intereses de los pequeños», termina.

Los que empiezan temen un cierre en años próximos

María Rodríguez Carrete se ha acercado al CEIP de As Nogais con su pequeña Candela, de tres años, para que la niña se vaya familiarizando con el que será su colegio a partir del próximo mes de septiembre, cuando se escolarice en el primer curso de infantil.

La familia vive y trabaja en la capitalidad y ve como «una comodidad muy grande» el servicio que les va a prestar el centro. «La niña está yendo a la guardería y le costó mucho adaptarse, así que tranquiliza que vaya a venir a este colegio, que está en su pueblo, donde ya conoce a más niños y no se siente extraña. Sabemos que no va a tener ningún problema de adaptación aquí, porque son pocos niños y están muy cuidados», indica María.

A la pequeña ya le han explicado que dentro de unos meses ese será el lugar donde pasará la mayor parte del día «y está encantada, ¡tiene ganas de empezar ya!», añade su madre.

Preocupación por el futuro del centro

Las preocupaciones de estos padres, que regentan un negocio familiar de hostelería en el pueblo, no se centran en el momento ya cercano de la escolarización de su pequeña hija, sino en los años que están por venir.

María confiesa que «nos quedan nueve años de infantil y primaria por delante y, sí, hemos pensado que durante ese tiempo puede bajar mucho el número de alumnos de este colegio y peligrar su continuidad. Para nosotros sería un trastorno enorme que la niña tuviese que cambiar de centro y, además, obligándola a desplazarse fuera de la localidad», concluye.

Cuando el cole es como una familia
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