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Cantinela de mañana

HAY tradiciones profundamente arraigadas que se resisten a desaparecer frente al avance de la historia y los cambios tecnológicos. Internet y las redes sociales no han desplazado, por ejemplo, la matraca de cifras que marca las mañanas de cada 22 de diciembre en las radios y en las televisiones con el sorteo de la lotería. Esos niños de San Ildefonso cantando durante horas cifras de premios y dinero son los pregoneros navideños de España. Con esta música de la mañana de hoy, entramos en Navidad: días para formular buenos deseos al vecino, al amigo o al cliente. Puede verse también como la gran exaltación ludópata en el solsticio de invierno. La puntual información de los múltiples sorteos diarios que nos acompañan todo el año no deja de ser una escenificación de que vivimos realmente en la burbuja de un gran bingo nacional. Pero si esta musiquilla de la mañana de hoy la percibe como auténtica matraca de bienvenida a la primera mañana del invierno, no debe haber reparos para admitir que es la versión musicada del otro impuesto de la «estupidez nacional», en vieja definición periodística de Vicente Verdú o el desaparecido Pedro Altres. Cualquiera de estos dos brillantes y finos articulistas pudo ser el padre de tal calificación. Impuesto es la lotería nacional en cuanto representa una importante fuente de ingresos para Hacienda que, además, aportamos de forma casi voluntaria. La voluntad, de ahí el casi, se ve condicionada con frecuencia por el compromiso de atender a los recaudadores añadidos que, en su multiplicación de participaciones, le añaden otra cantidad recaudatoria, simbólica por supuesto y a fondo perdido, para causas diversas: desde la excursión de fin de curso a la romería del próximo verano. Si el pregón de esta mañana aporta, además de musiquilla, millones, será el beneficio de pagar este impuesto voluntario.

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