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Basura bonita

NO HAY QUE renunciar a la basura así como así. Ni pensar que simplemente es basura, ¿o acaso el futbol es solo futbol? En ciertas condiciones, la basura no tiene nada que ver con ella. Solo se conoce de vista. De hecho, no es raro tomar por basura cosas que no lo son. Héctor Abad Faciolince obtuvo el I Premio Casa de América de Narrativa Americana Innovadora con una novela titulada justamente ‘Basura’. Bernardo Davanzati, el protagonista, es un novelista que escribe por escribir, sin destinatario, y cuando le parece que sus textos ya son lo suficientemente malos, como si para serlo tuviesen que alcanzar cierta calidad, los tira al contenedor.
 
No imagina que el vecino de abajo recoge una a una las hojas, hasta reconstruir la vida del escritor. Quiero decir, con esto, que a veces tomamos por basura lo que no es. Y viceversa. Tal vez carecemos de un criterio incontestable para separarla. Hemingway afirmaba que en su profesión nada era tan útil como un detector de basura. «El don más esencial para un buen escritor –sostenía– es tener un detector de mierda incorporado, a prueba de golpes. Ese es el radar de un escritor. Y todos los grandes escritores lo han tenido». En algunas circunstancias la basura es tan sofisticada, que engaña al de la lengua castellana, y a Borges una «mera grosería».


En silencio, todos rendimos honores a la basura. Qué casa no está llena de camisas que nadie pone, por vergüenza; de zapatos viejos, de souvenirs ridículos, de trajes de boda, de mecheros que no encienden, de cuadros pintados con los ojos cerrados, de cucharas que no dan vueltas al azúcar, de fotos que nadie mira guardadas en un álbum que nadie sabe dónde está. Los rincones desde los que se defiende la basura de nuestra vida diaria son inaccesibles, como las cumbres de algunas montañas cubiertas de hielo y cadáveres que quisieron acercarse a ellas. Pero, cómo deshacerse de todo este acervo cultural e identitario. Al fin y al cabo, esos desperdicios ridículos y sin sentido forman eso que llamamos «nosotros mismos».

 

Antes o después, todos hurgamos en la basura. Onetti escribía sobre montículos de basura y sin embargo las frases resplandecían. Sus personajes eran tipos inmundos, claramente, pero pasan los años y no puedes sacártelos de la cabeza. No tienes más remedio que volver a la basura de sus novelas y recuperar la vieja belleza, nunca olvidada. Pero dejémonos de metáforas, qué demonios. Hace algunos años recibí un cheque por una colaboración en una revista. Hablamos de 300 euros. El cheque llegó por correo y lo dejé sobre la mesa, después de mirarlo durante horas. Me imaginé comprando un traje barato, y poniéndolo cada noche, mientras me encerraba a escribir una novela. Enseguida lo descarté. Esa tarde me fui a trabajar con la sensación de ser un hombre rico. En el trabajo, aburrido, reconsideré lo del traje y volví a descartarlo. Cuando regresé por la noche a casa, y descubrí escalofriado que el cheque no estaba, noté en la boca el sabor de la desesperación que embarga al hombre rico que lo pierde todo en un crack bursátil.
 
Busqué por todas partes. Cuando pierdes trescientos euros buscas en los rincones más estúpidos, como en el neceser o en las cajas de zapatos o entre las obras completas de Moliere, pues justo recuerdas que en su época de diplomático, era el libro en el que Jorge Edwards guardaba el dinero en la embajada chilena.
 

Al borde de la locura, escuché a mi madre entrar en casa. «¿Y el cheque?», pregunté, casi zarandeándola. «¿Qué cheque?». «Cuál va a ser. El que estaba aquí». «Ahí no había ningún cheque». Esa era la clase de frase que usa una madre para enjuagar su culpabilidad. Salí disparado hacia el cubo de la basura, convencido de que ahí encontraría el cheque. «Acabo
de tirar la bolsa al contenedor», enfatizó la señora, que de pronto ya no me parecía mi madre. No esperé al ascensor y me lancé por las escaleras. Cuando llegué a la calle advertí que estaba en zapatillas y en pijama. A la mierda, me dije. Era de noche y no había un alma en la calle, así que abrí el contenedor sin remilgos. Me metí dentro y no paré hasta encontrar nuestra bolsa. Empezaba a llover, pero no me importó. Si aparecía el cheque me compraría un traje. Y apareció. Pero cuando cerré el contenedor y me recompuse, pasó a mi lado el subdelegado del Gobierno, del que me mofaba en el periódico a menudo. Me miró con felicidad, mordiendo la sonrisa. Se notaba que mañana toda la ciudad sabría que yo no tenía ni para comer radar. Ahí están las discusiones infinitas que alimenta desde hace siglos el célebre verso de las ‘Soledades’, de Góngora: «En campos de zafiro pace estrellas». ¿Se trata de un gran verso o es basura? A Cernuda le parecía una de las metáforas más pasmosas.
 

Basura bonita
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