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Afrontar los desafíos

EL RESURGIMIENTO político del fundamentalismo islámico, su rápida expansión por varios países árabes y su penetración entre los hijos de los inmigrados en los países europeos no era algo previsible hace tres décadas. Ni se planteaba tal hipótesis cuando en 1979 se produjo el retorno del ayatolá Jomeini a Irán desde el exilio francés . Es más, la sospecha de que un sistema religioso tradicional como el islam pudiera asistir a un gran resurgimiento y protagonismo político en el mundo, como el que vive desde finales de la década de los setenta del pasado siglo, solo lo pudo intuir desde la sociología Max Weber (Giddens).

Tomando al casi olvidado Arnold J. Toynbee, podría considerarse exagerado ver en este fenómeno una respuesta enmarcable en la teoría cíclica de las civilizaciones, con el papel que el pensador e historiador británico da en la misma a las religiones. Claro que Toynbee pensaba que la actual civilización occidental podría escapar a la norma spengleriana de la decadencia.

1. Normas obligadas

EL AUGE actual del fundamentalismo islámico se puede datar en el retorno a Irán de Jomeini y sobre todo en el referéndum del 1 de abril de1979. Lo que entonces se auguró como una liberación -véase alguna prensa de aquel momento- frente a la dictadura laica del sha Reza Pahlevi y su alianza con EE.UU. acabó en un mayor recorte en libertades individuales y en la implantación de las normas emanadas de la religión como pautas de obligada conducta para todos. El incumplimiento de esas normas (religiosas) obligadas, incluida la vestimenta, supone penas y persecución. La llegada de Jomeini implicó también un importante retroceso en el papel de la mujer, frente a lo que podía haber ya de liberación u occidentalización.

Los fundamentalismos -musulmán, cristiano o judío- extraen las normas, que abarcan todos los ámbitos de la vida, de la ortodoxia religiosa, en una lectura estricta que supone interpretación textual de los libros considerados sagrados. En este fundamentalismo, como el que se implantó en Irán, es el ayatolá, como el clérigo correspondiente en otros credos, el único intérprete válido. Su autoridad se sitúa por encima de cualquier otra.

Es, para decirlo en la radicalidad de cambio que el fundamentalismo religioso representa frente a la sociedad globalizada, un regreso a una ‘Weltanschauung’ tradicional, preilustrada, que lo abarca todo en cuanto forma de ser y estar en el mundo, que recupera de nuevo los asideros de las seguridades tradicionales frente a la intemperie de la modernidad. Los cambios de la globalización y la occidentalización representan la pérdida de esa cosmovisión tradicional. La respuesta, si se quiere decir de otra forma, es en forma de dictadura religiosa integrista que persigue todo vestigio occidental, se sitúa frontalmente contra la política de EE.UU. y se convierte en una amenaza real, como luego se vio, para las democracias occidentales, que simbolizan el mal.

2. Raíces y salidas

QUÉ OBEDECE este fenómeno y cómo se explica su expansión tan rapida? La lógica llevaría a sospechar que veríamos fenómenos más o menos lentos de secualrización de esas sociedades, en un proceso semejante al que sigue Occidente desde la Ilustración. Pero en realidad, se produce el fenómeno inverso, incluso entre los hijos de los inmigrantes que han nacido en Europa y se han educado en las escuelas que transmiten los valores de la República, para decirlo a la francesa.

El fundamentalismo aparece como afirmación de la propia identidad, de la singularidad. Es la respuesta, basada en la creencia y la fe, al temor ante la asimilación cultural; es la reacción frente a la pérdida progresiva y acelerada de elementos tradicionales y nucleares de aquellas sociedades estáticas -la familia en su concepción y rol tradicional y el sometimiento en la misma de la mujer al hombre-; el fundamentalismo fue también el rechazo a la dictadura laica, occidentalizante y corrupta del sha Reza Pahlevi. Sigue presentándose en otros casos con igual envoltorio liberador. Es la respuesta que se repite como afirmación frente a las políticas bélicas que impulsó Bush. Pero es, en definitiva, la negación de la sociedad secularizada, de la autonomía y la libertad del hombre.

¿Cómo se sale de este círculo que supone histórica y socialmente una marcha atrás en las nuevas generaciones de inmigrantes árabes en Europa y en la canalización opositora dentro de los países árabes a los intervencionismos occidentales o a los poderes corruptos? ¿Estamos solo ante un problema de terrorismo? O, ¿es el fundamentalismo religioso el alimento en el que crece y se alimenta esa vía terrorista? Hay un discurso que se repite mucho estos días: pretende aislar, negar cualquier retroalimentación, de la religión, los fundamentalismos, la violencia y el terrorismo. Habría que recordar que las guerras de religión existieron. Y no habrá que olvidar que la Edad Media está marcada por las luchas constantes entre la Europa cristiana y los poderes musulmanes que ocuparon áreas geográficas importantes del continente europeo. El conflicto tiene raíces en la historia. Lo sorprendente es que se sospechaba superado.

3. La ciudad secular

LA MODERNIDAD que representa la Ilustración y su traducción en la autonomía del hombre y la sociedad civil, adelantada en la visión antropocéntrica del Renacimiento, supone la gran transformación -lenta, conflictiva, llena de resistencias y sangre- en las sociedades occidentales, en la Europa de las libertades. Arranca ahí el "Fin del cristianismo premoderno", en acertado título de Andrés Torres Queiruga. El final oficial de esa religión premoderna no llegó plenamente al seno de la institución eclesial hasta que el actual papa Francisco proclamó la autonomía de la sociedad y el Estado laico como marco para la libertad y la práctica religiosa. Esa declaración de defensa del Estado y la sociedad laica es el gran cambio de Francisco frente a sus predecesores en el Vaticano. Juan Pablo II y Benedicto XVI mantienen la superioridad para la ciudad secular de la moral cristiana. Negaban, en definitiva, la autonomía de la sociedad, la soberanía del legislador. Francisco representa el fin de la resistencia a la modernidad, excomuniones incluidas. Los debates recientes españoles sobre divorcio, aborto o educación para la ciudadanía se explican por una concepción premoderna de la religión, que sitúa las propias creencias y normas como "valores naturales" y, por tanto, de obligada implantación universal. Se contrapone a la opción de creencia libre y personal, que sitúa la fe y la práctica en el ámbito de las personas, con derecho a expresión pública personal y de grupo. En los famosos debates de Ratzinger y Habermas el gran transfondo problemático es ese.

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