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Un frente de profesionales contra el ébola en la República Democrática del Congo

Punto de control sanitario del ébola. PATRICIA RAMÍREZ (EFE)
Punto de control sanitario del ébola. PATRICIA RAMÍREZ (EFE)
Desde médicos o psicólogos hasta equipos de entierro, son el mejor activo contra el virus

Al brote de ébola en el noreste de la República Democrática del Congo (RDC) se enfrenta desde hace un año un "ejército" de profesionales que van desde el personal médico a los equipos de entierros seguros, pasando por psicólogos. Son el mejor activo contra el virus.

Espérance Masinda ha pasado de superviviente del ébola a salvadora. ¿Su superpoder? Estar inmunizada contra la enfermedad y, por ello, poder cuidar cada día a más de 300 niños de 0 a 5 años que están esperando en una guardería a que sus padres, enfermos, se recuperen.

SOBREVIVIR A LA ENFERMEDAD Y LUCHAR POR ERRADICARLA

"Decidí trabajar en la guardería porque tengo amor y afección por estos niños, y porque también se ocuparon en un centro de mi hijo cuando yo estuve en el Centro de Tratamiento de Ébola (CTE)", cuenta a Efe esta congoleña desde Beni.

Masinda se contagió cuando cuidaba de su marido, médico, que se infectó del virus en julio del año pasado, cuando el brote ni siquiera había sido declarado. "Tuve miedo porque como no habían declarado que era una epidemia de ébola, cuando empezamos a escuchar sobre la enfermedad, te decían que si te infectabas automáticamente morías", recuerda Masinda.

CASI 2.000 NIÑOS SEPARADOS DE SUS PADRES

Ahora, junto a otras 12 trabajadoras, Masinda juega cada día, alimenta, baña y cuida, en una guardería gestionada por Unicef, de los niños de otras mujeres que, como ella, intentan superar una enfermedad devastadora. Casi tres de cada 10 pacientes de ébola son niños y la mitad de ellos son menores de 5 años, pero el impacto para la infancia de la enfermedad va mucho más allá: ya hay 1.185 huérfanos y 1.939 menores que están separados de sus padres porque están infectados o uno o los otros.

Masinda cuenta que, el primer día que llegan al centro, es normal que los pequeños lloren pero "poco a poco se van adaptando". "Cuando llegan es duro porque quieren irse con su familia", explica. Sin embargo, tienen que mantenerlos ahí porque hasta pasados 21 días son considerados casos sospechosos de tener la enfermedad y, si finalmente están infectados, serán trasladados a un CTE.

"Un niño menor de 5 años no sabe lo que le está pasando y no son conscientes de que pueden transmitir la enfermedad a cualquiera", expone a Efe otro de los cooperantes que está sobre el terreno, el psiquiatra de Médicos del Mundo Ricardo Angora.

Los equipos psicológicos y psicosociales también están ahí para momentos duros, como tener que contarle a un niño que sus padres no han conseguido superar la enfermedad. "No es lo mismo decírselo a un niño de 10 años que a uno de 5 o 3", cuenta Angora; "las niñas y los niños lo que más temen es quedarse solos y lo que más necesitan es el apoyo y la protección".

UNA ENFERMEDAD "DEVASTADORA" QUE LO CAMBIA TODO

Angora llegó hace apenas de un mes y trabaja en una de las zonas donde más ataques ha habido contra integrantes de la respuesta sanitaria, la ciudad de Butembo. "Un brote de sarampión, la malaria o enfermedades transmisibles como la tuberculosis tienen una incidencia mucho mayor que el ébola; pero cuando hablamos de ébola, hablamos de una enfermedad devastadora desde un punto físico y psicológico y que tiene un impacto social impresionante", explica el psiquiatra.

Ir al mercado, subir en una moto-taxi o en un minibús de transporte comunitario, charlar con el vendedor de tarjetas de saldo de la esquina o con la vecina... todo cambia y crea suspicacias cuando no sabes quién puede estar contagiado.

Estar infectado supone ser aislado en un centro y la gente, como apunta Ancora, "considera un CTE un sitio donde se entra, pero ya no se sale". Además, solo ser sospechoso de estarlo también supone ser aislado en un centro de tránsito para pasar los 3 días que se necesitan para que lleguen las pruebas que lo confirmen. Y quien consigue superar la enfermedad -y el 33 % lo hace-, sale del centro habiendo vivido "una situación muy traumatizante" y habiendo "tenido la muerte muy cerca", remarca Ancora.

LA IMPORTANCIA DE LOS ENTIERROS, Y DE LOS ENTERRADORES

Estar contagiado también supone otras cosas como que tu casa tenga que ser descontaminada, es decir, que quemen el colchón en el que duermes, la ropa de toda tu familia y limpien todo con cloro. Y eso, no es algo que muchas personas estén dispuestas a hacer a la ligera. Lo mismo pasa si alguien muere. La forma de enterrarle es importante porque es el momento en el que más peligro de contagio hay.

Cleophas Kasereka Vyavuwa es una de las personas que trabajan para que todo salga bien, y los entierros sean seguros y dignos. "Aquí, en Beni, cuando hay una muerte, la familia siempre tiene que rezar antes del entierro, se le da el pésame a la familia y se lleva a enterrar. Ahora hay que pedir a la familia que no toque el cuerpo porque si el fallecido ha muerto de ébola es peligroso", explica este trabajador de la Cruz Roja congoleña a Efe por teléfono.

Hace unos días, una joven falleció por ébola y la familia supo que iba a ser enterrada con el pelo trenzado. Ellos creían que no se podía pasar a la otra vida con trenzas y abrieron la bolsa de seguridad para cortarle el pelo. Eso supuso su contagio.

Cada familia tiene sus costumbres funerarias y, por eso, los equipos de entierros, junto con los de sensibilización comunitaria y los de vacunación, son los que más ataques reciben y más rechazos padecen. "Si la familia lo rechaza (la intervención), tratamos de disuadirles, vamos a verles con los equipos psicosociales para hacerles comprender qué puede pasar si el cuerpo no es enterrado como debe ser", dice Vyavuwa.

Antes del ébola, este trabajador congoleño ya se dedicaba a realizar campañas de prevención en las comunidades cercanas, por lo que muchos ya le conocen y aceptan que les ayuden con los entierros. El punto en común de este frente humano contra la respuesta es un deseo mutuo: el fin del ébola. "Lo que nos ha impactado es que esta epidemia ha persistido; necesitamos que acabe y que sea pronto", manifiesta Masinda, la superviviente.

Este 1 de agosto se cumple un año de la declaración de este brote que, aún avanzando sin control, ha dejado más de 1.800 muertos y se ha convertido en la segunda más grave del mundo, solo superada por la que atravesó África Occidental en 2014, con más de 11.000 fallecidos.

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