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Viaje entre eucaliptos y traviesas del siglo XIX

El tren de A Coruña y, a la derecha, el que une Lugo y Madrid
El tren de A Coruña y, a la derecha, el que une Lugo y Madrid
El viaje entre A Coruña y Lugo permite comprobar por qué el tren no puede competir con la carretera, a pesar de que es cómodo y más barato, y deja a la vista algunos de los problemas de Galicia, como la despoblación, el monocultivo del eucalipto y la falta de servicios

En Lugo no hay cultura del tren, se escucha con frecuencia. No hay cultura del tren porque casi no hay tren. ¿Quién se plantea, por ejemplo, hacer el viaje a A Coruña en ferrocarril? En coche se llega en una hora escasa si se respeta el límite de velocidad y en autobús, el viaje se alarga si es directo y por autopista y autovía. En ferrocarril, el trayecto más rápido es de una hora y media, en el nocturno que viene de Madrid. Se llega a la ciudad herculina a las 8.41 horas.

La ruta entre ambas ciudades tiene un tráfico diario de viajeros muy considerable, y la prueba es que la empresa de autobuses acaba de poner dos líneas más al día en cada sentido. Justo lo contrario de lo que sucede con el tren. Hace nada, Lugo estuvo a punto de perder una de las conexiones con la ciudad herculina. La presión ciudadana logró que Renfe rectificara y pusiera una lanzadera.

El recorrido hasta Curtis es ascendente y sinuoso, para salvar la pendiente, y hace que la velocidad media sea muy baja


Uno de los muchos hándicaps que tiene el tren para competir con otros medios de transporte es que Renfe apenas informa de los servicios que ofrece, ni siquiera cuando hace cambios y estos son para mejor, lo que en Lugo sucede muy pocas veces. Por eso, hasta sorprende que un viernes a las 9.20 horas, se suban 17 personas al tren en A Coruña con destino Lugo. Llegarán aa media mañana (10.56 horas), quizás por eso la mayoría son jubilados.


El tren está estacionado en la vía más corta de la terminal coruñesa, ya que tiene muy pocos vagones. Y aun así, sobran decenas de plazas. El viaje cuesta 10,45 euros (en bus oscila entre 10,70 y 11,25 euros) y es cómodo, pero lento. Según la web de Renfe, la primera parada es todavía en ciudad, en el campus de Elviña, pero el tren no se detiene hasta O Burgo, el barrio grande de A Coruña. El recorrido es muy lento hasta Infesta —Betanzos se ve al fondo de la montaña—, donde se suben dos personas, y no mejora en los kilómetros siguientes. Durante muchos tramos, el tren circula encajonado entre taludes y eucaliptales. El monocultivo de este árbol durante kilómetros y kilómetros impresiona. Desde la autovía también se ve, no es que sea una sorpresa, pero avanzar entre ellos provoca más sofoco. Hay eucalipto en todos los estadios: recién plantado, recién cortado, joven, adulto... Viene a la mente la fraga de Fernández Flórez, que no anda lejos. ¿Qué quedará de ‘El bosque animado’? Seguramente poco y tomado por los jabalíes.

Cuando la vista alcanza el letrero de Oza-Cesuras, ese experimento de fusión que iba a cambiar el municipalismo gallego, el tren ya va un poco más rápido, pero la subida no acaba hasta casi llegar a Curtis y esa es la razón de que la velocidad media en buena parte del territorio coruñés sea muy baja. El trazado es sinuoso, para tratar de superar el desnivel. La vía es de finales del siglo XIX y apenas ha sido modificada. A eso se une que el tren es un TRD que aparenta muchos años. No se puede pedir más.

En Guitiriz, una viajera que llevaba un rato acicalándose, corre hacia la puerta a recibir efusiva a la única mujer que se sube


A medida que el tren se aproxima a Curtis, los eucaliptales empiezan a entremezclarse con praderas, muestra de la nefasta política agraria y medioambiental de las últimas décadas. Y si en la primera parte del viaje, las casas de teja salpican todo el territorio, la siguiente panorámica es la de la despoblación, probablemente el principal problema que tiene Galicia actualmente. Solo se ve alguna casa y alguna nave agrícola de vez en cuando y las dos poblaciones intermedias, Curtis y Teixeiro, poco mejoran la perspectiva demográfica. En Teixeiro se baja un viajero y se sube otro. El polígono industrial está a unos cuantos kilómetros de la vía del tren, así que este tampoco parece una opción para las empresas.

El tren no vuelve a parar hasta Guitiriz, donde una viajera que llevaba un buen rato acicalándose corre hasta la puerta del vagón a recibir a la única mujer que se sube. El abrazo es tan efusivo y la alegría tan notoria que parece que llevan años sin verse. Recuerda esas escenas de reencuentro en el andén. Se sientan rápido, como para ponerse al día. Se dirigen a Monforte, pero para ninguna de ellas debe de ser un viaje habitual, porque muestran sorpresa cuando el revisor les informa de que en Lugo tendrán que bajarse del tren y subirse a otro.

Desde Guitiriz hasta Lugo no hay más paradas y por primera vez los viajeros tienen sensación de velocidad. Demasiada, incluso, porque entristece pasar de largo por estaciones y apeaderos. Parga, Baamonde, Begonte, Rábade... Lugo hace tiempo que ha perdido la cultura del tren porque, sin paradas, es imposible subirse a él.

Viaje entre eucaliptos y traviesas del siglo XIX
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