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El trabajo invisible de humanizar

Gloria Enríquez. XESÚS PONTE
Gloria Enríquez. XESÚS PONTE

Gloria Enríquez empezó a humanizar el hospital por las paredes y la apodaron 'la decoradora'. Ocho años después ve a los profesionales cada vez más implicados y tiene claro que la humanidad en un centro sanitario se da por hecha y se nota cuando falta

Explica que empezó tomando notas de lo que contaban unos y otros, pacientes y acompañantes, también los trabajadores. Apuntaba cómo los enfermos no recordaban qué enfermera les había atendido, cómo la habían visto muy ocupada con una u otra máquina, enfrascada en una tarea que requería toda su atención. La tecnología acorta procesos y cambia de arriba a abajo la forma en la que se hacen las cosas. Por el camino se gana tiempo, eficacia y precisión, pero se pierde el contacto, la breve interacción con desconocidos que suele ser la materia que componen los días.

Eso es la humanización, que el hospital siga teniendo los saludos, las presentaciones y todas esas delicadezas que se tienen con los enfermos: las luces tenues para los que duermen, las voces bajas para los que tienen dolor de cabeza, el apretón en el antebrazo para los que tienen miedo.

Como trabajo es, la verdad, una cosa extrañísima, fomentar en un equipo una característica que necesariamente ya tiene. Es, además, complicado de medir y con tendencia a la invisibilidad. La humanidad se da por hecha. Solo se percibe cuando falta. Pues bien, en cuanto tuvo la oportunidad, ese es el trabajo que eligió Gloria.

La manera que Gloria ha encontrado para saber si las cosas ruedan, si están funcionando, son las percepciones de los pacientes

Nacida en Lugo, hija menor de un policía nacional y una ama de casa, se trasladó con su familia a Pontevedra, donde vivió de los 8 a los 15 años. Dice, y quién no estaría de acuerdo, que esos fueron sus años formativos, en los que se apuntalan los gustos y las devociones. No quería volver a Lugo. Sin embargo, la jubilación de su padre trajo de vuelta a la familia y fue en Lugo donde estudió Enfermería, en la primera promoción en la que ya era una carrera universitaria.

Tenía tres tías enfermeras y visitaba a una de ellas en el sanatorio Luis Pimentel, donde vivía interna. Le encantaba ese ambiente y era de las que ponía vendas a las muñecas. Hay quien apunta maneras y, cuando empieza la carrera se decepciona o se aburre, quien pierde entre las hojas de apuntes una vocación que parecía clarísima. No es su caso. Como muestra, el sorprendente botón de que, tras aprobar la asignatura de Fisiología, continuó yendo de oyente.

Su primer trabajo fue en el hospital provincial de San José, en la planta de los llamados pacientes de beneficiencia, gente sin recursos que enfermaba y a menudo pasaba largas temporadas ingresada. Arrancaban los 80 y por tres habitaciones de su planta pasaron gran parte de los enfermos de sida de Lugo, que lo contraían tras compartir jeringuilla. Cuenta que a veces entraba en una de ellas y reconocía a un chico que solo unas semanas antes estaba con su pandilla en la Plaza de España. Muchos morían allí.

Con los años llegó a ser supervisora de planta y, después, directora de Enfermería. En esas estaba cuando se decidió el cierre de San José y se ofreció a su personal la integración en el Sergas después de años de tiras y aflojas entre Diputación y Xunta y reiterados anuncios que parecían quedar en nada. Lo esperaba con ilusión y dice que nunca dudó de la conveniencia de la integración, aunque supusiera renunciar al mejor convenio laboral de la provincia, que incluye desde sustanciosas ayudas para gafas hasta las de la Universidad de los hijos.

Para estas fechas ha puesto en marcha un certamen de decoración navideña para profesionales del hospital

Fue ese el momento en el que eligió la humanización. La primera medida que tomó fue la de pedir la colaboración de los alumnos de la escuela de artes Ramón Falcón para que pintaran las habitaciones y pasillos del área de hospitalización de Pediatría. En los inicios del Hula la llamaban "la decoradora" o "la supervisora de pasillos", pero hoy los niños que reingresan ya piden su cuarto predilecto: el de la ovejita, el de las flores. Claro que han pasado ocho años y hoy la noticia de que un hospital catalán deja que los niños que se van a operar conduzcan un descapotable de juguete hasta la puerta del quirófano se hizo un hueco en la portada de los periódicos.

Para estas fechas ha puesto en marcha un certamen de decoración navideña para profesionales del hospital que llena las redes sociales de vídeos de pasillos transformados en el Invernalia de Juego de Tronos o de belenes hechos con tubos de ensayo. Dice que son iniciativas que sirven a los pacientes para tener un hospital menos frío y, sobre todo, a los trabajadores para hacer equipo. Recortar cartulinas juntos, une. Pensar y diseñar cabezas de animales hechas con papel, une. Comerse juntos una de las cestas que constituyen los premios, también.

La manera que Gloria ha encontrado para saber si las cosas ruedan, si están funcionando, son las percepciones de los pacientes. Cuando oye a uno decir que en tal o cual consulta lo han tratado fenomenal, que tal médica o enfermero tuvo este u otro detalle con él, que se preocuparon de alguna de sus inquietudes más personales, se lo toma como una señal de que el camino es el correcto.

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