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La pulpería Palmira, la más antigua de Lugo, apaga el caldero

Trabajos de desmontaje de la cocina de la pulpería. VICTORIA RODRÍGUEZ
Trabajos de desmontaje de la cocina de la pulpería. VICTORIA RODRÍGUEZ

Echó a andar cuando el solar de la estación de autobuses era el campo de la feria y cerró el domingo por la jubilación de su cocinera

LUGO. Elena Pérez López dirige el desmantelamiento de la que ha sido su cocina treinta años y de vez en cuando le asoma una lágrima. Empieza su vida de jubilada, un descanso más que merecido tras más de medio siglo trabajando de cara al público, pero sabe que cuando dé la vuelta a la llave dejará tras de sí un pedazo de su vida y de la historia de Lugo. Con su retiro también desaparece la pulpería Palmira, la más antigua de la ciudad y la única que quedaba de esa época en la que A Mosqueira era lugar propicio para estos negocios por su cercanía con el campo de la feria, que garantizaba clientela al pulpo que venía en sacos de las Rías Baixas en los autobuses de la empresa Gómez de Castro. De ese Lugo solo quedan los platos de madera y las grandes mesas con bancos corridos, en las que se iban acomodando codo con codo comensales desconocidos entre sí, que muchas veces se sentaban siendo anónimos y se levantaban amigos.

Palmira Pérez López, fallecida hace ya décadas, fue la emprendedora que dio el nombre al negocio. Elena no sabe precisar en qué año fue, pero en el libro "O polbo no San Froilán de Lugo" se le atribuye al local una existencia anterior a la Guerra Civil. Con Palmira trabajó su hermana, la madre de Elena, y desde los 14 años, también ella. «Empecé colocando a la gente en las mesas, servía el pan, el vino y luego ya empecé a cocer el pulpo», recuerda.

En aquella época, la materia prima llegaba «en sacos como los de las patatas, pero tupidos, y se secaba en un patio que había detrás porque no había neveras». El secado lo hacía «un poquito más duro», dice Elena, pero de un sabor excelente. «Lo metías en el caldero hirviendo, hinchaba y aquello sí que era pulpo», relata Elena. Luego llegó el congelado y empezó a acaparar mercado el de origen marroquí. Y desde hace dos años, matiza, «el precio empezó a subir muchísimo».

En cuanto a la preparación, nada ha cambiado en este medio siglo que lleva cociéndolo y preparándolo, explica Elena. Cocer pulpo y hacerlo bien, dice, no tiene ningún secreto, aunque sí recomienda que esté templado, no frío, cuando se meta en el agua, que debe haber hervido -parece una obviedad, pero ella ha visto meterlo en agua fría- para que no dé la piel. Luego dejarlo cocer 20 minutos y darle reposo antes de picarlo y condimentarlo con sal, aceite y pimentón.

Cuando se jubiló Palmira, su hija se hizo cargo del negocio, pero también le llegó la edad de retirarse y desde hace tiempo ya sólo quedaba Elena en activo. Hace siete años que dejó de dar cenas y solo atendía al mediodía, pero seguía contando con una clientela fiel.

De su juventud, Elena recuerda la gente que venía a la feria a vender sus productos y se quedaba después a comer el pulpo. Cuando a mediados de los 70 se construyó la estación de autobuses y se perdió ese gran mercado, la gente seguía yendo a A Mosqueira buscando sus raciones. No fue hasta hace diez años que se notó un descenso importante en el número de clientes. «Cuando cerraron la residencia y subieron el hospital a donde está ahora notamos mucho el cambio», dice esta pulpeira. El público ha cambiado y el negocio, también. «En verano venía la gente que estaba fuera y se juntaban unas pandillas enormes, ahora ya no se junta tanta y hay más competencia», dice Elena, que también ha visto cómo el establecimiento empezaba a atraer peregrinos.

Del mismo modo que la clientela fue cambiando, también lo hizo la carta. De haber solo pulpo se pasó a tener una pequeña carta con platos como lacón relleno de grelos, callos o filetes.

La pulpería que cierra para siempre no es el local original. Al bajo de los números 17 y 18 de Mártires de Carral -antes Comandante Manso-, se trasladaron hace algo más de treinta años, pero el espíritu es el mismo. «Sitios como este, así enxebres, ya no quedan», le dijeron el domingo unos clientes asturianos que venían un par de veces al mes y que se despidieron con pena de Elena y de esa forma de hostelería que ya les costará encontrar. Hubo más que fueron expresamente a decirle adiós e incluso le llevaron pasteles y bombones. Alguno no pudo reprimir las lágrimas, como un cliente de avanzada edad que desde hace 18 años sale cada domingo de la residencia en la que vive para ir a comer los platos de Elena y que se preguntaba dónde encontrará ahora esa familiaridad.

De ese medio siglo de historia personal, familiar y lucense le quedan a Elena amistades, recuerdos y un buen puñado de fotos, recortes y hasta algún poema escrito sobre servilletas. Con la pulpería Palmira desaparece un local emblemático, pero a ella se le abre una vida nueva.

La pulpería Palmira, la más antigua de Lugo, apaga el caldero
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