"Pasé pánico. Yo crecí sin padre y no quería dejar igual a mis hijos"

El joven fue arropado por toda su familia tras un suceso del que tardará mucho en reponerse. "No me hice el héroe; solo supliqué que no me hiciesen daño", dijo
Guillermo Rodríguez, en su administración tras el robo. XESÚS PONTE
photo_camera Guillermo Rodríguez, en su administración tras el robo. XESÚS PONTE

Contar a toro pasado un momento de angustia resulta desolador, pero vivirlo deja una sensación indescriptible. "Pasé pánico. Yo crecí sin padre y no quería dejar igual a mis hijos; no quería que tuviesen que pasar por lo mismo que tuve que pasar yo". Así lo describía este jueves Guillermo Rodríguez Rozas, el lotero que fue víctima de un atraco del que tardará mucho en reponerse. Pensó en sus hijos en cuanto se vio encañonado y los citó varias veces para pedir clemencia y despertar compasión en los asaltantes. "Solo pensaba en ellos, en los niños", repetía.

Guillermo Rodríguez —sobrino del concejal del PP Quique Rozas— sufrió un accidente de tráfico cuando era pequeño y perdió a su padre y a su hermana, por lo que el resto de su familia formó una piña a su alrededor. De hecho, este jueves acudieron todos en bloque a la administración para darle apoyo y tratar de tranquilizarlo. "Pasé muchísimo miedo porque no sabía lo que iba a pasar. Me decían que si les hacía caso y seguía sus indicaciones no me iba a suceder nada, pero no me sacaron la pistola de la cabeza en ningún momento. Yo les dije varias veces que no me iba a hacer el héroe y les supliqué que no me hiciesen daño. Cuando se marcharon", explicó, "llamé a la Policía y a mi familia, pero estaba tan nervioso que marqué sin parar el 982, en lugar del 092. Fue angustioso".

Este lotero reconoce que el atraco le pasará factura y que tardará en olvidar el miedo. "Los asaltantes se acercaron a mí y me hablaron muy cerca de la cara; parece que todavía tengo su olor presente. Me va a costar mucho entrar en la administración y no pensar el atraco. Espero poder sacarlo de mi cabeza poco a poco", dijo.

Además del aliento de su familia, Guillermo Rodríguez recibió también el apoyo de sus clientes, que no daban crédito a lo sucedido. El joven lleva tres años regentando una administración de lotería que perteneció a su madre a sus abuelos y a su bisabuela, por lo que son una familia muy apreciada en la zona. "En todo el tiempo que llevo aquí, jamás me había sucedido nada parecido. Alguna vez entró algún toxicómano con una navaja a pedir dinero, pero le dije simplemente que se marchara y se fue sin más. Siempre estuve tranquilo en el negocio y jamás pensé que me pudiese suceder algo así", lamenta.

La víctima explica que el peor momento que vivió durante el robo fue cuando trató de abrir la primera de las dos cajas fuertes que tiene el establecimiento. "Tiene un retardo de cuatro minutos y ese tiempo se me hizo eterno. Me apuntaron todo el rato con la pistola y al principio no conseguía abrirla. Les dije varias veces que no se preocupasen, que yo no me iba a hacer el valiente y que les iba a dar toda la recaudación. Ellos me gritaban que lo volviese a intentar, hasta que finalmente abrió y cogieron el dinero. En esos momentos, lo peor era la incertidumbre; el hecho de no saber lo que se les estaba pasando a ellos por la cabeza. Yo no sabía si realmente tenían pensado coger el dinero y marcharse sin hacerme daño o si tenían previsto dispararme".

La víctima afirma que, en los diez minutos que estuvo encañonado, le dio tiempo a pensar en todos los desenlaces posibles. "Pensé todo el tiempo en mis hijos y se me pasó de todo por la cabeza; desde que no me iban a hacer nada, hasta que me iban a matar. También pensé que a lo mejor no me mataban, pero que me iban a disparar en una pierna para que no pudiese salir tras ellos. Pensé de todo, pero en ningún momento pensé en seguirlos ni nada parecido; solo quería que cogiesen el dinero y se marchasen rápido".

Por suerte, y a pesar del susto, el atraco acabó de la mejor manera posible y Guillermo Rodríguez pudo salir ileso y regresar a casa con una familia que no dejó ni un segundo de trasladarle su afecto.