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La Moderna cumple 100 años

La abuela Carmen, con su hija Lola y los dos hijos de esta, Jonathan y Carmen, la cuarta generación. VICTORIA RODRÍGUEZ
La abuela Carmen, con su hija Lola y los dos hijos de esta, Jonathan y Carmen, la cuarta generación. VICTORIA RODRÍGUEZ
CHURRERÍA ▶Esta familia lleva un siglo haciendo churros. Son los de La Moderna. Cuatro generaciones que mantuvieron en pie un negocio creado en 1920 por Adolfo Vázquez, de San Clodio, y Natividad Vázquez, de Piugos. Para muchos, sus caras son parte ya de sus vidas 

Hay una churrería lucense que tiene solera. Un siglo la respalda desde que Adolfo Vázquez Vázquez, de San Clodio, y Natividad Vázquez López, de Piugos, decidieron ponerse a vender churros primero en una caseta de piedra en la Praza da Soidade y después, en otra de madera en Santo Domingo, junto a la Plaza de Abastos. Le llamaron primero La Modernita pero, años después, se quedó con el nombre de La Moderna. Adolfo llegó a los churros después de dedicarse a hacer barquillos y también porque su hermano –casado con otra hermana de su mujer– había montado otro negocio similar.

El caso es que a Adolfo y a Natividad les fue bien con La Moderna. Incluso, acabaron comprando un autobús con el que recorrían la provincia de A Coruña haciendo y vendiendo churros en las fiestas. Sin embargo, poco después de comenzar la Guerra Civil, Adolfo murió asesinado de un tiro en el entierro de un amigo, como otra víctima más de la contienda.

Referente. En la memoria de muchos lucenses
La Moderna, en una foto de hace 50 años, con Lola, Carmen y Manuel. EP
La Moderna, en una foto de hace 50 años, con Lola, Carmen y Manuel. EP

Los churros de La Moderna fueron saboreados por muchas generaciones de lucenses. Abuelos, padres, hijos y nietos compraron, en alguna ocasión, un cucurucho en la caravana de esta familia, que forma parte ya de la memoria de muchos.

Cliente
La prueba de ese vínculo la tuvo Jonathan hace cuatro años en San Froilán. "Llegó un señor, que dijo que tenía 95 años, a pedirme churros y resulta que este hombre me dijo que ya se los compraba a mi bisabuelo cuando era niño", dice, aún emocionado.


El negocio quedó en manos de Natividad, ya madre de cinco hijos. A duras penas, siguió adelante vendiendo churros, el único sustento que, en la posguerra, dio de comer a la familia. Uno de sus hijos era Manuel –electricista, también, y pescador– que, con solo 14 años, ayudaba a su madre. Manuel se casó con Carmen quien, con 19 y sin tener ni idea del tema, pronto se hizo cargo de la masa mientras que su marido era el que estaba al frente de la sartén. Un trabajo duro que todavía recuerda ahora, a los 93.

"Mover diez o doce kilos de harina con una pala de madera en un cubo no era nada fácil. Entonces, se amasaba todo a mano y era costoso. Sudaba mucho porque cuando la masa estaba muy espesa había que seguir dándole, en la misma dirección, hasta que ligase. Luego se ponía la masa en una tabla y se cortaba en tiras. También era duro estar al frente de la freidora, que funcionaba con carbón, así como calentar el agua en un fogón y montar la caseta de madera, de lo que se ocupaba mi marido y que había que hacer todo a mano. No era como ahora, que se lleva la caravana y ya está", recuerda esta mujer.

FIESTAS. Carmen y Manuel recorrieron muchas fiestas, incluido el Corpus en Lugo, cuando se celebraba en Santo Domingo y en el campo de la feria, junto a la actual estación de autobuses.

Aun ahora, la abuela de La Moderna hace memoria de los sitios a los que iban: "Nadela, Duarría, Castro, Santa Comba, Albeiros, Portomarín... Hubo tiempos en los que vendíamos veinte churros a un duro (cinco pesetas) o a real (veinticinco céntimos), el churro. Trabajábamos de junio a octubre y en navidades íbamos a Vilalba", afirma, con nostalgia.

VILALBA. De todos los lugares a los que iban, donde más estrecharon lazos con sus clientes fue en Vilalba. Allí, todavía está instalada ahora la caravana de La Moderna, con Jonathan Tejeda al frente, el nieto de Carmen y también pinche de cocina en el Hula.

"Pasamos cinco meses al año en Vilalba, de diciembre a abril. También vamos siempre a las fiestas de San Ramón, que son a finales de agosto, y al San Froilán", apunta Jonathan.

El nieto de Carmen comenzó a hacer churros con 18 años. La excusa fue –según cuenta su madre, Lola, que dedicó toda su vida al negocio hasta la jubilación– "que no quería estudiar y era lo que tenía en casa".

Jonathan asiente. Sí, fue eso. No le hacía falta buscar trabajo fuera de casa, pero también algo le debía tirar la tradición familiar.

"Mi trabajo es como pinche de cocina en el Hula y, ahora mismo, me dispongo a preparar las oposiciones para sacar la plaza fija. Pero, aun así, sigo llevando la caravana a Vilalba y vendiendo churros. Es un trabajo duro pero también tenemos descansos prolongados, de meses. Y ahora es mucho más fácil que en los tiempos de mi abuela porque tenemos amasadora y churrera automática. Nada que ver con lo que era antes este trabajo", indica.

Antes de que se pusiese Jonathan al frente de La Moderna, estuvo su madre, Lola, que comenzó a los 9 años solo despachando y ahí estuvo, vendiendo churros, hasta la jubilación. "A mí, con 9 años, me enseñaron a hacer un cucurucho y ya me pusieron a vender churros. Mis padres me llevaban siempre con ellos y yo lo pasaba bien porque también jugaba con otras niñas. Con 13, ya me puse a trabajar más en serio y ahí estuve hasta que me jubilé", cuenta ahora, desde sus 73 años.

Los churros dieron de comer a esta familia durante nada menos que cien años. Un negocio que vivió muy buenos tiempos, mejores que los de ahora. "Se ganaba dinero. Nos daba suficiente para vivir y eso ya era mucho. También había menos competencia que ahora", dice Lola, una mujer que, siguiendo la estela de su madre y su abuela, se pasó toda la vida de fiesta en fiesta vendiendo churros a distintas generaciones de lucenses.

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