Una lucense que mira más allá del cielo

Noelia Martínez Rey trabaja desde Australia para mejorar los telescopios más potentes del mundo
Noelia Martínez Rey. SEBAS SENANDE
photo_camera Noelia Martínez Rey, esta semana en Lugo. SEBAS SENANDE

De niña escribía poesía y ahora sabe crear estrellas. La lucense Noelia Martínez Rey destila arte y lo ha puesto al servicio de la ciencia. Trabaja desde Australia para mejorar los ojos que miran al cielo, los telescopios más potentes del mundo. Su objetivo es acercarnos a las estrellas y lo está consiguiendo.

Noelia Martínez es doctora en Astrofísica e investigadora de la Australian National University (Anu). Trabaja en programas de la Nasa, la Agencia Espacial Europea (Esa) y en diversos proyectos orientados a mejorar las comunicaciones y la información que recibimos del espacio a través de los telescopios.

Su casa está en Canberra, trabaja para el Departamento de Instrumentación Avanzada de la Escuela de Astronomía y Astrofísica de la Anu, pero también se la puede encontrar en Hawái, no en la playa, sino entre la nieve, a 4.000 metros de altitud trabajando con el telescopio japonés Subaru; o en Chile, donde se está construyendo el GMT (Telescopio Gigante de Magallanes), un aparato con una óptica de 25 metros pensado para escudriñar el universo.

La investigación de Noelia Martínez se centra en conseguir una visión lo más nítida posible del espacio. Lo explica con un ejemplo simple: "El parpadeo de las estrellas no es real. Emiten una luz constante, pero las vemos así por efecto de la atmósfera. Yo investigo el modo de corregir esa distorsión de la imagen que se produce en la atmósfera", explica.

Su investigación se centra en mejorar la visión del espacio y la comunicación por satélite

Y para ello crean estrellas artificiales. "Me sigue impresionando", confiesa la investigadora. Lo hacen desde el observatorio de Hawái con rayos láser. En palabras comprensibles, consiste en lanzar un haz de luz al espacio, para simular una estrella a 90 kilómetros de distancia y ver cómo lo captan los telescopios. Saben lo que deberían ver y lo que realmente ven. El trabajo de la astrofísica lucense es idear el instrumento adecuado para corregir esa distorsión visual.

"Es un proyecto con un impacto importante. Hay mucha gente pendiente de los resultados", comenta con una seguridad pasmosa, como si no fuese consciente de que tiene a cientos de astrónomos pendientes de sus cálculos.

Viaje a la Luna

Noelia Martínez, en el telescopio del observatorio del Teide.
Noelia Martínez, en el telescopio del observatorio del Teide.

Las investigaciones de Noelia Martínez se adentran también en el terreno de las comunicaciones por satélite. Uno de los proyectos en los que participa en este ámbito es el programa Artemis, liderado por la Nasa y con colaboración de la Agencia Espacial Europea. Consiste en una misión espacial tripulada que volverá a llevar al hombre a la Luna y, además, a la primera mujer. Es la primera vez desde el viaje de Neil Armstrong que el ser humano pisará la superficie lunar. Noelia Martínez forma parte del equipo que dará soporte técnico de comunicación a la nave.

"Cuatro astronautas viajarán en la nave Orión. Darán una primera vuelta a la Luna y, en la segunda, van a alunizar", explica. La científica lucense seguirá sus pasos desde la Tierra y se encargará de optimizar los sistemas de comunicación de la nave para obtener la máxima información posible durante la misión.

Colabora en el programa Artemis, que llevará el hombre de nuevo a la Luna

A Noelia Martínez Rey le gusta la divulgación científica y se agradece al conversar con ella porque su trabajo parece sacado de una película. Pero lo que realmente es ciencia ficción son sus condiciones laborales. Dispone de financiación propia para realizar su investigación y para contratar su equipo. Además, puede dedicar la mitad de su tiempo a investigar lo que quiera.

Esto se traduce del siguiente modo: "En la investigación que me marcan tengo que conseguir el objetivo con el mínimo riesgo. La parte que yo elijo tiene el mismo fin, pero a través de I+D, experimentando con técnicas nuevas, que suponen un mayor riesgo porque no han sido probadas. Están saliendo buenos resultados y eso me ayuda a conseguir más financiación", comenta.

Su tiempo es oro

Disfruta con su trabajo. "Veo la aplicación de mis investigaciones, lo que hacen con lo que yo consigo y eso me impulsa a continuar. Vuelvo de cada congreso con un orgasmo mental, buscando qué puedo hacer para innovar. El problema es que el día tiene límite de horas", dice entre risas.

El comentario dice mucho de su vocación, pero no son solo palabras. "Me fui para Australia con un contrato de tres años. Al terminar me ofrecieron un puesto fijo y lo rechacé. Después me ofrecieron financiación propia y también dije que no. Entonces me preguntaron qué quería y yo respondí: tiempo", pero no para ella, sino para una línea de investigación propia. 

No estaban dispuestos a dejarla marchar y se lo concedieron. "Tengo un contrato semipermanente, de siete años, y puedo dedicar el 50% del tiempo a investigación propia". Dice que este planteamiento le permite "pensar en lo que quiero hacer después", con estabilidad laboral y sin encasillarse en un puesto fijo.

Le ofrecieron un contrato en blanco y solo pidió tiempo para investigar

Y quién sabe dónde estará su siguiente destino. Noelia Martínez Rey asegura que nunca imaginó que su carrera laboral llevaría este rumbo. Estudió en el Colegio Salesiano Divina Pastora y en el IES Xoán Montes de Lugo. Después estudió Ingeniería Técnica Industrial en el campus lucense, en la especialidad de Química Industrial, y completó la licenciatura en León, por la rama de Electrónica

Pero ni así se veía venir. Lo que marcó su rumbo hacia las estrellas fue una beca de prácticas en el Instituto de Astrofísica de Canarias cuando todavía no había terminado la carrera. Ese fue su primer contacto con la ingeniería espacial y un puente de enlace con la Agencia Espacial Europea, desde donde le propusieron una investigación doctoral sobre cómo corregir los efectos de la atmósfera en las comunicaciones ópticas con satélite.

Noelia Martínez Rey. CRISTY ROBERTS (ANU)
Noelia Martínez, en la Australian University. CRISTY ROBERTS

Cuando terminó el doctorado le ofrecieron un contrato de tres años en Australia. Se marchó a finales de 2019 y la pandemia hizo el trabajo sucio. "No pude volver hasta febrero de 2022. Si salía del país no podía volver a entrar. Me agobié, estaba decidida a marcharme y mandé el currículum a mil sitios", recuerda. Pero las ofertas de trabajo que recibió le pusieron los pies en la tierra. "Aquí ser investigador no es una profesión y en España es impensable que una persona joven consiga financiación", lamenta.

Ya con las fronteras abiertas y libertad para viajar, empezó a relativizar distancias. "Son 26 horas de viaje hasta Madrid", apunta, por eso cada vez que visita Europa por motivos laborales pasa por Lugo. "Aunque sea por un día intento venir. Tres horas de avión desde cualquier país de Europa no es nada cuando estás tan lejos".

Dice que está integrada en Australia, pero le costó acostumbrarse a algunas cosas. "La gente es amable, pero cuesta entrar en el grupo. Son muy políticamente correctos. Evitan hablar de temas polémicos, no quieren conflictos. No hablan de política, ni de igualdad, ni de su historia de colonización porque los indígenas australianos no fueron bien tratados".

Esa forma de ser le supuso algún choque "tanto en el trabajo como a nivel social porque yo estoy acostumbrada a decir lo que pienso. Me cuesta callarme. Digo lo bueno y lo malo y a veces les sienta mal, aunque ahora ya me conocen. Ellos si tienen que criticar algo dan un rodeo".

A 26 horas de un jamón

Por muy buena voluntad que ponga para integrarse, hay algo a lo que Noelia Martínez no se acostumbra en Australia: "La comida deja mucho que desear", confiesa.

La colonización británica ha dejado huella en la gastronomía australiana, que se salva por la variada oferta culinaria procedente de otras culturas. "Hay muchos asiáticos y la comida india es mi preferida", explica.

Noelia Martínez Rey. SEBAS SENANDE
Noelia Martínez Rey. SEBAS SENANDE

Pero lo primero que hace Noelia Martínez al llegar al aeropuerto de Madrid es comer un bocadillo de jamón. Ese es el principio de su avituallamiento. "Cuando vengo siempre llevo pimentón de la Vera, levadura en polvo, chocolate a la taza, vino y aceite. No puedo llevar productos frescos y como no hay chorizo, tengo que disfrazar las lentejas con pimentón", explica entre risas. Lo mismo le ocurre con el chocolate a la taza. "Tienen cacao en polvo, pero no chocolate", y basta que no lo haya para que apetezca.

Echa de menos los embutidos de Lugo, pero eso no puede llevar. "Allí comen una especie de salami que no tiene nada que ver, pero las multas por llevar chorizos en la maleta son elevadísimas y no me arriesgo", comenta.

Cuando viene lleva en la maleta pimentón, levadura, chocolate, vino y aceite

Por lo demás, dice que el país es diferente, pero curioso. "Fuera de las grandes ciudades no hay nada, ni cobertura de móvil. No es como aquí, que ves una casa de vez en cuando. En las carreteras hay carteles que indican a qué distancia está la próxima gasolinera porque de una a otra no hay nada".

No ha visto koalas fuera de los parques naturales, pero sí eucaliptos y muchos canguros. "Son un peligro en las carreteras. Los canguros aparecen por todas partes. Hace poco tuve un golpe en el coche con uno", apunta.

Y hablando de peligros, la invitación a reflexionar sobre el universo desconocido es inevitable. A la pregunta de si ha visto algo en el espacio que nos deba preocupar, responde que "el mayor peligro lo provocamos nosotros con la basura espacial. No hay concienciación suficiente sobre este tema. Lanzamos millones de satélites a la misma órbita y todo queda ahí, no se recuperan. Si hay una colisión, salen disparadas miles de piezas que provocan otros choques que pueden inutilizar satélites fundamentales para las comunicaciones, como los GPS, por ejemplo".

Noelia Martínez ha pasado esta semana en Lugo. En Australia es verano y son sus días de vacaciones. Hoy se marcha y deja el mes de septiembre marcado en el calendario de su madre. Hasta entonces no volverá. Parece mucho tiempo, pero es por una buena causa: va a trabajar para que podamos ver mejor las estrellas.

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