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Lucía Méndez: "Cuando vuelvo a mi pueblo me pregunto quién soy; el mundo en el que nací no existe"

Lucía Méndez. EP
Lucía Méndez. EP

El arco biográfico de Lucía Méndez (Palacios de Sanabria, 1960) es ascendente. Salió de un pueblo de Zamora en el que el acecho de los lobos se comunicaba a campanadas y estuvo en las coordenadas precisas para participar en la fundación de El Mundo. Desde hace treinta años es la responsable de Opinión. Su prestigio es el de la neutralidad.

La ganadora del Premio Puro Cora confiesa que se le hace raro ser entrevistada. El género que ocupa su labor es la opinión, como jefa de esa sección en El Mundo desde 1989. "Últimamente hago entrevistas, pero es muy difícil".

¿Qué dificultad tiene la entrevista?

Se las suelo hacer a políticos. Casi nunca dicen nada. Es propaganda para buscar el titular. Debes esforzarte mucho para que te digan algo interesante.

Pero tiene trato con muchos de ellos. Esa cercanía debería serle útil para entrevistarlos.

Para escribir mis crónicas suelo hablar con ellos, pero sobre todo con los que ya no están o con lo que están, pero aportan porque saben de política. Ahora, en primera línea, hay políticos jóvenes que no tienen ni mucha experiencia ni mucho criterio político.

Usted remarca que es una periodista independiente políticamente. Es algo que se le reconoce. Trabajó en la Secretaría de Comunicación de 1996 a 1998, bajo el mandato de Aznar.

Ese paso lo di por curiosidad profesional. Entre 1989 y 1996 cubrí para el periódico la información del Partido Popular. Fui testigo del ascenso y la llegada a La Moncloa de Aznar. Me llamaron para trabajar para el Gobierno y entendí, algo ingenuamente, que trabajaba para un servicio público, que era una intermediaria neutral que facilitaba el acceso de los medios al presidente del Gobierno. Aquel no era mi sitio. Me preguntará usted ahora por qué habiendo trabajado para Aznar puedo ser neutral y respetada.

Considero que la pregunta está contestada, pero dígame.

Hice ese trabajo de modo neutral y profesional. Atendía a todos los medios por igual. No vendía motos ni hacía propaganda. Eso me ayudó a volver al periodismo. Cuando volví al periódico estuve un tiempo haciendo editoriales, sin firmar nada de política.

Me llamaron para trabajar para el Gobierno y creí, algo inocentemente, que era un servicio público

¿Su punto de vista estaba marcado por esa experiencia?

No lo creo, pero podría pensarse.

Criticó a los periodistas que leyeron el manifiesto de la plaza de Colón para pedir elecciones.

Lo que critico es que lean un manifiesto de un partido político, no de una causa nacional, como puede ser para condenar un atentado terrorista. Eso no es comparable con trabajar en un gabinete de prensa.

Me habla usted de "el periódico" para referirse a El Mundo. Imagino que, para un profesional, no hay nada superior a fundar un diario como hicieron ustedes en 1989.

Es lo más glorioso. Tuvimos la suerte de nacer en un momento en el que se produjeron muchas situaciones históricas. Cayó el Muro de Berlín, hubo elecciones generales... Solamente una generación joven puede fundar un periódico en papel porque debes volcar todas tus energías.

La juventud también aporta inconsciencia.

Sí, también fuimos inconscientes. No estaba claro que fuésemos a sobrevivir. Cuando echaron a Pedro J. de Diario 16 era muy joven y en el equipo había gente más joven que él.

¿Por qué se fueron de Diario 16?

Porque no era un sitio para hacer el periodismo batallador que queríamos hacer.

Su concepto de periodismo está resumido en la oración fúnebre que Marco Antonio hace en la obra ‘Julio César’, que escribió Shakespeare a finales del siglo XVI. Es una denuncia de los conspiradores y los corruptos.

Ese discurso resume toda la esencia del poder: la traición, la grandeza, el liderazgo... Es aplicable a la política actual porque las pulsiones son las mismas.

Quise ser periodista porque me interesaban las noticias. Me llevó la curiosidad

Tiene acceso a todo ese mundo habiendo sido niña en Palacios de Sanabria, que contaba con menos de 600 habitantes cuando nació. Su caso es improbable.

En la vida había imaginado que la evolución de cuarenta años de democracia fuesen a facilitar a tanta gente como yo el acceso a una enseñanza de calidad como es la pública. Me permitió subir al ascensor social, entrar en un mundo al que no pertenecía. La vida en mi pueblo se parecía más a la Edad Media que al siglo XX.

¿Por qué quiso ser periodista?

Escuchaba la radio, me interesaban las noticias. Me llevó la curiosidad.

Habla de Palacios de Sanabria como un lugar cerrado, pero era un lugar de paso. Para feriantes portugueses, por ejemplo.

Mi pueblo está entre Galicia, Portugal y Asturias. Pasaban una ruta de gallegos a la Meseta y otra de portugueses hacia el País Vasco. Mi padre era camionero. En un momento determinado, un familiar le pidió el camión para hacer un viaje —creo que— a Bilbao. La Guardia Civil detuvo el camión porque llevaba emigrantes portugueses ilegalmente. Juzgaron a mi padre como dueño del camión. Llevaron a mi padre al castillo de Puebla de Sanabria, donde había una cárcel entonces. Fueron solo unos días y no le quedaron antecedentes. Mi primer recuerdo de la infancia es ir a visitarlo a ese lugar. Nuestra zona, que coincidía con la Raia portuguesa, era la más deprimida de Europa en los indicadores económicos.

¿Ha vuelto a Palacios?

Tengo una casa. Desde que murieron mis padres me cuesta volver, pero lo hago. Cuando vuelvo me surgen preguntas sobre quién soy. El mundo en el que nací no existe. Hay un pueblo que está un poco más arriba en el que no queda ni una sola persona. La naturaleza se come los caminos. A cambio he visto jabalíes cerca de las casas. Antes los animales estaban en el monte, no se acercaban a las casas. Cuando llegaba el lobo se tocaban las campanas. Ahora hay algunas casas rehabilitadas que son ocupadas en verano y otras que se están cayendo. El prado de mi abuelo era verde, estaba regado y había fuentes. Era donde íbamos a merendar porque no había otra distracción. Ahora no sería capaz de encontrarlo.

¿Cómo ve ese mundo del que escapó?

Lo vi con distancia porque pensaba que yo me había redimido de la ignorancia. Te diferencias de ellos y hay un punto de desprecio. Cuando creces te das cuenta de que es el mundo del que procedes.

Cuando empezó a estudiar Periodismo en Madrid recorría cada día una buena distancia desde su casa hasta la facultad.

Mi vida era muy modesta. Había muchos días en los que no tenía dinero para coger el metro ni el autobús. Estudiaba en la Biblioteca Nacional porque la casa en la que estaba era muy fría. Vivía con gente de Palacios que había emigrado a Madrid. No conocía a nadie. Me vine con la bandera de Zamora en la solapa. Madrid me daba mucho miedo. Físicamente estaba en Madrid; pero mentalmente, en mi pueblo. La universidad fue lo que me integró.

Mi padre fue penado como dueño de un camión que llevó ilegales. Mi primer recuerdo es visitarlo en la cárcel


Estaba en la Biblioteca Nacional cuando el golpe del 23-F.

Estaba haciendo un trabajo sobre Gandhi. Nos desalojaron. Yendo para casa, un policía me dijo que no pasaría nada.

¿Y se fio?

Sí. Fue la única autoridad que me encontré. Supongo que me lo dijo intuitivamente. Tampoco era muy consciente. Tenía 20 años.

¿No temió que el triunfo de ese intento supusiese volver definitivamente al pueblo?

No tuve esa sensación. Veía a mi alrededor una sociedad moderna y una democracia consolidada.

Su libro favorito es ‘Anna Karenina’, una crítica de la hipocresía de las élites rusas.

Ese libro contiene todo el conocimiento de las personas, y de las relaciones familiares y sociales.

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