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GUERRA FRÍA

El lucense que aprendió ruso

Emilio Pacios, en el despacho de su casa, en Alcalá de Henares. SAN BERNARDO / EP
Emilio Pacios, en el despacho de su casa, en Alcalá de Henares. SAN BERNARDO / EP
Fue uno de los pocos testigos de la Guerra Fría en España ► Este lucense, Emilio Pacios, ejerció de relaciones públicas en las bases americanas de Morón y Torrejón durante 40 años ► Hoy, a los 91 años, estudia en la Universidade de Mayores de Alcalá de Henares

Si lo contase todo, seguramente sabría más cosas sobre la Guerra Fría que lo que transmitían los medios de comunicación de la época. Este lucense, Emilio Pacios Bisbal, ejerció durante cuatro décadas de relaciones públicas en las bases que el Ejército de Estados Unidos montó, en la posguerra, en Morón, Sevilla, y Torrejón de Ardoz, en Madrid. Su primer destino fue Morón. Iba a ser de seis semanas solo. Pero no, al final, fueron 20 años.

"Había estudiado Comercio y España comenzaba a tener relaciones comerciales con Estados Unidos. Los americanos comienzan a construir las bases militares en España. Yo fui de los primeros españoles que vivió la construcción de una de las bases. En mi caso, me destinaron a Morón de La Frontera. Hablaba bien el inglés y me dedicaba a traducir planos. Así que ahí ejercí de traductor, intérprete y relaciones públicas. Yo era personal de las Fuerzas Armadas españolas con servicio en las americanas y cobraba de los americanos", afirma el lucense Emilio Pacios Bisbal.

Emilio Pacios, en la base americana de Morón, hace cuatro décadas. SAN BERNARDO / EP

Emilio Pacios, en la base americana de Morón, hace cuatro décadas. SAN BERNARDO / EP

Su vida laboral fueron 40 años al servicio del Ejército de Estados Unidos desde sus dos bases en España: 20, en Morón, y los otros 20, en Torrejón. También estuvo, durante un tiempo, en comisión de servicio en Alemania. Y, desde esa posición, fue testigo de muchas cosas. "Mi trabajo era como estar en lo alto de una tapia y ver a los vecinos de un lado y a los vecinos del otro. Al final, eres un canal de contacto entre unos y otros y te dedicas, sobre todo, a evitar malos entendidos", dice.

Para poder desempeñar bien su trabajo, Emilio Pacios creyó necesario ponerse a aprender ruso y así lo hizo. "Durante 40 años, los rusos eran los de enfrente. Cuando tienes un enemigo, te interesa saber todo lo que puedes sobre él y de primera mano. Entonces, es fundamental conocer su idioma. Por eso, me decidí a aprender ruso. Pero, por otra parte, la cultura rusa es de primera magnitud y dio grandes pintores, músicos y escritores", apunta.

FACETAS. Locutor y articulista

La vida de Emilio Pacios tuvo también otra faceta: la periodística. Aunque nunca abandonó su puesto de relaciones públicas en las bases americanas, fue locutor de la Emisora sindical de Morón en 1958. Durante su etapa laboral,  Emilio Pacios —que fue, además, piloto civil— publicó artículos sobre cultura e historia españolas para publicaciones de lengua inglesa.

Jubilación activa 

Cuando se retiró, Emilio Pacios siguió realizando algunas colaboraciones en medios locales de Alcalá de Henares como, por ejemplo, la cadena Cope o el periódico Diario de Alcalá, donde llegó a escribir una columna.

 

En algún momento de su etapa laboral y, dado su destino, su vida se vio amenazada por Eta. "Tuve que jugarme la vida. En los años del plomo, fui objetivo de los terroristas y tenía que mirar siempre debajo del coche. Un día estuve a punto de volar. Había una bomba en el puesto de transmisiones, pero no estaba allí. Aquel no era mi día", recuerda.

LUGO. Emilio Pacios Bisbal nació en la Rúa do Progreso hace 91 años y era nieto de uno de los primeros jefes de la comandancia de la Guardia Civil en Lugo, el teniente coronel Cesáreo Bisbal Alvillos. El cuartel estaba en esa calle y todavía recuerda que, además del edificio, había también un sitio destinado a caballerizas.

Hijo único de Emilio Pacios y Celia Bisbal, su vínculo con Lugo duró solo hasta los 7 años, hasta un nuevo destino del abuelo. En esta ocasión, la vuelta a las raíces en Madrid. "Volví a Lugo al cabo de muchos años y había sitios que aún seguían igual como la pastelería Madarro, en la calle de la Reina. Allí, iban mis padres a tomar café y pasteles. También me acuerdo de cuando correteaba por encima de la muralla. Otra imagen que me quedó grabada en la memoria de esos años, que coincidían con la Segunda República, era la de una mujer mayor, que vendía pipas, golosinas y, sobre todo, bolitas de anís en el acceso a la muralla que hay enfrente de la catedral, en la puerta de Santiago", comenta Emilio Pacios.

ESTUDIANTE. Un universitario de 91 años que estudia Ciencias tras terminar Humanidades

Emilio Pacios Bisbal se identifica con "los caballos de carrera, que se mueren galopando". Por eso, y pese a su edad, sigue enganchado a las noticias y también a su curiosidad por el medio que lo rodea y que colma a través de la Universidad de Mayores de Alcalá de Henares, donde hizo ya el programa de Humanidades, de cuatro años, y ahora cursa el de Ciencias. 

"Una vez que te jubilas, pasas a la reserva administrativa pero tu deformación personal te mantiene pegado a la actualidad", explica. 

Por eso, después de una vida tan intensa, decidió enrolarse en la universidad. "Me retiré a los 65 años y dejar el servicio activo y meterme en la universidad fue casi simultáneo. En junio pasado terminé Humanidades y ahora tengo tela cortada en Ciencias para dos años más. En la Universidad de Mayores, no nos aprietan tanto. Hacemos trabajos, pero no hay exámenes", cuenta. 

Emilio, con su edad, es el mayor de la clase pero dice que allí hay alumnos "de todos los calibres, aunque el promedio será tener 60 largos". Aunque la exigencia sea bastante menor que en un grado, para poder seguir estos estudios también hace falta una pequeña dosis de disciplina. 

"Para echar dos horas, no hay que correr. Esto es bueno para recordar cosas que, a lo mejor, estudiaste y ya no las sabes. Y viene muy bien para estar al día. Creo que estoy haciendo lo que debo. Si tengo curiosidad, cuanto más sepa, mejor. Porque, por jubilarse, no hace falta portarse como un mendrugo: dedicarse solo a beber vino o a ver quien mete un gol. Eso sería perder el tiempo como un inútil. Mientras tenga vida, hay que hacer algo positivo", dice.

El lucense que aprendió ruso
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