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La intensa empatía de la "doctora amor"

Begoña Campos. XESÚS PONTE
Begoña Campos. XESÚS PONTE

Begoña Campos, oncóloga del Hula, encarna la complicada combinación entre hacer lo que hay que hacer y el ejercicio de una intimísima empatía. La fórmula funciona y sus pacientes pronuncian su apellido con devoción y hasta se lo cambian por otro más cariñoso

SE RECUERDA a sí misma, con otros estudiantes de Medicina, en un bus urbano de Santiago, volviendo a casa con una caja en las rodillas. Dentro, huesos de la fosa común, que había ido a recoger con el papelito que le dieron en la facultad, y que iba a lavar, pulir y barnizar. También a identificar, claro, que era el objetivo. Recuerda también el pensamiento que le hervía en la cabeza: qué opinaría toda la gente que les rodeaba en el bus, familiares de quienes habitaban el cementerio, si supieran qué había en la caja, si les horrorizaría, si les haría sufrir.

Ese precario ejercicio de equilibrismo en el que, mientras se actúa con profesionalidad y se hace lo que hay que hacer, se ejerce intensamente la empatía, acompaña hasta hoy a Begoña Campos, una médica a la que tantos pacientes señalan como su oncóloga -citando nombre, apellido y, como si formara parte de una especie de título anexo una lista de alabanzas- que cabría pensar que es la oncóloga de todos, una especie de oncóloga universal.

No sabe muy bien por qué ocurre eso. Admite que les mira cuando habla, que hace lo posible para que el absorbente ordenador no se lleve toda su atención, que se imprime con antelación todos los volantes que va a necesitar para no tener que torcer la mirada mil veces. Que sonríe, que se deja eternizar en consulta y es siempre la última en acabar. De ella decía su exjefe, el primer oncólogo que hubo en Lugo, Ramón Mel, que explicaba a los pacientes «la alopecia pelo a pelo y la trombocitopenia, plaqueta a plaqueta».

También que ofrece un resquicio de esperanza sin mentir. No siempre es fácil porque a veces escasea, aunque la especialidad da a los que la ejercen ahora mil alegrías más que cuando ella empezó, cuando se morían más pacientes y lo único que había para ofrecer era quimioterapia. Es un empeño personal contar las cosas de cierta manera y no dar pie a la desazón.

Fue Mirian Vázquez, la joven que encarnó para tantos lucenses una actitud animosa ante la enfermedad, la que la bautizó "doctora amor". Begoña Campos enseguida le atribuye a ella, paciente y amiga, casi hermana, la autoría de ese título. Lo dice como si fuera solo fruto de un cariño subjetivo, pero lo cierto es que ha acabado trascendiendo y calando en muchos otros.

Nacida en la Avenida da Coruña, hija única en una familia humilde, fruto de un matrimonio de transportista y ama de casa, quiso ser médica desde niña. Estudió la carrera con beca, aunque apenas a la mitad la perdió tras la enfermedad simultánea de sus padres: cáncer de cuello de útero, ella; adenoma de próstata que se llegó a creer cáncer, él. Su familia hizo muchos esfuerzos para que estudiara, así que, en cuanto acabó y mientras preparaba el Mir, empezó a trabajar.

Begoña Campos es de la última generación que pudo ejercer como médico de Familia nada más licenciarse. Primero, lo hizo en Polusa como médico de guardia, un trabajo que fue un chute de realidad y la espabiló para los restos. Era una recién licenciada que tenía a su cargo a decenas de pacientes quirúrgicos en noches o fines de semana, que además, porque aquellos eran otros tiempos, echaba una mano con todo, desde repartir comidas a coger vías.

Pasó otra temporada haciendo guardias de Primaria, peinando la provincia de centro de salud en centro de salud. Al tercer año de presentarse al Mir estudiando en ratos libres decidió que esa vez paraba de trabajar para prepararlo. Hizo la residencia y tuvo su primer contrato como oncóloga en el hospital de Pontevedra. Allí trató en los primeros ciclos a su padre de un cáncer de vejiga que fue, finalmente, la causa de su muerte. Le apena muchísimo que él, un hombre niñero, no pudiera conocer a sus dos hijos. Vive con ellos y su marido, un técnico de fibra óptica al que ya hacía ojitos desde sus primeros bailes, en una casa en las afueras.

De Pontevedra saltó a Ferrol y, finalmente, a Lugo. Un mundo entero ha pasado desde sus primeros casos hasta ahora y el rango de tratamientos con los que cuentan sus pacientes en este momento dejarían a la Begoña principiante boquiabierta. Como todos sus compañeros está especializada en determinados tumores: pulmón, melanoma y parte de los genitourinario. No son los suyos los de mejor pronóstico precisamente, pero sí de los que, muy recientemente, han centrado excelentes noticias en una especialidad que necesita todas cuantas puedan llegar.

Muchos pacientes la asombran, pero nadie tanto como las madres jóvenes en tratamiento paliativo, el empeño con el que siguen adelante superando previsiones y el jugo que le exprimen a un mes más, a dos, a tres... ayudando a hacer deberes. Cuántos meses más les daría si pudiera.

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