Los idiomas poderosos del amor

Cambió Suiza por Lugo por amor.  Da clases de idiomas y descarga las tensiones por la noche, boxeando en un gimnasio de San Roque.
Nathalie Cabana Lauper. VICTORIA RODRÍGUEZ
photo_camera Nathalie Cabana Lauper. VICTORIA RODRÍGUEZ
→ Procedencia: Berna (Suiza)
→ Profesión: Profesora de idiomas
→ Tiempo en Lugo: 10 años

Nathalie puede estar sonriendo durante horas. Es una capacidad envidiable. Sus trabajos han consistido en tener enfrente niños o alemanes protestando en alemán. Son ocupaciones de esperar un tormenta y tener la templanza de esperar a que pasen. Se va cargando de las tensiones ajenas y las descarga por la noche, boxeando en un gimnasio de San Roque.

"Me vine en 2013 desde Suiza a Sarria. La empresa tenía su sede en Madrid y una oficina en Sarria. Me dedicada a resolver las quejas de los alemanes sobre software", explica. En su Berna natal había trabajado cuidando pequeños y ahora se dedica a dar clases a adolescentes.

"Me vine por amor. Michael nació en Bélgica, pero es muy gallego", señala a modo de aprobación. Lo conoció con 18 años. "Fue en Monterroso, en unas vacaciones en verano. Su hermana trabajaba en un bar. Fue a través de ella".

El planeta dio muchas vueltas hasta que Nathalie y Michael volvieron a caer en el mismo punto. "Él tenía empresa de electricidad en Antas y yo vivía en Berna. Era complicado para comunicarse. De vez en cuando mandábamos un mensaje. Cuando empezaron los móviles nos enviábamos fotos de vez en cuando. Al empezar Skype estabamos horas y horas hablando. Tratábamos de que no pasasen dos meses sin vernos. Venía yo o iba él".

Fueron tres años de aguante hasta que Nathalie, cumplidos los 30, entendió que lo más práctico era que ella cogiese el avión definitivo a Galicia. Veraneaba en Monterroso porque su padre es de la localidad. Se casó con una suiza en Berna.

"Mi padre nos hablaba en español cuando mi hermana y yo éramos niñas. Como le contestábamos en alemán se cansó y pasó a hablarnos en alemán. Siempre le digo que debería habernos seguido hablando en español porque me hubiese sido más fácil aprenderlo".

El idioma de su padre lo aprendió en un centro en Berna, donde impartían historia y cultura españolas. "Me gustaba la clase, pero me daba mucha vergüenza. Me escondía tras mis compañeros para hacer las traducciones". Además de español y alemán, habla inglés y francés. El francés lo aprendió en el último año de instituto, que cursó en Ginebra. Sacó el título en la frontera, a la que iban los franceses a examinarse en su idioma. "Tengo facilidad para los idiomas, pero me daba vergüenza".

Cuando su hermana y ella eran niñas venían de vacaciones en coche. Después, en vuelos desde Ginebra a Madrid; con escalas de cinco horas, para llegar a Santiago. Si viajan ahora es a Oporto desde Ginebra.

"Mis padres viven desde hace un año en Monterroso. Mi madre, la suiza, es la que quería venir. Muchas veces venía ella sola. Cuando vivíamos en Berna teníamos la casa en un pueblo. Ella nació en la ciudad, pero le gusta el campo. Tiene huerta, se pasa el día en ella". Su marido, el monterrosino, había emigrado en los 70. Ella era educadora infantil, como Nathalie. Su hija estaba dirigiendo un centro cuando emigró. Fue por amor, la fuerza que mueve el sol y las otras estrellas.

Los elementos naturales que afectaron más a Nathalie en Lugo fueron la luz y la humedad. "Estábamos en un piso oscuro. En Suiza hace frío, pero es un frío seco". Con todo, lo peor era "la niebla", que pesa tanto que tarde en levantar vuelo del Miño.

"La gente es más abierta, sale más. En Suiza se hace más vida en casa. Lo malo de mis amigas lucenses era que se iban a la aldea los fines de semana".

La solución la encontró en su ciudad natal. "Conocí a una chica de Berna, que es profesora de inglés. Vino por amor, como yo, con 20 y pocos años. Yo tenía 30 años cuando vine. Somos muy amigas. Hablamos en bernés, que es un dialecto del alemán de Suiza".

Con el tiempo que lleva ha conseguido asentarse, aunque siga molesta con los fines de semana de huida y con la burocracia. Da clases de idiomas. Por las mañanas, a adultos; por la tardes, a niños y adolescentes.

Cuando bajan la reja en el local de la Rúa dos Paxariños, sube andando hasta un gimnasio frente a la capilla tranquila de San Roque. Allí se pelea con hombres, con sacos y con sombras; a veces con un sparring. "Lo hago por desahogar. Lleva año y medio. Fui a pilates. me aburría. En el gimnasio vi a gente boxeando y probé. Es una pena que no haya mujeres". Lamenta ser la única mujer.

Empezó yendo con su marido "porque a él también le gusta, pero no le da tiempo porque trabaja por la noche".

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