Una Geppetto lucense: Isabel Aguilar crea muñecas únicas e irrepetibles

El realismo de las piezas requiere décadas de formación artística y mucha dedicación
Isabel Aguilar González. XESÚS PONTE
photo_camera Isabel Aguilar González, con algunas de sus muñecas. XESÚS PONTE

Cuando era niña le regalaron una cabeza de plástico para hacer una muñeca. Su madre le ayudó a vestirla, sin saber que aquello sería el principio de una pasión.

María Isabel Aguilar González, Sabelay, ha dedicado media vida a perfeccionar el arte de hacer muñecas de porcelana y le ha salido bien. Se refiere a sus piezas como "sus niñas" y es comprensible porque lo parecen. Ha conseguido lo que Geppetto quería de Pinocho: dar vida a su creación.

Aquella primera muñeca que hizo con ayuda de su madre a partir de una cabeza de plástico la vendió para comprarse unos zapatos para ir a un baile. No le llegó el dinero para lo que quería, pero ya entonces vio su trabajo reconocido porque su muñeca sirvió para decorar el escaparate de una tienda de la Rúa da Raíña.

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Entonces ni imaginaba que sus creaciones serían el centro de numerosas exposiciones y recibirían premios en certámenes nacionales e internacionales.

Sabelay dice que su madre está detrás de su aventura vital porque "tenía un taller de costura, pero siempre dijo que quería una tienda de muñecas". Isabel Aguilar estudió Magisterio, pero el mundo del arte la atraía y buscó formación por donde pudo. Pintura, escultura, diseño... "saqué una diplomatura en Artes Globales en Barcelona desde Lugo, a distancia. Iba en verano a hacer las prácticas. Y también tengo la carta de artesana de Galicia".

Cuando se casó se fue con su marido a vivir a Madrid. "Allí era más fácil acceder a formación de todo tipo". Un día cayó en sus manos un artículo sobre el arte de fabricar muñecas de porcelana y ya no hubo vuelta atrás. "En España hay poca tradición, las corrientes muñequeras más importantes están en Francia, Alemania y Estados Unidos". De allí toma ella sus modelos, de "piezas de 1800 o 1900".

Sabelay hace réplicas de muñecas antiguas o creaciones propias inspiradas en ellas. Modela el cuerpo y trabaja hasta el último detalle. "Es difícil conseguir los moldes originales porque hay pocos y no se pueden utilizar muchas veces", explica. La porcelana la trae de Alemania "porque no encuentro otra mejor" y la quiere blanca, para lograr el acabado perfecto con la pintura. "Los pigmentos los hago yo, con aceites y diluyentes", apunta.

Cada pieza requiere distintas cocciones, en un horno especial para temperaturas que superan los mil grados centígrados. "Cada vez que pintas algo tiene que ir al horno. Por ejemplo, un ojo puede necesitar cuatro cocciones". Pocas parecen a juzgar por el resultado final. Cuesta saber si pertenecen a un niño o a un muñeco.

La sensación al tocar la porcelana es similar, solo la temperatura la delata. Sabelay consigue en cada pieza el aspecto de piel natural. El tacto es el de un día de invierno. "Cada pieza hay que modelarla y vaciarla. Si le queda una huella ya no vale. Hay que lijarla y conseguir un pulido perfecto para que la pintura no deje grumos. El pintado es minucioso. Algunos pinceles que se usan para los ojos tienen solo dos pelos", explica la muñequera.

Cuando los ojos son de cristal hay que colocarlos en su sitio, al igual que los dientes y la lengua, piezas diminutas que requieren una combinación de múltiples destrezas. Cada detalle es único e irrepetible, como cada muñeca.

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Sabelay dedicó tres décadas de su vida a hacer cientos de ellas. No es capaz de calcular el tiempo que les dedicó, pero dice que "las jornadas sobrepasaban mucho las ocho horas". Vendió muchas y todavía tiene alguna en venta, pero con condiciones. "No se las doy a cualquiera. Son parte de mí y tengo que saber que están bien cuidadas. Para eso soy una madre coraje", dice.

En cambio, no duda en dejarlas ir cuando sabe que han encontrado su lugar. "Un chico vino día tras día a ver una muñeca a una exposición. La quería para su novia, pero no lograba reunir el dinero para comprarla. El último día le pregunté cuánto tenía y se la vendí por el precio que el podía pagar. La merecía por haber mostrado tanto interés", recuerda.

A sus 78 años, Sabelay atesora una gran colección de muñecas. "Son patrimonio de mis hijos, pero no me importaría cederlas a un museo para que las disfruten los lucenses. Debe ser un lugar donde las valoren y reconozcan. Yo no gano nada con eso, pero sería un detalle con la ciudad de mi madre, que siempre quiso una tienda de muñecas", apunta.

Sabelay dejó de hacerlas por motivos de salud, pero todavía realiza algunos trabajos de restauración. "Si la vida me ha dejado vivir yo tengo que darle respuesta", asegura rebosante de vitalidad.