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HISTORIAS DE LUGO

El largo camino de las cartas

Diligencia  que transportaba viajeros y correo en el siglo XIX. EP
Diligencia que transportaba viajeros y correo en el siglo XIX. EP

A caballo, en diligencia, en tren, en bici o en moto, cualquier transporte fue válido para enviar y recibir cartas. Aunque el correo ya data de los romanos, una de las primeras referencias históricas de este servicio en Lugo está en los mapas de postas, del siglo XVIII

Los romanos ya tenían correo y aunque su uso fue continuo a lo largo de la historia, el servicio oficial de Correos en España comenzó a tomar forma en el reinado de Carlos III, en el siglo XVIII, cuando se organizó la administración de las estafetas y se elaboró un informe sobre la mejora de las rutas postales que daría pie a la edición del Itinerario real de las carreras de postas y de los primeros mapas de postas.

Las carreras de postas partían de Madrid y se extendían, de forma radial, por todo el país. En estos trayectos, había establecimientos con paradas cada 15 ó 20 kilómetros, donde se cambiaba la caballería, tanto para el transporte del correo como de personas.

El primer mapa de postas sitúa cinco paradas desde O Cebreiro a Lugo, todas ellas concesiones reales

Por aquel entonces, las cartas llegaban a caballo. A principios del siglo XIX, la mejora de los caminos reales impulsaron el servicio y las cartas comenzaron a venir en carruaje o diligencia, compartiendo coche con los viajeros. Por eso, muchas de estas diligencias se les llamaba "correos".

El viajero Henry David Inglis, en su libro Spain in 1830, se sorprendía de lo cómodos y rápidos que eran estos "correos", de los que decía que tenían asientos amortiguados por cojines y ventanillas provistas de persianas venecianas "por las que entra el aire pero no el sol". El coche solo admitía a tres pasajeros y era tirado por cuatro mulas que iban al galope. Según Inglis, los viajeros eran invitados a vino con la bota que llevaban los chóferes.

El Diccionario geográfico de Madoz da cuenta de la existencia, en 1845, de un horario de llegadas y salidas de estas diligencias correos.

Había cuatro horas de llegadas de los "correos", dependiendo del lugar de procedencia, de los cuales dos llegaban a mediodía y otros dos, de madrugada

A las dos de la tarde, venían los correos de Mondoñedo, Ribadeo, Viveiro, Monforte, Sarria y Santiago, y a las tres, de A Coruña, Ferrol y Betanzos. Estos viajaban solo lunes, miércoles y sábados. De madrugada, llegaban, a las tres, los de Castilla, y a las cinco, los de Ourense. Venían los domingos, martes y viernes.

Las salidas de Lugo se producían a las nueve de la mañana hacia Ourense; a las cuatro de la tarde, hacia Castilla y Santiago; a las cuatro de la mañana, hacia A Coruña, Ferrol y Betanzos, y a las cinco, a Mondoñedo, Ribadeo, Viveiro, Monforte y Sarria. Salvo las diligencias que iban a Castilla y a Santiago -que viajaban en lunes, miércoles y sábados-, el resto salía los domingos, martes y viernes. Los jueves no había diligencias ni para salidas, ni para llegadas.

Las diligencias llegaban con las sacas de cartas a la administración principal, que estaba en el convento de A Nova, donde se ubicó la sede de Correos y Telégrafos tras la desamortización. Era habitual que las administraciones de Correos estuviesen situadas al lado o muy cerca de plazas. Esto se debía a que se necesitaba espacio para las diligencias y también a que entorno a la administración se congregaba mucha gente.

"Antes de que se inventase el sello, en 1850, el envío lo pagaba el destinatario cuando lo recogía. Todos los días se hacían unas listas con los nombres de los destinatarios, que se colgaban en la puerta de la administración. Si su nombre estaba allí, el interesado acudía a la ventanilla, a pie de calle, y reclamaba la carta. Lo normal era ponerse a leer en alto, por eso siempre había mucha gente alrededor de la oficina a la hora de llegada del correo ya que era una forma de enterarse de las noticias. También abundaban los escribanos, a quienes les dictaban las cartas aquellas personas que no sabían escribir", cuenta Antonio Aguilar, autor de la tesis Cartas y carteros.

De las estafetas a las estafetillas

En 1845 había una administración en Lugo de la que dependían las estafetas de Betanzos, Ferrol y Mondoñedo y las estafetillas de Monforte, Ribadeo, Sarria y Viveiro.
Carterías

Había carterías en Baamonde, Becerreá, Castroverde, Chantada, Doncos, Baralla, A Fonsagrada, Guitiriz, Meira, As Nogais, Portomarín, Palas, Quintela, Taboada y Vilalba.

 

El tren correo sustituyó a las diligencias al correr más y llevar más carga
La llegada del ferrocarril a Lugo, en 1875, supuso la desaparición de las diligencias y el nacimiento del tren correo, que incluía vagones con una administración ambulante y otros con pasajeros. El tren correo que llegaba a Lugo era el llamado Ambulante del Noroeste, que hacía inicialmente un trayecto de 831 kilómetros entre Madrid y A Coruña.

La aparición del tren correo supuso una solución para la cada vez mayor cantidad de correo que transportaban las diligencias, las cuales ya no daban abasto en la segunda mitad del siglo XIX. Esto se debía al aumento del volumen de la correspondencia, al sumarse los periódicos a los envíos tradicionales de cartas.

El servicio del transporte de correo en tren fue, inicialmente, gratuito. Una Real Orden del 31 de diciembre de 1844, que regulaba la creación de empresas de vías férreas, recogía que "las cartas y pliegos serán transportados gratuitamente por los convoyes ordinarios de la compañía en toda la extensión de la línea".

Los vagones que llevaban el correo eran oficinas en las que había un grupo de trabajadores llamados "ambulantes". Las condiciones de trabajo en esos vagones eran muy duras.

La Revista de Correos describía así, en 1883, el lugar de trabajo de los ambulantes. "El campo de batalla de las oficinas ambulantes no es extenso: se reduce a un vagón de seis a siete metros de largo por tres de ancho, en cuyo espacio es necesario luchar y vencer. Cada empleado de pie, delante de su mesa, y sacudido furiosamente por cada vaivén del vagón, abre los paquetes, y con incansable mano dirige la correspondencia, lanzándola rápidamente al casillero en que deba alojarse, atando y empaquetando de nuevo. En arco las piernas y buscando, a costa de violentos esfuerzos, el equilibrio a cada instante comprometido, cada uno trabaja con loca actividad".

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