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El antes y el después de Míchel

Miguel Ángel Iglesias, con la mujer que dio a luz y su bebé. EP
Miguel Ángel Iglesias, con la mujer que dio a luz y su bebé. EP

Lo acorraló el estrés cuando atendió él solo –como enfermero de la Guardia Civil– a 700 africanos rescatados en el mar, pero esto le cambió la vida. Ahora, Miguel Ángel Iglesias es finalista del premio de Enfermería en Desarrollo, junto con la enfermera Laura Mallada, por su trabajo de investigación y atención a 4.000 inmigrantes

NUNCA LE HABÍA tocado dar cuidados de enfermería a un recién nacido y a una parturienta pero, en aquel rescate en alta mar de 2015, logró sacar de algún lugar recóndito de su cerebro los conocimientos adquiridos durante la carrera para ponerlos rápidamente en práctica con aquella madre, que acababa de dar a luz en otro buque, y su pequeño.

Miguel Ángel Iglesias Blanco -el capitán Iglesias, en el cuartel de Lugo, donde es responsable de Enfermería- supo salir del embrollo y ofrecer a aquella mujer y su hijo la oportunidad de salir adelante tras un largo recorrido atravesando la mitad del continente africano y con varias millas de navegación en alta mar en una de esas barcas -algunas de ellas, hinchables- donde se hacinan, unos encima de otros, hasta un centenar de inmigrantes con la mirada puesta en Europa.

Miguel Ángel Iglesias también es militar y criminólogo. Asturiano y destinado en Lugo desde hace dos años, el capitán Iglesias comenzó con su faceta de voluntario con tan solo 8 años en la Cruz Roja. Más tarde, formó parte del Samur-Protección CIvil

«Fue uno de los momentos que más me impactó. Esta mujer era una de las niñas que habían sido secuestradas por Boko Haram en Nigeria y logró escapar. El hijo lo había tenido con su pareja, que se quedó en su país, y ella afrontó todo el viaje sola. Una matrona de Médicos sin Fronteras me explicó los cuidados que había que hacer los tres primeros días con el niño y también con la madre, a la que había que vigilar la involución del útero y que venía, además, con hipertensión. Tampoco teníamos máquinas en el barco para hacer el seguimiento del niño pero, afortunadamente, todo salió bien», cuenta Miguel Ángel Iglesias, más conocido como Míchel.

Esta asistencia fue una más de tantas que llevó a cabo el capitán Iglesias en alta mar, desde que, en 2014, comenzó a colaborar como voluntario en estas operaciones de Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, en las que participa la Guardia Civil. «Actuamos en buques oceánicos y hacemos control de fronteras por mar en África y el Mediterráneo español e italiano. Suelo ir una vez al año, durante 30 ó 40 días. Este verano estuve embarcado en la zona de Baleares, en agosto y septiembre, y encontramos pocos inmigrantes. Nada comparable con lo que vivimos en 2015 en Lampedusa, Sicilia, Cerdeña y Córcega, islas que ya no tenían sitio para más personas», dice Miguel Ángel Iglesias.

Aquellos recuerdos de sus primeras actuaciones en alta mar como enfermero de toda esta gente que era rescatada en pésimas condiciones los tendrá siempre guardados en su mente. A bordo del buque Río Segura, le tocó rescatar a ocho cadáveres del Mediterráneo pero también dio asistencia a 1.140 inmigrantes. «Era terrible ver los cadáveres pero también ver a la gente llegar y las condiciones físicas que traían. Hubo momentos muy dramáticos como, por ejemplo, un caso de un infarto, que conseguí salvar, o el de un hombre que no orinaba desde hacía más de veinticuatro horas y que tuvo que ser sondado. Muchos de ellos quedaban en el camino dado que el ciclo migratorio dura de seis a nueve meses y los que resisten son los más sanos», afirma.

El perfil de los inmigrantes atendidos por el capitán Iglesias tenía entre 20 y 45 años y eran, en su mayoría, hombres. En el caso de las mujeres, muchas de ellas viajaban solas y embarazadas y reconocían haber sido «multivioladas», aunque también había otras que venían con niños pequeños y con pareja. «El principal problema sanitario que traen los inmigrantes es la malnutrición, seguido por la sarna. En 2015, era el año del ébola y muchos escapaban de la enfermedad con la que también nos podíamos haber encontrado en el barco de rescate pero, en realidad, el riesgo era ínfimo porque si no, no habrían llegado a hacer la navegación», indica.

Otro problema de salud importante que presentaban especialmente las mujeres eran las quemaduras en piernas y nalgas, producidas por la reacción química, durante la navegación, de la sal marina con el gasoil de la barca. «Algunas traían unas heridas impresionantes que, si no se curaban, les producirían una sepsis y se morirían.

El capitán reconoce que, tras estas experiencias, «hay un Míchel de antes y de después». «Te humanizas más, te hace ver la vida de otra manera. Lo que está pasando en alta mar es una catástrofe real y si no haces bien el rescate, se mueren», insiste Miguel Ángel Iglesias.

«Rezaba para que no se muriesen»

Confiesa, con timidez, que es cristiano, pero que no esta de los que rezaban. Sin embargo, el día que se quedó con 700 inmigrantes a cargo el estrés pudo con él y reconoce que iba a rezar al camarote «para que no se muriese nadie».

«Afortunadamente, reseteaba rápido y volvía, pero la situación era dramática porque yo era el único enfermero en un equipo formado por veintitrés guardias civiles», recuerda.

Transmisiones
Además de la avalancha de inmigrantes, el capitán Iglesias se quedó sin transmisiones, lo que empeoraba todavía más la situación, ya que ello suponían no contar con el asesoramiento médico.

 

El antes y el después de Míchel
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