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CERTAMEN FOTOGRÁFICO

Cuadrillas para caza urbana

Eduardo Ochoa, en el laboratorio que tiene en su casa. XESÚS PONTE
Eduardo Ochoa, en el laboratorio que tiene en su casa. XESÚS PONTE
Eduardo Ochoa propuso la idea de un maratón fotográfico del campus un poco como se hacen esas cosas, por probar. El certamen cumple ahora 25 años, un período en el que la fotografía ha cambiado por completo: por primera vez, esta edición no se usará ni un carrete

El domingo 17, como en 25 ocasiones antes, decenas de aficionados saldrán a la calle a cazar. Tendrán que estar a la que salta, darse cierta prisa, inspirarse en el momento, pero también trabajar la imaginación y sacar todo el partido a la poca o mucha técnica que hayan aprendido. El hombre que los ha echado a la calle es Eduardo Ochoa, que hace un cuarto de siglo tomando un café le comentó al entonces vicerrector del campus de la USC en Lugo que sería interesante hacer un certamen de fotografía. Desde este año, uno de los premios lleva su nombre.

Eduardo admite que nunca imaginó una vida tan larga para unos premios en los que muy probablemente la clave del éxito está en la fórmula elegida. "Está pensada para gente joven, que es la que más participa. Inicialmente todos los participantes tenían que ser del campus, pero ahora está abierto a todo el mundo", dice. Sopesa la posibilidad de que la necesidad de la rapidez o de la agilidad contribuyan al éxito, pero cree que la principal es que los participantes se lo toman como una actividad colectiva, una forma de salir: quedan para hacer las fotos ese día, exactamente igual que el propio Eduardo hacía con sus amigos en sus años mozos. Son cuadrillas de caza urbana e inofensiva, por amor al arte.

Tuvo su primer contacto con la cámara a los 18, siendo un bachiller, cuando se apuntó a un curso de la Agrupación Fotográfica Lucense de Educación y Descanso, al que acudió con una cámara que le prestó su hermano. Lo impartían los fotógrafos de entonces: Morandeira, Roldán y Valcárcel, al que considera en su mentor.

Eduardo tuvo su primer contacto con la fotografía a los 18, cuando acudió a un curso con una cámara que le prestó su hermano

Era un curso práctico, en el que enseñaban a revelar y a sacar partido a la cámara. Al Eduardo joven le encandiló exactamente lo mismo que sigue maravillando a los chavales a los que imparte cursos: la magia del positivado, cómo en un papel aparentemente en blanco, aparece la imagen que has visto antes solo por sumergirla en líquido.

Eduardo entró en la agrupación y acudía puntualmente a las tertulias de los lunes; participaba en concursos y salía cada fin de semana a recorrer Galicia y hacer fotos. Tiraba de amigos y de novias para que fueran sus modelos. "A los que tienes cerca los machacas", dice, aunque reconoce que él también posó para muchos de ellos. Tiene una desproporcionada cantidad de fotos de su juventud precisamente por ese motivo.

Después de conseguir una plaza en el Instituto Nacional de Estadística, se compró su primera cámara, que aún conserva. "Fue una Fujica, que pagué a plazos, como se solía hacer entonces", cuenta.

Tras la muerte de Franco, la sección más joven de la agrupación fotográfica se escindió para crear Fonmiñá: querían nuevos temas, más apertura y otras exposiciones. Esa asociación se volvió más ambiciosa e internacional y en los 90 se fusionó con la agrupación. También se abrió a otras disciplinas como el cine, y mantiene viva la Semana Internacional de Cine.

La fotografía de Eduardo también fue cambiando con el tiempo y, si antes era más de captar el momento, más espontánea, ahora tiene más producción y un especial cuidado en la composición. También la mecánica se ha dado la vuelta como un calcetín y el maratón es un buen lugar para verlo. "Cuando empezamos se les daba a los participantes un carrete. Recuerdo las primeras veces que alguien decía que tenía una cámara digital. Este año ya no hay carretes", explica.

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