Corredor humanitario a Lugo

Los dos vecinos de Castroverde regresaron en buen estado con nueve refugiados ucranianos ▶ La solidaridad de los vecinos de Héctor y Paulo puso el mejor cierre a una aventura inolvidable
Héctor muestra a los refugiados el material donado por los vecinos de Castroverde. XESÚS PONTE
photo_camera Héctor muestra a los refugiados el material donado por los vecinos de Castroverde. XESÚS PONTE

Héctor y Paulo completaron el trazado de uno de los corredores humanitarios más improbables: Castroverde-Ucrania/ Ucrania-Castroverde. Tras cuatro días de viaje, estos héroes igual de improbables regresaron este domingo de la frontera con Ucrania con nueve refugiados que, huyendo de la guerra, hicieron parada en el desconcierto de la plaza de un pueblo expectante.

No hubo bandas de música, ni comitivas oficiales, ni algarabías. Unos cuantos vecinos y bastantes cámaras de televisión para dejar constancia del final de una aventura que comenzó como una locura y acabó como ejemplo de solidaridad humana.

Paulo Ribeiro y Héctor Pérez aparcaron a las cuatro de la tarde ante la casa consistorial de Castroverde los dos coches en los que habían viajado hasta la frontera entre Polonia y Ucrania, en Medyka, para ayudar a quien lo necesitase a cambio de nada. O de todo: sentirse bien consigo mismos.

"Cuando puse el intermitente para salir de la autovía en dirección Medyka", recordaba Héctor, "miedica era yo. Me entró mucho miedo, se me erizaron todos los pelos. Había algo que me decía: ‘¡No entres, peligro!’, pero tiramos para delante. Luego allí ya no teníamos miedo, malo será que atacasen allí habiendo solo civiles".

Héctor Pérez y Paulo Ribeiro posan con los nueve ucranianos que han traído desde Polonia SEBAS SENANDE
Héctor Pérez y Paulo Ribeiro posan con los nueve ucranianos que han traído desde Polonia SEBAS SENANDE

Su cara refleja el agotamiento de los 7.200 kilómetros de ida y vuelta, la noche sin dormir al volante y el desaseo de un viaje sin concesiones a sí mismo, pero es sin embargo la cara de un hombre satisfecho, orgulloso. Y aún le quedan ganas de broma: "Parezco Cristiano Ronaldo", le dice entre risas a su compañero de aventura cuando le rodean las cámaras y los micrófonos. Mientras responde a las preguntas de los periodistas, un niño chiquillo juguetea feliz a su alrededor para llamar su atención. Es el más joven de los nueve refugiados que han traído, entre ellos cuatro menores.

Llegada de refugiados de Ucrania a Castroverde XESÚS PONTE
Dos de los niños ucranianos, jugando en Castroverde XESÚS PONTE

Seis son miembros de la misma familia, a los que se sumaron una madre y su hija y un chaval de 16 años cuya madre trabaja de interna en una casa de A Coruña y que ayer recibía emocionada a su hijo en Castroverde. "Su padre", comentaba ella, "sigue en Ucrania, ayudando. Somos de una ciudad cerca de la frontera de Polonia. Hoy no nos afecta tanto el bombardeo, pero van poco a poco".

SUERTE. Pese a lo terrible de las circunstancias, aseguraba la mujer, su hijo "lo lleva bastante bien porque me tiene aquí a mí, no viene solo. Vino de vacaciones varias veces, aunque hace tiempo. Ahora viene con una familia que nos quiere un montón, tuvimos mucha suerte".

Cada quien ve la suerte a su manera. Justo en ese momento, la plaza del pueblo se iba llenado de vecinos que salían de la iglesia, de un cabodano. Unas horas antes, por la mañana, la Lotería había dejado 180.000 euros en Castroverde. Para ocho personas y sus familias, la suerte tendrá desde ahora el rostro de dos tipos de Lugo que no tienen el cuerpo para guerras: "Es una experiencia que va a quedar para mí y para mi familia durante mucho tiempo. Vi cosas que no se debieran ver ni contar. Se ve mucha pobreza, niños solos llorando por los padres... es jodido", confirma Paulo, un joven que llegó el jueves de trabajar, recibió la llamada de su amigo para ir al último lugar del mundo donde uno quisiera estar, cogió "una bolsita con una muda" y le dijo a su mujer que se iba. "La familia está preocupada, claro, pero está deseando que llegue a casa", sonríe Paulo, justo antes de decir, sin que nadie se lo pregunte, que "si tuviera dinero, lo volvería a hacer".

También Héctor, que además deberá pagar unas cuentas multas de los radares europeos, relata con la sonrisa inacabable de un hombre con la conciencia tranquila. "Si me lo pudiera permitir", prosigue, "volvería a hacerlo, pero tendré que ahorrar un mes. Un mesecito y el mes que viene no me importa volver. No sé lo que he gastado, pero da igual. Me pican las multas, pero lo demás no".

HASTA MADRID. La ucraniana que trabaja en A Coruña y su hijo recién recuperado se fueron pronto, pero para los demás el viaje todavía no había acabado. Ayer se quedaron a dormir en el albergue A Pociña de Muñíz, en el pueblo, y hoy Héctor y Paulo acompañarán a sus restantes compañeros en esta odisea de andar por casa hasta la estación de tren de Lugo, para que las dos familias tomen camino de Madrid, donde los esperan otros familiares.

Los refugiados, según detallaron, no quieren venir a España porque prefieren destinos más cercanos para regresar a Ucrania en cuanto puedan; si vienen es porque tienen a alguien aquí. Por ello, han creado un grupo de Whatsapp para poner en contacto a esas familias con los coches que van a salir desde toda España inspirados en Héctor y Paulo.

Como pueden, a base de gestos de traductor del móvil, intentan explicar a sus protegidas qué significa ese carro lleno de cajas de embalaje que acaban de aparcar junto a la plaza. Es ropa y calzado de todas las tallas, sobre todo para los niños, que los vecinos han donado en tiempo récord coordinados por una amiga. Las mujeres leen en el móvil y el estupor se renueva en sus rostros. Miran a los dos hombres como quien presencia algo muy improbable, quizás un milagro.