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LUCHA CONTRA EL MACHISMO

"Controlar las redes sociales de la pareja es el principio de la violencia"

Verónica Eirevella. VICTORIA RODRÍGUEZ
Verónica Eirevella. VICTORIA RODRÍGUEZ

Desde su despacho de la subdelegación del Gobierno, Verónica Eirevella (Lugo, 1977) trabaja a diario con cifras, pero también con las personas que las engrosan. conoce la dureza de la violencia de género y considera que atajarla pasa por "desmitificar" la idea del amor romántico y protector
 

Aunque todAvíA queda mucho camino por andar, paso a paso, la violencia de género va ganando terreno en la lista de prioridades de las administraciones públicas. La jefa de la Unidad contra la Violencia sobre la Mujer de la subdelegación del Gobierno en Lugo, Verónica Eiravella Barreira, es una de las personas que no escatima esfuerzos en esta lucha. Su trabajo permite avanzar en materia de prevención y aporta soluciones cuando se produce el daño.

¿Cuál es el primer paso que tiene que dar una mujer que quiere denunciar un maltrato?
Puede acudir a las fuerzas y cuerpos de seguridad, denunciar en el juzgado, ir a los CIM de los ayuntamientos o ponerse en contacto con alguna asociación de víctimas. Lo habitual es que la víctima acuda a la Policía o la Guardia Civil. Llegan desorientadas y es muy duro para ellas, ya que los agentes tienen que realizar una evaluación del riesgo y las someten a un cuestionario, pero es importante. Además, es fundamental que soliciten una orden de protección, ya que solo así pueden acceder a otras medidas sociales y económicas.

Hay quien piensa que algunas mujeres presentan denuncias falsas precisamente para acceder a esas ayudas...
La realidad no es esa. No todas las mujeres que denuncian tienen ayudas y la orden de protección la concede un juez. Argumentar eso es poner en duda todo un sistema judicial. El año pasado percibieron la renta activa de inserción 136 víctimas, muchas menos de las que denunciaron. Además, reciben una cuantía pequeña y a veces tardan meses en cobrar. De hecho, hay casos en los que la víctima vuelve con el agresor precisamente por la precaria situación económica en la que se queda, sobre todo cuando tiene hijos.

¿La realidad es que las denuncias falsas son un porcentaje ínfimo?
Sí. Y muchas veces se contabilizan como denuncias falsas casos en los que la víctima retira la denuncia o no quiere declarar. Y cuando no entran en prisión, parece que de cara a la sociedad quedan impunes, pero no es así. Las medidas provisionales van rápido, pero la Justicia va lenta, y es muy duro para una mujer tener que recordar una agresión dos o tres años después de vivirla. Son delitos muy peculiares porque la víctima tiene un vínculo afectivo con el agresor y en muchos casos presentan el síndrome de Estocolmo. Además, algunas se ven superadas por la situación, desaparecen del sistema y no quieren protección. El agresor es él, pero la que tiene que vivir con vigilancia policial es ella. Es complicado.

El agresor es él, pero la que tiene que vivir con vigilancia policial es ella. Es duro y algunas víctimas se ven superadas

Al menos, ¿las medidas de protección funcionan?
Aunque queda mucho por avanzar, bajó la intensidad de la violencia física porque las víctimas, y la sociedad, cortan antes esa situación. La gente empezó a entender la violencia machista con el caso de Ana Orantes, asesinada en 1997 tras contar su caso en televisión. Ahora, por lo general, cuando una víctima le cuenta a la gente que la rodea lo que está viviendo, le aconsejan que denuncie. Eso ya es un avance. Aunque siempre se puede mejorar, la ley funciona, y los sistemas de protección funcionan.

¿Son diferentes los comportamientos machistas entre los jóvenes o se repiten los patrones de conducta de las generaciones previas?
Ahora la juventud está mejor informada. En las generaciones de más edad, es un problema cultural. Las mujeres asumen que tienen que aguantar y cuidar al marido, y es muy difícil cambiar esa mentalidad. Además, en Lugo hay el problema de la dispersión poblacional y es muy difícil llegar a las víctimas en la zona rural, pero se están haciendo muchos esfuerzos para conseguirlo. Entre los jóvenes, el contexto social es diferente y la violencia suele empezar con el control de las redes sociales. El chico empieza pidiéndole fotos a su pareja para comprobar que está en casa o vigilando las horas a las que se conecta en las redes. Y esto es la antesala de la violencia física. El maltratador no empieza pegándole un tortazo el primer día que van al cine, sino que la va controlando y aislando poco a poco.

¿Qué papel juega la educación en la lucha contra esta lacra?
La educación es un pilar fundamental para desmontar 2.000 años de patriarcado, aunque llevará su tiempo. Actualmente, a través del plan director, damos charlas en colegios e institutos y se puso en marcha un cuentacuentos para niños de infantil y primaria, que se titula ‘Enamorados’. Los niños van contando lo que es para ellos el amor y al final llegamos a una conclusión muy sencilla: querer es de todo, menos pegar. Hay que desmitificar la idea del amor romántico y protector.

Y los cursos de reeducación para maltratadores, ¿dan resultado?
Por lo general, los maltratadores son reacios a realizarlos y solo acceden si lo ordena el juez. La mayoría sigue pensando que no hizo nada malo y todavía es habitual escuchar frases como: ‘me condenaron porque la jueza era mujer’, o ‘ella me provocó’. Desde 20007, que se recogen estadísticas, en Lugo se contabilizaron 310 autores con más de una víctima, lo que revela que urge un cambio de mentalidad.
 

"Controlar las redes sociales de la pareja es el principio de la...
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