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"Cando eu era cativo tiñamos ata escola na aldea; hoxe só estou eu"

Severino Viguín.
Severino Viguín.
Manuel López, Manuel Gómez, Amalia Fernández y Lino Pernas son los únicos habitantes de sus aldeas de residencia

Manuel López Núñez vive solo en una aldea donde acaba una de las carreteras del municipio de Navia de Suarna. Para llegar allí, primero hay que subir mucho, y luego bajar un buen trecho. Por ese motivo, "non lle fago ao carteiro vir ata aquí", indica. Y tampoco al panadero. Fronteras significativas de lo que queda al margen de lo diario.

Manuel López volvió a su aldea natal hace dos años, después de un largo periplo que lo llevó a recorrer algunos de los destinos de la segunda emigración gallega: Suiza y Barcelona. Se fue de allí "á idade de irse", los 16 años, movido por ese dramático imperativo que despobló —y continúa haciéndolo— las zonas más deprimidas de Galicia. Pero al volver, el lugar ya era otro.

vecino de navia

De las dieciséis casas habitadas que había en su aldea, hoy la de Manuel López Núñez es la única habitada. "E ademais, cada casa tiña moitos pequenos, co cal éramos preto de 50 veciños na aldea", indica. Tanto era así que esta contaba con su propia escuela, al final de aldea, un edificio que hoy está en ruinas.

Sin embargo, algunas de las casas de la aldea se ven cuidadas. Son las de los vecinos que siguen apegados a ellas, y que cuando el trabajo se lo permite se acercan desde sus lugares de residencia, Madrid o Barcelona. Otras se caen, sin que nadie sostenga su peso.

"O que nos falta na aldea é alumeado público, aínda que só sexa unha luz. E tamén asfaltar parte da rúa que a atravesa, pois un dos veciños, cando volve no verán, ten que deixar o coche lonxe e levar as cousas cargando, xa que o vehículo non pode pasar por aí", indica.

Caminos que se desvanecen, como la aldea entre la niebla, pero que es necesario recordar, perfilar, cuando hay vecinos que los siguen transitando. "Levamos moito tempo pedindo isto e non hai resposta", lamenta.

"Que axudaran máis a xente a vivir aquí, e seguro que así non tiñan que gastar tanto nos incendios", añade. Así la soledad duele más, cuando no se cuida a quien tantas cosas cuida con su presencia. Cuando se percibe claramente la frontera de lo que queda al margen.

Manuel Gómez: "Agora ten que facer un só o que antes faciamos entre todos os veciños"

Nadie en Navia de Suarna lo conoce como Manuel Gómez. No; el ya lleva el nombre del pueblo. Puede hacerlo. Desde hace cuatro años es el único habitante de una aldea abrigada por Os Ancares; desde que murieron su padre y una vecina, y el marido de esta se trasladó a una residencia. Otros marcharon a Ponferrada, para trabajar en la mina de Rubiais. Otros, a Madrid. De las cinco casas del lugar, solo la suya tiene vida. "Habitadas estaban todas cando eu era mozo", indica. Y también en pie la palloza más grande de la parroquia, en la que nació, y de la que hoy no queda rastro. "De feito, axudei eu a tirala cando o aire lle comezou a quitar o teito. E pasounos un caso curioso. Había un hórreo diante da palloza, e un señor ‘encargouse’ del, atándolle un pé ao tractor. Pois marchou co pé polo camiño abaixo e o hórreo quedou dereito, con tres pés", cuenta.

Vecino de navia

También resistente, Manuel se merece el nombre de su pueblo, aunque aquí se esquive. Y el nombre que guarda todas las cosas que lo rodean, "pois aquí todo ten nome". Aunque hay días largos, siempre hay trabajo que hacer, en la propia explotación, preparando las tierras o las colmenas, aunque ahora no tenga muchas, tras el incendio que arrasó 60 y otras diez que se llevó un oso. Cuando acaba la jornada, se junta con algún vecino en la cantina de Rao. "Alí haberá 16 habitantes, pero pecharon moitas casas nos últimos anos. O normal é que nun matrimonio, cando un morre, o outro marche. Isto está lonxe dos médicos. Polo día hai garda en Navia, pero pola noite temos unha hora ata Becerreá, e hora e media a Lugo", indica.

Tal vez sea esa situación la que Manuel más tema. Otra no. "Eu tampouco che son de medo", indica. "Pero fácil non é", engade. Por iso lamenta situaciones que no sucederían si fuesen más vecinos. Como la vez que perdió a un ternero en un parto por no poder disponer de un veterinario en una hora. Como las carreteras llenas de árboles, a veces sin ni siquiera poder llamar para que los retiren, por no haber teléfono. En esas situaciones, la unión de fuerzas es crucial, y a veces se da. "Pero agora ten que facer un só o que antes faciamos entre todos", indica. E falta "ter con quen falar nos días longos, coma hoxe", añade.

Amalia Fernández Casares: "Mentres me valla por min mesma non teño pensado marchar da miña casa"

Amalia Fernández Casares tiene 76 años y es pura fortaleza física y mental. Desde hace siete años es la única habitante de una pequeña aldea de Sober, en la Ribeira Sacra, pero acepta esa realidad con resignación y tranquilidad.

En el pueblo de Amalia había tres casas, pero cuando ella nació ya solo estaba ocupada la de su familia. En esa vivienda creció con la única compañía de sus padres, ya que no tuvo hermanos. Después se casó y tuvo tres hijos. Hace 21 años murió su marido. Años después fallecieron sus padres y sus tres hijos se fueron a trabajar a Vigo y Valencia, así que Amalia se quedó sola o "medio sola", matiza, "porque a diario teño a compañía dos tres cans, vexo algún veciño que pasa para a aldea que hai máis abaixo e as fins de semana sempre vén algún fillo verme", asegura.

vecina de sober

El caso es que Amalia se apaña sola con todo. Conduce su propio coche y sale un par de veces a la semana, tiene huerta, una pequeña viña, un rebaño de ovejas y cuece el pan en casa. "Entretida estou", bromea esta incansable trabajadora. De hecho, el día de esta entrevista Amalia había estado cortando leña por la mañana y después dispuso la comida de mediodía. "Os fillos tráenme peixe e carne cando veñen. O pan xa o fago na casa e coa horta non me falta de comer", valora.

El año pasado se rompió una pierna cuando estaba en la huerta. Dio un mal paso y se cayó. Afortunadamente, ese día su hija y su nieta estaban en casa y la llevaron pronto al hospital, "pero aínda así vin como puiden dende a horta ata a casa", porque desde la vivienda no la escuchaban gritar. Durante la recuperación siempre estuvo acompañada por alguno de sus hijos, pero una vez repuesta cada uno tuvo que retomar sus obligaciones. "E eu seguín ao meu. Mentres me valla non me vou de aquí", sentencia.

Esta mujer, que no aparenta la edad que tiene, es feliz con su vida, solo se le tuerce el gesto cuando se le pregunta si tiene miedo de estar sola. "Nunca o tiven, pero coas cousas que pasan agora, si". Se refiere a los casos de los que informó la prensa sobre asaltos y ataques a mayores en sus viviendas.

Lino Pernas: "O meu can dáme moita compaña, porque hai días que non falo con ninguén"

Ourol es el concello mariñano con más aldeas abandonadas, una situación a la que es complicado darle la vuelta porque son pocos los jóvenes que optan por quedarse en el rural. "A xuventude non o ten fácil porque non hai traballo, aínda que algúns tampouco o queren", dice Lino Pernas Penabad, un vecino de Ourol que reside solo desde que falleció su mujer hace 13 años. Esta situación se torna en única porque Lino tiene 94 años y se maneja a la perfección. "Teño as rodas un pouco pinchadas, pero polo demais...", cuenta con gracia.

Tiene las piernas delicadas, que no le impiden salir a pasear cada día en compañía de su inseparable perro Cuque. "Dáme moita compaña, aínda que pareza que non, porque non teño con quen falar", dice. Y es que hay días que no cruza palabra con nadie, pues los coches del supermercado y de la panadería pasan un par de veces a la semana; aunque en ocasiones patrullan por allí guardias civiles de Viveiro, que en días como el pasado jueves, aprovechando la vigilancia de carreteras por la nieve, se acercan a hacerle una visita, cosa que Lino agradece pues es un gran conversador.

vecino de Ourol

"Da doutrina de antes seina toda, punto por punto, e a de agora tamén a vou sabendo", porque es amigo, dice, de escuchar la radio y la televisión. "Teño de todo, ata víde", explica, mientras asevera sin género de dudas que "antes pasabámolo mellor do que o pasan hoxe". La culpa se la echa a los coches. "Desde que os houbo, un para arriba e outro para abaixo; en cambio, antes en canto viñan as noites longas xuntabámonos os veciños nas casas e había días en que faciamos ata festa, cun acordeonista e un violinista", dice.

Son recuerdos felices que se intercalan con otros más duros, como el tener que dejar pronto la escuela para ayudar a la familia, pues "fun o maior de sete irmáns e o que valía para alindar as vacas". No quería ese futuro para su hijo, al que consiguió dar "máis escola", para lo que estuvo emigrado tres años en Suiza.

Su vástago reside en Ferrol y lo visita a menudo, "é o meu taxista", dice, pero Lino tiene claro que "mentres me defenda non me vou daquí, porque na súa casa vive un ao seu aire".

"Cando eu era cativo tiñamos ata escola na aldea; hoxe só estou eu"
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