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Arquitecta del calzado

La lucense Catuxa Fernández Viñas acaba de ser distinguida con el premio Nacional de Artesanía junto a su socio Ignacio Aldanondo ► Nueva York es el principal destino de los zapatos que fabrica íntegramente a mano. Tarda en hacer un par entre 50 y 100 horas

Hace tres años Catuxa Fernández Viñas (Lugo, 1979) y su socio, el maño Ignacio Aldanondo, cerraban en Barcelona su despacho de arquitectura y se ponían manos a la obra para ganarse la vida como artesanos del calzado. Cambiaban las escuadras y compases por las cuchillas y los martillos de remendón para hacer zapatos a la vieja usanza, pero con un diseño innovador.

Esa arriesgada apuesta les está yendo bien. Eso sí, "con muchos vaivenes porque en este tipo de empresas de artesanía conviven épocas buenas con otras de carestía", según reconoce.

"Este premios nos da pie a hablar de los problemas de los artesanos para poner en valor nuestro trabajo y productos"

El mes pasado, su empresa, aldanondoyfdez, era reconocida con el Premio Nacional de Artesanía, en la categoría de emprendimiento. La arquitecta lucense recibía la distinción en Madrid de manos de la entonces ministra en funciones de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto.

Era el primer galardón al que optaban desde que cambiaron de oficio y cayó de su lado. Ahora sus miras están puestas en otro premio, pero internacional. El mes que viene se falla el Loewe de artesanía, convocado por la casa de moda española de lujo que pertenece al hólding francés LVMH.

Catuxa Fernández explica que ese premio supone, a nivel personal, "un reconocimiento" y, a nivel empresarial, además de un empujón para promocionar sus artículos en el mercado nacional, les ayuda a que les "den pie a hablar de las dificultades de los artesanos para poner en valor su trabajo y sus productos".

"Nos ayuda a que no desaparezcan oficios y a seguir formando a artesanos para que sobrevivan", añade esta emprendedora, que además de trabajar en su taller, junto a su socio, imparte clases de patronaje, diseño de calzado, creación... en varias escuelas de moda de Barcelona y Valencia.

MERCADO INTERNACIONAL. Su labor es puramente artesanal. Fabricar a mano un par de zapatos les lleva entre "50 y 100 horas", según explica Catuxa Fernández. En un mes, sin otras dedicaciones, elaboran solo una decena. Trabajan a pedido y venden online. Su precio, "entre 500 y 900 euros", según advierte, es el principal inconveniente para hacerse un hueco en el mercado español. Su principal demanda procede de Nueva York. Hasta el punto de que se plantean en un futuro no muy lejano intentar tener presencia con una tienda física en la ciudad de los rascacielos estadounidense.

"El precio es caro para los clientes de aquí, pero es barato por el cálculo empresarial del producto", precisa esta emprendedora lucense, que apunta que "el boca oreja" es su principal medio de promoción.

Ofrecen zapatos unisex en piel, desde mocasines hasta botines. También han hecho sus pinitos con tejidos naturales, como lino, de la mano de su colaboradora de Allariz (Ourense) Isabel Rodríguez.

"Ni seguimos tendencias, ni modas, ni estaciones del año porque tardamos entre uno y dos meses en entregar el producto. Ni queremos, ni podemos", dice.

CATARSIS. Catuxa Fernández, que estudió hasta los 18 años en el colegio Fingoi de Lugo, con el que tiene lazos familiares, cursó su titulación en Pamplona, en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra, en donde conoció a su socio. En 2005 abrieron un estudio en Barcelona, que funcionó durante 12 años.

"Le tengo que agradecer a la crisis que nos ayudó a tomar la decisión, si no habría seguido con la arquitectura"

Aunque la de arquitecto es una de las principales profesiones damnificadas por la crisis del ladrillo, no fue ese su caso. Seguían teniendo demanda de trabajo. Pero esa recesión tuvo un efecto catártico en ellos. Decidieron cerrar su despacho y enfrascarse en el oficio de zapatero.

Se formaron con dos maestros artesanos en la ciudad condal. Fue Ignacio Aldanondo el que empujó en esa reinvención profesional a Catuxa Fernández, dada su pasión por la moda, en general, y por el calzado, en particular, pues es coleccionista de zapatos.

"Aunque teníamos encargos, la calidad del trabajo empeoró. Le tengo que agradecer a la crisis que nos ayudó a tomar la decisión. Si no fuera por ella habría seguido como arquitecta", asegura esta emprendedora lucense, que destacó de su nuevo oficio que les permite "controlar la calidad del producto".

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