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Un año en el fortín de As Gándaras

Usuarios de la residencia de As Gándaras. XESÚS PONTE
Usuarios de la residencia de As Gándaras. XESÚS PONTE
Con 180 usuarios, es la mayor residencia de la provincia. Ha concentrado muchas miradas durante meses al tener verdadera capacidad de desestabilizar la presión hospitalaria en caso de sufrir un brote. Acabado el periodo de inmunización sin casos entre los residentes, estos lo celebran, pero con precaución

Una residencia con 180 usuarios y 120 trabajadores (140 incluyendo a los de refuerzo) tiene una gestión compleja en un año cualquiera, pero de absoluto encaje de bolillos en un año pandémico. El temor a un brote lo ha impregnado todo y ha obligado a protocolos estrictos. Javier Vázquez, su director desde el pasado mes de julio, reconoce que han sido "meses durísimos, de muchísimo estrés", en el que hay que tener en cuenta mil cosas a la vez y adaptarse con rapidez a las circunstancias.

Por ejemplo, al aislamiento de plantas enteras cuando apareció alguno de los siete casos de trabajadores que tuvieron covid y que no provocaron contagio alguno entre los residentes. También a consumir casi 400 mascarillas al día, a turnos estrictos de comedor, a vestir a las visitas con Epi completo, a tomar muestras de PCR, a hacer antígenos aleatorios...Y a mantener el ánimo y la moral, a ayudar a que no cundiera la desazón. "La plantilla ha actuado con entrega y profesionalidad, pero los héroes son los usuarios, con su forma estoica de llevar esta situación ", dice Vázquez, que destaca la labor de su antecesora, Reyes González. A finales de enero todos los usuarios habían recibido la segunda dosis de la vacuna y, pasados ya diez días, se encuentran ya inmunizados. Vázquez respira más aliviado estos días y los residentes, "ven la luz al final del túnel", asegura.

"Por Navidad noté mucho la nostalgia, pero aquí seguimos"

Usuaria de la residencia de As Gándaras. XESÚS PONTE

Carmen Ares vive desde noviembre de 2019 en As Gándaras, donde antes visitaba a un hermano suyo, ya fallecido, con mucha frecuencia. Tiene cinco hijos y sus visitas son lo que más añora de la vida anterior, cuando ellos entraban y ella salía con toda normalidad. No es que las visitas estén completamente prohibidas, sino que con el actual nivel de riesgo solo se permite una de media hora a la semana, siempre de la misma persona. "Yo pensaba, si se apunta uno, se quedan los otros fuera, y a quién dejo... Además, ahora con las videoconferencias los veo a todos y eso es lo que quiero", explica.

Como para tantos, el comienzo de la pandemia fue el momento más duro, el de las dudas y la incertidumbre. "Al principio nos afectó, notas que todo el mundo está un poco más triste, que falta algo", admite. Ha seguido habiendo momentos de cierto bajón —"por Navidad noté mucho la nostalgia, pero ya pasó y aquí seguirmos"— pero, en general, le parece que ella y el resto de residentes encaran esto con ánimo.

Como siempre ha sido, y la pandemia no ha cambiado, la rutina de Carmen incluye una mañana llena de actividades. Gimnasia, taller de memoria, bingo... sale de una y se mete en otra, no se las pierde. Ese brío y la práctica, de vez en cuando, de cierta desconexión informativa le han ayudado a llevar estos meses con ánimo. "Me gusta estar informada pero a veces sí que dejaba de ver las noticias. Y pasaban unos días y parecía que me olvidaba de todo eso", dice.

Su percepción de la situación ha ido variando. "Claro que tenía miedo porque de los bronquios estoy bastante perdida. Ahora ya no es lo mismo, no tengo miedo pero sí un respeto muy grande", admite.

Carmen coincide con el resto de entrevistados en reconocer cierto alivio por la llegada de las vacunas pero un espíritu todavía muy precavido, de un pelín de alerta y de no dejarse llevar por la total relajación. Puede que esté inmunizada pero no baja la guardia. "Hay que seguir teniendo cuidado. Hablo con mis hijos y ellos me dicen que no me apure, que la cosa fuera está todavía muy mal", apunta Carmen.

"Sufro por el mundo, pero no tengo miedo por mí"

Usuaria de la residencia de As Gándaras. XESÚS PONTE

A Manuela Sabín, de 95 años y residente en As Gándaras, la pandemia no le ha cambiado mucho la vida. Sale a pasear por el jardín; para ella, una de las grandes ventajas del centro. Era algo que ya hacía porque necesita andador y hace tiempo que no puede animarse con grandes distancias.

Las mañanas las tiene "muy entretenidas", con un despertador que suena a las siete y media y un calendario de actividades a partir de ese momento. "Sigo haciendo más o menos lo mismo. Es cierto que ves a la gente a veces un poco triste y echo de menos ver a mis sobrinos, claro", reconoce.

Mucho se ha insistido en el temor de los usuarios de las residencias, en la tensión de una vida en suspenso y en la angustia que puede sentir un grupo de población para quien un año, este y no otro, es especialmente importante. Sin embargo, como el resto de los que participan en este reportaje y muy probablemente ayudados por la ausencia de brotes en su centro, Manuela no tiene miedo. "Miedo no. Sufro por el mundo pero yo no tengo miedo por mí, ya tengo muchos años de regalo. De un virus u otro, todos nos tenemos que marchar", explica.

Para cuando llegaron las vacunas, Manuela no tenía claro qué pensar de ellas. "No tenía ni ganas de ponérmela ni ganas de quedarme sin ella. No me convencía del todo pero fui de las primeras en anotarme porque los profesionales saben más que nosotros", dice.

Sigue las noticias a diario y le gusta saber cómo van las cosas fuera. "Les digo a mis sobrinos que se cuiden mucho, que eso es lo que hay que hacer ahora", dice. Además de las reuniones con ellos, hay otra cosa que le gustaría que se recuperara al menor atisbo de normalidad: las misas. "Es que llevamos un año sin una misa aquí y, en la del domingo, se reunía mucha gente, entre 80 y 100 personas. Yo echaba una mano con la sacristía", explica.

"Aunque la vacuna nos proteja aún podemos contagiar"

Usuario de la residencia de As Gándaras. XESÚS PONTE

Manuel Sánchez Ubeira, de 92 años y residente desde hace más de dos en As Gándaras. se fue hace a los 18 años de As Neves (Pontevedra) a Buenos Aires, volvió a los 70 y no conserva ni pizca de acento argentino. "Cuando voy allí lo recupero", explica.

Dice que es una persona "tranquila ", a la que no afectan "las cosas anormales" como este año pandémico. Su rutina sigue intacta y discurre entre la gimnasia, el descanso y las partidas de cartas con los amigos, que no perdona ni mañana ni tarde por las risas que se echa "aunque pierda", aclara. Lamentó no poder ir en agosto a su pueblo natal, donde cada año se reúne con sus hermanos, todos en distintos puntos de España, pero lo asume con total resignación. "Eso a cualquiera le duele, pero así hubo que hacerlo", explica.

Ante el coronavirus cero temor. "El miedo no conozco lo que es, nunca he tenido miedo en la vida. Lo que hay que hacer es adaptarse a las circunstancias. Yo siempre he pensado que en la víspera no nos morimos ninguno, que todos nos morimos justo el día que nos toca", asegura.

Manuel fue uno de los primeros en apuntarse para recibir la vacuna. Está contento de haber cumplido ya con el período de inmunización, pero precauciones, aún todas. "Aunque nos proteja, nosotros todavía podemos pasar el virus a otra persona", recuerda este veterano.

Le encantaría otro verano de reunión fraternal en As Neves, pero no le da vueltas. "Cuando se pueda, claro, pero yo no pienso en el futuro, vivo en el momento", dice Manuel.

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