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Una pelea amistosa

Mi concepto de la lucha era que se trataba de un deporte de brutos. Ahora no opino así: yo misma hice lucha ¡y todavía no lo creo!

no me veo yo peleándome con alguien. A decir verdad, nunca le pegué a nadie y si lo hiciese, estoy segura que llevaría las de perder porque ni tengo fuerza, ni arte. Pero, miren ustedes por dónde, ya puedo decir que el otro día me enfrenté a un jovenzuelo de 18 años y 112 kilos de peso. Y no solo eso: conseguí tirarlo al suelo. (Por supuesto, se dejó, el bueno del chaval).

Así fue mi clase de lucha. De lucha grecorromana. Me puse en plan de gladiadora y me dirigí al Pazo dos Deportes, donde la federación entrena en un local que también se usa como ludoteca. Me gustó la decoración (con colorines y dibujitos) y me gustó el ambiente: compartí clase con un grupo de cinco chavalotes y el entrenador, Pablo Pintos.

Me presento al entrenamiento de lucha de la peor forma que se puede ir: con faldas y botas. Lo cierto es que tampoco me imaginaba que me harían entrar en faena de esa manera. «¡Venga, todos para la colchoneta, que vamos a calentar!», gritaba el entrenador, con una sonrisa cómplice, mientras me miraba.

Evidentemente, me quité las botas pero, también evidentemente, me quedé con la falda. No había otra salida, así que -créanlo o no- me tocó hacer gimnasia con falda larga.

Los ejercicios fueron suaves: algo de trote y, sobre todo, estiramientos. La verdad es que me vinieron muy bien, dado el escaso o nulo ejercicio físico que hago a diario por falta de tiempo, ojo, no por falta de ganas. Rotación de muñecas, de hombros, de cadera, de cuello; flexiones, giros... y el cuerpo entra en calor, que es lo que se pretende.

Tras los cinco o diez minutos de rigor para no coger ninguna fibra muscular atravesada, Pablo nos coloca por parejas. A mí me toca con Gabriel, un chavalín que tendrá en torno a los 16 años y más en forma que una servidora pero, todo hay que decirlo, es el que mejor encaja con mi envergadura porque los demás... superan los 100 kilos.

Pablo me explica la técnica de la lucha a grandes rasgos: «Os ponéis frente a frente, coges a tu rival por los codos, luego por un brazo, lo giras, lo agarras por las muñecas (por la parte de dentro) y, una vez que esté de espaldas, le das un golpe en la parte trasera de las rodillas. Así, bien cogido, ya cae por inercia y ya derribaste a tu contrincante».

Me cuesta recordar todos los pasos, aunque es muy sencillo. Esto es algo parecido a cuando te enseñan los pasos de un baile y ves que el profesor no se equivoca nunca y tú, en cambio, no sabes en qué paso estás. Pues, más o menos, así fue. A cámara lenta, fui girando a Gabriel, lo puse de espaldas, le di el golpe mágico en la parte trasera de las rodillas y, sí, lo derribé.

¡No vean qué subida de adrenalina! Visto lo visto, Pablo me coloca frente a Nicolás López Gredilla. Tiene 18 años y pesa 112 kilos. Todo un campeón de España que quiere revalidar el título. Pero, para que vean, como el que no quiere la cosa, también lo derribé. En fin, ya me entienden, se dejó derribar porque solo girarle la muñeca ya me resultaba imposible (¡no conseguía ni agarrarla con una sola mano!).

No es para menos. Nicolás se está preparando para ser, una vez más, campeón de España en lucha grecorromana. Se pasa la semana, de lunes a jueves, en el Centro de Tecnificación Deportiva de Pontevedra, una institución en la que cursan estudios, en régimen de internado, los mejores deportistas de Galicia de forma que puedan compaginar sus horas diarias de entrenamiento con sus estudios de ESO y BAC.

Nicolás conoció la lucha grecorromana en los Franciscanos. Antes, hizo kárate y jugó al fútbol y al balonmano, pero nada que ver con la lucha. «Un día me dijo el profesor de Gimnasia: tú eres como un diamante en bruto y hay que pulirte». El chico se quedó con estas palabras y, cuando está sobre el tapiz, todavía siguen sonando en sus adentros como si de un mantra se tratase.

«La lucha es un deporte que te engancha. O te gusta mucho o no te gusta nada. A mí me hace olvidarme de todo. Me ayuda a descargar, tanto cuando tengo exámenes o si discuto con alguien. Cuando estoy sobre el tapiz, soy yo y la lucha. Y quiero llegar lo más lejos posible. Si puede ser, a las olimpiadas», razona.

En casa, sus padres lo apoyan, pero su abuela teme un mal golpe. «Nunca me pasó nada. Solo sufrí una tendinitis en un hombro y un esguince en la rodilla. Es más fácil lesionarse en el fútbol que en la lucha. Aquí, aprendes a caerte y a derribar y también algo importante: a respetar al rival», afirma.

Aunque no lo parezca, la lucha no es tan dura como el kárate. En la lucha, no se golpea, ni se luxa. «La lucha es una pelea de agarres y de derribos, no golpeas al rival. Te lastimas mucho antes con una persona que no tiene ni idea que con una que te haga volar por los aires», cuenta Nicolás, al que todo el mundo le llama ‘Gredi’.

Este chico eligió la especialidad de lucha grecorromana. La otra alternativa sería la lucha libre. «Yo me vi más cómodo con la técnica de brazos y no me gustaba tanto entrar en las piernas; por eso opté por la lucha grecorromana», dice.

‘Gredi’ es campeón de España junior y fue también bronce en esta categoría y en senior. Su vida está marcada por la lucha, a la que se entrega en cuerpo y alma y que se le da mejor que estudiar.

Nicolás es un encanto y su carácter no tiene nada que ver con las actitudes chulescas de los americanos que se subían al ring en aquel programa de televisión que hacía furor entre los niños hace cinco o seis años. ¿Se acuerdan? ¡Cuántas veces les apagué yo la tele pensando en que se iban a convertir en unos «salvajes» como ellos!

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