Un radiólogo de Lugo vincula las alucinaciones de Chopin con la epilepsia

Manuel Vázquez Caruncho, entre libros. XESÚS PONTE
photo_camera Manuel Vázquez Caruncho, entre libros. XESÚS PONTE

Podría decirse que es la deformación profesional lo que ha llevado a Manuel Vázquez Caruncho, radiólogo del Lucus Augusti y confeso «enfermo de la música», al diagnóstico de una enfermedad de Chopin 162 años después de su muerte. «No puedo evitar ser médico y leyendo una biografía fue cuando se me ocurrió que podía tener epilepsia», explica sobre el germen del estudio publicado en ‘Medical Humanities’, que ha provocado interés en medio mundo.

Con esa idea rondándole se sumió en la lectura de otras biografías y cartas del que está considerado como prototipo del compositor romántico, así como de su amante, la escritora George Sand. Descubrió que las alucinaciones no eran un episodio aislado, sino que se mantuvieron a lo largo de su vida, y que no encajaban con otras enfermedades, como la esquizofrenia, cuyos enfermos también las padecen. «Las de la esquizofrenia duran días y suelen ser auditivas, las de Chopin eran de corta duración y visuales», dice.

El propio músico describió en cartas, por ejemplo en una a la hija de Sand, como se vio obligado a interrumpir un concierto porque veía salir del piano unas criaturas, muy similares a las que había visto tiempo atrás en una visita a la cartuja de Valldemossa (Mallorca). También su amante describe sucesos similares. En otra misiva, revela uno de los síntomas más típicos de la epilepsia del lóbulo temporal: la llamada sensación de ‘jamás visto’. «La persona se siente ajeno a lo que le rodea, no sabe dónde está», apunta.

En realidad, Vázquez Caruncho ha usado para su conclusión los mismos elementos que se usan hoy para el diagnóstico de la epilepsia: la descripción de los ataques por parte del afectado y por parte de los que le rodean. Chopin podría ser tratado si viviera en la actualidad, pero en vida jamás podría haber sido diagnosticado. La primera descripción de la epilepsia lobotemporal data de 1861, doce años después de su muerte.

La conclusión del radiólogo se plasmó hace unos tres años en un artículo y fue revisado por el neurólogo Francisco Brañas. Coincidiendo con el bicentenario del nacimiento del compositor, el facultativo decidió enviarlo para su publicación, sin suerte inicial en las revistas Lancet o British Medical Journal. Finalmente fue Medical Humanities, del mismo grupo que la segunda, la que lo hizo, causando un notorio revuelo que ha dejado atónito a su autor.

No es la primera vez que se atreve con un diagnóstico tan diferido en el tiempo. Hace años, durante una época volcado en lecturas sobre Beethoven, otro de sus favoritos, llegó a la conclusión de que sufrió una intoxicación por plomo. Desde el dolor abdominal hasta la sordera que tanto atormentó al compositor alemán, todo encajaba, pese a lo que no se planteó escribir artículo alguno al respecto. Años después, Russell Martin publicó ‘El cabello de Beethoven’, un libro que reconstruye la vida y, especialmente, la muerte del artista tras el análisis de su pelo, que certificó la intoxicación por plomo.

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