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Recuerdos entre virutas y serrín

Francisco Vázquez es Paco, el carpintero de A Milagrosa. A ese oficio se dedicó cuando mediada la década de los cincuenta abrió un pequeño taller en el bajo de la casa que sus padres habían construido en el barrio unos pocos años antes.

La carpintería de Paco es hoy punto de encuentro y lugar de tertulia para muchos vecinos de A Milagrosa. A lo largo del día, el pequeño local se convierte en un continuo desfilar de personajes, a los que Francisco Vázquez, conocido por todos como Paco el carpintero, recibe con mirada vivaz y sonrisa pilla.

Hace un tiempo que Paco dejó de trabajar, pero aún hoy, a sus 78 años, se enfunda diariamente su mono azul para perderse entre virutas y tacos de madera. «É necesario ter a cabeza entretida», dice. Pero sea o no para mantener ese equilibrio mental que todos necesitamos, a Paco se le ve feliz en ese taller al que dedicó la mayor parte de su vida.

Resulta por lo tanto de justicia, referirse a esta carpintería como el que, probablemente, sea el negocio más antiguo de A Milagrosa. Y es que los años han convertido a este pequeño taller en un privilegiado testigo del nacimiento y la evolución de un barrio, en el que Paco es una de sus figuras más representativas.

Este carpintero llegó al barrio desde «a outra beira do río», siendo tan joven que todavía no sabía que su vida iba a girar entorno a la madera. Eran los primeros años de la década de los 50. Enfrente a su casa todavía se podía ver el acueducto romano «que nunca se debeu perder», que llevaba el agua hasta casi el Campo Castillo.

La necesidad de contribuir a la economía de la casa hizo que empezara a trabajar como mozo de recados en la Droguería Sanal, pero pronto alguien le aconsejó que aprendiese un oficio. Paco así lo hizo y empezó a trabajar en el taller de Pacífico Abelairas López.

«Na miña vida tiven a sorte de atoparme con xente que sempre me deu bos consellos», cuenta Paco, sin darle importancia al mérito de haber sabido seguirlos. Por eso también se apuntó en su día a clases de dibujo. «Neste oficio é moi importante saber debuxar. Non se me daba mal, aínda que sempre botei en falta estar máis preparado. Aínda así as medidas e o sistema métrico dábaseme ben».

Después de cumplir el servicio militar, en el año 1956, abrió su propio taller. Hacía todo tipo de arreglos y chapuzas, que le permitían ganar esos tres duros semanales (unos 9 céntimos de euro), que resultaban indispensables para la economía familiar.

La mente de Paco es una gran base de datos, en la que se archivan fechas y nombres. En su vida hubo momentos especialmente duros, como la muerte de su hermano Manolo, en trágicas circunstancias, y otros más felices, como el día de su boda con Carmen, «o día 10 de novembro de 1957 ás once e media da mañá».

Con ella tuvo diez hijos, ocho mujeres y dos hombres, por lo que no extraña que Paco se tome lo de la crisis actual como un poco a broma. «Antes se vivía mal porque había moita necesidade, non había cartos para nada. Sempre fun moi esclavo», sentencia.

«Con traballo e honradez sempre se sae adiante, aínda que non te fagas rico» y esa máxima es la que siguió Paco, el carpintero, a lo largo de toda su vida.

Con el paso de los años, su taller fue ganando en actividad. Empezó a hacer muebles, dormitorios, mesillas. El boca a boca funcionaba y la gente «parecía contenta co traballo que lles facía».

Aún así, siempre fue un hombre que trabajó solo, sin empleados, porque nunca quiso «quitarlle a pel» a nadie.

Sobre su barrio, Paco está orgulloso porque sigue siendo un lugar de gente «obreira e traballadora». Él lo vio crecer y siempre recuerda que todos estaban dispuestos a echar una mano cuando era necesario. «Pasaba nas festas da Milagrosa que, aínda que eran organizadas por xente humilde, lograron rivalizar co mesmo San Froilán».

Así es Paco, un hombre tan noble como la madera que labra con sus manos y sin cuya historia -como la de otros vecinos de A Milagrosa- la realidad de este barrio no sería la misma.

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