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Ramón Ferreiro se convierte en la milla de oro de los manteros

(Foto: <a href='https://twitter.com/aditous'>ADITOUS</a>
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San Froilán 2013

«ME QUEDO CON este puesto», le digo a un grupo de senagelases que custodia un pequeño tramo de la Avenida de Ramón Ferreiro.

«¿Lo quieres de verdad?», me responde uno de ellos, para luego aclararme: «Es mío, te lo vendo por mil euros».

Esta conversación se podría tomar a broma si tenemos en cuenta que hablamos de un espacio de seis por tres metros, sin licencia municipal y en una ciudad donde se advierte a la entrada que está prohibida la venta ambulante. Pero la negociación sí que podría ser bastante lógica porque la parcela en cuestión se ubica en la que se ha convertido en la milla de oro de los manteros de toda España en San Froilán y donde la permisividad policial y municipal permite instalarse sin permisos.

Y es que tras media mañana hablando con vendedores subsaharianos, magrebíes y sudamericanos pude concluir que quienes llegaron a última hora a la ciudad habían pagado una media de trescientos euros por un puesto, aunque aquellos situados en la zona cero de esta Avenida de Senagal, el tramo entre Pintor Corredoira y Marina Española, se llegaron a cotizar a 750 euros, que es el precio que pagó un mantero senegalés en la reventa por un puesto de seis metros que antes había sido alquilado por 500.

Hay también quien asegura que no paga nada, como un marroquí ubicado junto a la Fonte do Rei, aunque admite que venderá mucho menos porque, dice, «por aquí no pasa nadie».

Comida, cama y oración, todo en el puesto

Un hombre repasa su Corán de bolsillo mientras un compañero a su lado termina de colocar el tenderete que en los próximos días será su puesto de trabajo, comedor y habitación.

Los vendedores son los protagonistas del mercadillo, pero también han surgido otros negocios en este poblado urbano que se monta en torno al recinto ferial durante el San Froilán. Como los puestos donde se prepara la comida y el café, que luego se reparten por los puestos, o las peluqueras que hacen trenzas a vendedores y visitantes. El problema es que estos restaurantes callejeros, instalados junto a la vieja cárcel y en el patio de la cerrada discoteca de Pintor Corredoira, no cumplen las mínimas condiciones higiénicas.

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