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Qué difícil es hacerse mayor

En los años 80, Manuel, tan viejo como el siglo, pasaba las horas invernales sentado tras la mesa de mármol de su cocina, con los pies y la espalda pegados al tiro para absorber el calor que su cuerpo iba perdiendo y embobado ante una caja en la que no dejaban de suceder cosas. A su hijo, cuando llegaba de trabajar, le contaba las novedades del día. «Andiveron a tiros aí uns tipos, non quedou un vivo», decía espantado.

A mediodía se le ponían los ojos muy abiertos y una sonrisa algo bobalicona que dejaba a la vista un diente pícaro que había resistido, el único, en la encía inferior. A esa hora salía una morena de voz suave a la que seguía con arrobamiento, encantado de que se dirigiera a él. Cuando decía «hasta mañana, los esperamos aquí a la misma hora», él asentía con la cabeza y prometía que sí, que allí estaría si dios le dejaba.

A Manuel la televisión lo pilló demasiado mayor para entender bien de qué iba la cosa. Entró tarde en su casa y hasta que no empezaron a fallarle las piernas y el cuerpo le pedía ya que se quedara sobre el tiro de la cocina, en aquella caja no había nada que le interesara. Su vida estaba fuera de la casa, en su huerta, con su animales, con los vecinos... Pero cuando obligadamente empezó a quedarse a solas con el aparato, descubrió un mundo extraño que lo sorprendía siempre. Le preocupaba que aquellos seres diminutos lo vieran cabecear y quedarse dormido cuando el calor lo hipnotizaba. Le producía desasosiego el síndrome del gran hermano, sin saber qué demonios era eso.

Él, que había vivido dos guerras -la Civil y la de África-, no llegó a conocer los capítulos siguientes de evolución tecnológica. No pudo, por ejemplo, conectar con los hijos establecidos en Sudamérica a través de una videoconferencia. Quizás los hubiera confundido con los presentadores del telediario. Cuando ellos se fueron, las cartas tardaban semanas en llegar y las conferencias telefónicas eran caras y complicadas. Al principio había que ir a la centralita del pueblo, a varios kilómetros de su casa.

A su edad, ya había visto bastantes cambios increíbles: los coches, los tractores, las lavadoras..., y todo eso lo fue asimilando, sobre todo significaban menos trabajo. Pero la caja sobrepasaba su capacidad de comprensión. Existía, eso era evidente, pero no entendía cómo era posible.

Como él, cada vez más gente llega a cumplir noventa y hasta cien años, y la tecnología, que durante muchos años les ha ido haciendo la vida más fácil hasta límites que les habrían resultado inimaginables cuando eran jóvenes, ahora los desconcierta, cuando no los amenaza o los invalida. Hasta el teléfono, ese viejo conocido, se ha vuelto contra ellos y se ha convertido en una puerta a estafadores, que prometen premios jugosísimos que luego se convierten en una factura de pesadilla. Y le han salido teclas imposibles, almohadillas y asteriscos que sabe dios dónde se esconden. De un tiempo a esta parte se han convertido en un artilugio del demonio.

Y saben, además, que hay un mundo paralelo que discurre a su lado sin que logren verlo, ni mucho menos entenderlo, como un río oculto, del que ya se han automarginado y que les dice a cada rato que esta vez sí, han perdido el tren. Oyen hablar a sus hijos, a sus nietos, en la televisión, pero es un misterio más inexplicable que la Santísima Trinidad. Se llama internet, y ahí, parece ser, está todo, pero cualquiera se mete. Han sobrevivido a guerras, pero la tecnología los ha vencido.

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