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Pasos de cebra de pintura invisible

los atropellos en los pasos de cebra, ya sea por despiste o por exceso de velocidad, son una lacra, un goteo incesante de incidentes que conviene frenar. La conducción acelerada, siempre asociada a las prisas, ese mal que nos atosiga, trae estas tristes consecuencias. A este problema se une la costumbre que tienen muchos automovilistas en esta ciudad de obviar la preferencia peatonal. Si comparamos la situación con la de hace veinte años, cuando nadie respetaba esta señalización horizontal, se puede decir que hemos mejorado muchísimo, pero, si nos atenemos a las prácticas cotidianas y a las estadísticas, el mal sigue ahí. Por suerte, los viandantes no se fían y son los suficientemente sensatos como para esperar la reacción de los conductores, que a veces no respetan ni los carritos de bebés.

No estaría de más que la Policía Local, si es que el trabajo no le desborda, desarrollase una campaña de concienciación, primero con un objetivo preventivo e informativo y, en una segunda fase, con sanciones. Quizá en vez de multas se podría de castigar a los infractores con la asistencia a cursos de reciclaje obligatorios para que refresquen la memoria sobre ciertas normas de urbanidad al volante. En esa misma campaña también convendría apercibir a los peatones que irrumpen en la calzada a su libre albedrío, fuera de las zonas establecidas.

Junto a esta medida se hace necesario un estudio pormenorizado de algunos casos puntuales. Como conductor, siempre me veo obligado a extremar la precaución en los pasos peatonales de la Avenida de Madrid y en San Roque, en las cercanías de la Fonte do Rei, donde muchas veces no ves salir a los peatones hacia la calzada por culpa de los vehículos aparcados. En otros casos, existe la mala costumbre de colocar los contenedores al lado del paso de cebra. Otros puntos que merecen un estudio especial son los pasos cercanos a los centros escolares.

Para el peatón, y también para el conductor, el caso más surrealista y complicado es el cruce de las calles Mar Cantábrico, Mazaira, Santo Graal y Manuel María, en el barrio de A Piringalla. Cualquier dirigente con sentido común construiría una rotonda para deshacer semejante galimatías.

El problema real es que cuando un peatón se pone al volante deja de pensar como tal, modifica su juicio y circula por el casco urbano sin encomendarse a Dios, ni a las señales de tráfico, ni a unos pasos de cebra cuya pintura se le antoja invisible. Ojalá el gobierno local se sensibilice y nos sensibilice para mejorar la situación, algo que depende más de la voluntad política que de la disponibilidad económica.

Pasos de cebra de pintura invisible
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