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O Garañón contra la arquitectura

CUANDO en 1992 dirigí con mis compañeros Eduardo Herráez y José L. Arias la reforma de las cuestas del Parque de Rosalía de Castro (entonces muy abandonadas) el proyecto y la obra se convirtieron en objeto de polémica en una ciudad donde todavía eran muy escasas las intervenciones urbanas. La polémica alentada por los Verdes se basaba en el exceso de cemento y hormigón utilizados y en que se eliminaban algunos árboles. Es cierto que, desde la distancia, paseando por ese espacio verde tan privilegiado de la ciudad, podríamos dar parte de la razón a los críticos en algunos aspectos respecto a algún muro de hormigón y algún mirador de excesiva presencia. Pero la reforma de esta ladera verde, antesala del Parque Rosalía, era indispensable entonces para una mayor valoración de este estupendo espacio urbano ajardinado.

Pero Lugo parece empeñado en no asomarse nunca al balcón natural que esa atalaya le permite. El mirador que remata la avenida García Portela ha permanecido incomprensiblemente abandonado desde entonces, siendo utilizado como aparcamiento y ocupado temporalmente por las atracciones de San Froilán. Un lugar privilegiado, con la mejor
perspectiva aérea del río Miño y su entorno natural, ha sido sistemáticamente relegado por distintos gobiernos municipales a la condición de solar abandonado. Parece la parábola de la ciudad que se mira el ombligo con demasiada frecuencia sin dirigir apenas la vista hacia el horizonte.

Desde la distancia, aquellos tiempos de polémica y aquellas historias se nos antojan inocentes. Quitar o poner un arbolito, construir un muro para una fuente o un pequeño mirador suponía una pequeña y sana batalla en los medios.

Contrasta todo esto con las escasas cartas al periódico y la ausencia de declaraciones (excepto honrosas excepciones como la Asociación para la Defensa do Parque) ante lo que se nos ha venido encima, empequeñeciendo cualquier actuación urbanística en Lugo , incluyendo la brutal construcción de Carrefour al lado mismo del río Miño. Pero en la calle, el ciudadano sorprendido habla y no para de las torres de O Garañón que al lado mismo de las cuestas de Parque se levantan altivas como dos grandes y torpes megaformas construidas que agreden a la razón y a la inteligencia mientras esperan impacientes a su otra hermana gemela, concebida ya pero todavía sin ver la luz.

Las torres de O Garañón destrozan las vistas que contempló Ramiro Saiz en 1921 cuando trazó los planos del Parque de Rosalía rematándolo con la privilegiada esquina del mirador y la pérgola de las glicinias. Saiz creó allí un punto de tensión urbana donde ciudad y naturaleza se funden en un espectáculo paisajístico que debe ser patrimonio intocable de todos.

Plan del Parque

Me pregunto que pasará por la cabeza de Cesar Portela, arquitecto (y premio Nacional de Arquitectura) encargado del actual plan director del Parque, cuando al asomarse de nuevo a ese mirador vea cómo una inmensa pantalla construida altera radicalmente el carácter del espacio verde que le han encargado proteger, cercenando vistas y enrareciendo el aire limpio que hasta ahora se respiraba.

Las torres de O Garañón alteran además las vistas lejanas de la cornisa de la ciudad, la línea del cielo tan citada por urbanistas y literatos y que tantas veces define el espíritu de una urbe cuando nos aproximamos a ella.

Todos los responsables de este gran fiasco deberían haber pensado que para llegar a unos determinados fines hay diferentes caminos, unos que bordean la lógica de las cosas y otros que conducen al sinsentido más absoluto.

Cualquier arquitecto sensible, cualquier promotor prudente, cualquier político consecuente debería haber optado por una solución que, aunque especulativa, fuese menos dañina para
su propio futuro y el de todos los ciudadanos. Colonizar sin ruido, no como elefante en una cacharrería.

Todos los conceptos que día a día manejan los que nos representan han sido aquí despreciados. Ni adaptación al terreno, ni respeto al entorno, ni integración en el paisaje, ni escala moderada, ni sostenibilidad...

Como arquitectos siempre pensamos en el proyecto ideal: una casa frente al mar en un acantilado del Cantábrico, un pequeño refugio en la espesura del bosque de O Caurel... un conjunto de viviendas en una ladera bien orientada al sur con el hermoso Miño allá abajo, cuyas aguas reverberan entre un paisaje de suaves lomas verdes en el horizonte: el proyecto de O Garañón, por ejemplo. La Arquitectura tiene respuestas lógicas para resolver problemas tan apasionantes y complejos: pocas alturas y adaptación a la pendiente para crear una nueva y discreta topografía artificial, edificaciones escalonadas y aterrazadas, cubiertas ecológicas ajardinadas de bajo mantenimiento y mimetizadas con el entorno, alguna elevación puntual bien localizada (¿por qué no? ). Unas viviendas ejemplares en una ubicación única, un sueño para habitar sin herir sensibilidades.

Escribo estas líneas como ciudadano afectado pero también como arquitecto afectado, porque O Garañón daña aún más a una profesión demasiado contaminada por el dinero y los intereses comerciales. Pero no confundamos, las torres de O Garañón, omnipresentes como una pesadilla urbana que se percibe desde todos los lugares y a todas horas, están tan lejos de la lógica de la Arquitectura como una vulgar hamburguesa del concepto de gastronomía. Pertenecen al campo de la «construcción basura», que produce colesterol de base cementosa y mala salud espiritual.

Solución

Le Corbusier dijo que el propósito de la construcción es que las cosas se sostengan y el de la Arquitectura, conmovernos. Adivinamos con tristeza que las torres de O Garañón se sostendrán en pie por muchos años e incluso siglos si antes la Justicia no lo remedia. Por eso pido desde aquí a todos los responsables (políticos, promotores y arquitectos) ante la magnífica oportunidad que brinda la paralización judicial de las obras una nueva reflexión sobre la herida profunda que causarán a esta ciudad con su actitud totalmente irresponsable. Demolición y vías de compensación si hubiese lugar, y compromiso de todas las administraciones son los conceptos a manejar para que todos ellos no pasen a la historia como tristes protagonistas de uno de los episodios más oscuros de esta bimilenaria
ciudad. 

O Garañón contra la arquitectura
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