''Nos gustaría vivir juntos, pero tener hijos no''

mírenlos. No tienen reparo en darse un beso ante las cámaras y no es que carezcan de pudor, es que ese sentimiento que comparten desde hace unos seis años es tan inocente como el de dos niños que juegan a enamorarse. Mónica tiene 34 años. Él, David, veintiuno más, 55. Se declaran novios y, como tales, comparten regalos y salen de paseo.

Por ejemplo, ella le regaló a él tres anillos y una cadena. David, a cambio, le compró a Mónica una minicadena para la habitación.

Se miran, entrelazan las manos y contestan, nerviosos. Viven en el «colegio» de Aspnais, dicen, la residencia que tiene esta asociación de discapacitados psíquicos. Mónica trabaja en el taller de jardinería. David, en otro taller: es carpintero. El encorsetado horario les deja poco tiempo para estar juntos pero aun así, hay tiempo para el amor.

Su noviazgo transcurre en el patio, a donde salen a caminar, y en algún bar de la zona, a donde van los fines de semana a tomar el aperitivo. Nada más. Pero no se aburren.

«Yo me fijé en ella cuando trabajaba en el taller de carpintería. Estaba esperando a que dejara el otro novio que tenía para pedirle que saliera conmigo», confiesa David.

«Yo me enamoré de él en el primer momento en que lo vi. Tuve muchos novios, pero ninguno como él. Me gusta estar con él», replica Mónica.

A cualquiera de los dos les gustaría vivir juntos, en pareja. De hijos... prefieren no hablar. «Se está mejor sin ellos», apostilla ella.

Los padres de Mónica no ponen pegas a la relación. David no tiene a quien preguntar. «Mis padres son: la presidenta [Conchita Teijeiro], el director [Manuel Fernández] y el cura de San Roque», dice.

En Aspnais, no son la única pareja. Hay cinco o seis más. Se forman noviazgos con frecuencia, que también se rompen con la misma frecuencia. Éste dura ya seis años. Se miran y sonríen. Enseñan un corazón de plata, el de San Valentín.

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