No te puedes ir de aquí sin verlo

Turistas, en pleno descubrimiento (Foto: Pepe Álvez)
photo_camera Turistas, en pleno descubrimiento (Foto: Pepe Álvez)

De vez en cuando trato de hacer ejercicios de eso que se da en llamar tomar distancia y mirar esta ciudad nuestra con ojos de foráneo. No es fácil, no nos engañemos, enfrentarse a los mismos adoquines que ves cada mañana como si fuera la primera vez que los pisas.

Me dedico a semejante actividad cuando leo sobre el turismo o más bien sobre la ausencia del mismo, que es de lo que se quejan hosteleros, comerciantes y hasta administraciones (por separado, eso sí) verano tras verano y puente tras puente. La lectura es idéntica casi siempre: vienen pocos turistas, los que vienen se quedan poco tiempo, los que se quedan gastan poco dinero. Un panorama desolador que no por ello sirve como elemento disuasorio para acabar de una vez con todas las zarandajas sobre si es competencia de unos u otros liderar el futuro del sector o, lo que es, si cabe, un pensamiento menos resolutivo aún: quién tiene la culpa de que esto no funcione.

No descubro nada si digo que nos vendemos fatal. No lo digo como experta en turismo, lo digo como turista ocasional que he sido y soy. Pienso en la cantidad de veces que he recorrido caminos polvorientos bajo el sol, me he subido en medios de transporte lamentables, he pagado cantidades vergonzosas de dinero por comer algo de lo que lo mejor que se puede decir es que no me causó gastroenteritis o me he perdido en lugares un tanto inhóspitos por ver un determinado monumento. Pienso en la decepción que muchas veces acabé sintiendo al verlo al fin y en lo cateta que me vi al haberme tragado las recomendaciones de una guía, un reportaje, una campaña de publicidad bien orquestada, que me convenció (a mí y a otros muchos) de que no me podía ir de ese sitio sin ver eso en concreto.

Pero pienso también en lo contrario. En el enorme placer del descubrimiento, en el asombro boquiabierto que llega cuando, en un lugar cualquiera, se te aparece un paisaje, una casa, un monumento que sí, al fin, hace que un viaje bien merezca la pena. Son esos lugares de los que está hecho el bocaoreja y esas preguntas incrédulas de ¿pero cómo es que esto no se conoce más?

Pues eso mismo se está preguntando el extranjero que hay en mí cuando, en pleno ejercicio extracorpóreo, ve la muralla. Mil representantes de mil administraciones han repetido hasta el empacho que hay que poner en valor nuestro monumento más emblemático y, sin embargo, seguimos igual, con semejante construcción pasando desapercibida para tantos y tantos y con las mismas quejas de unos y otros acerca de la escasez de turistas.

Como entiendo que la idea de los que aspiran a lograr algún beneficio del turismo no es la de proporcionar la experiencia de sobrecogerse ante un monumento inesperado, supongo que es de recibo emprender una campaña seria y verdaderamente innovadora acerca de lo que Lugo tiene que ofrecer. Con innovadora quiero decir que vaya más allá de lo que hasta ahora se ha venido haciendo y de lo que parece que se nos viene encima con esos planes estratégicos que hacen revelaciones tan sobrecogedoras como la de que Lugo tiene recursos paisajísticos que podrían resultar atractivos. Benditos planes estratégicos, tan llenos de información reveladora.

Para la siguiente campaña dejaremos la conveniencia de hablar algún idioma extranjero cuando se ha de tratar con turistas.

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