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Matrícula y especialización, asignaturas pendientes

Atrás quedan los tiempos de las aulas superpobladas, de los míticos 10.000 estudiantes en Lugo alquilando pisos, comprando víveres, vaciando botellas o fotocopiando como locos. Eso es pasado aquí y en la mayoría de los campus universitarios españoles, y la cuestión es ¿supone realmente una mala noticia? Lo es, desde luego, para empresarios y propietarios de viviendas en el entorno del campus, pero ¿para el conjunto de la sociedad también? No olvidemos que en esas aulas repletas se ganó la universidad su fama de ‘fábrica de parados’ y se enterró la esperanza de muchos de conseguir, ya no un buen sueldo, sino un trabajo a través de un título.

Ahora, en parte como consecuencia de esas decepciones, y en parte por razones demográficas, las aulas se vacían a la vez que el dinero escasea, y la combinación promete desencadenar cambios. Una de las condiciones más determinantes para el campus es la que vincula la supervivencia de las carreras al número de alumnos. A partir del curso 2015-2016, la Xunta de Galicia exigirá un mínimo de cincuenta nuevas matrículas al año en los campus centrales y 45 en los periféricos, caso del lucense. Las titulaciones que no cumplan tendrán que ser revisadas y, en último término, podrían desaparecer. Habrá excepciones, dicen, aunque no está muy claro cuáles.

Con las carreras universitarias sucede en Galicia lo mismo que con los aeropuertos, ya se ha dicho muchas veces. Las decisiones no se guiaron por criterios racionales, sino por demandas locales. A finales de los ochenta y en los noventa había alumnos suficientes para llenar los colegios, institutos y facultades que hicieran falta, así que de una universidad salieron tres y los antiguos colegios universitarios dieron paso a facultades completas. Aunque a diferencia de lo que pasó con los aeropuertos, en la educación superior durante algún tiempo sí hubo clientes para todos. Pero todo acaba, y lo que fue una máquina de conseguir votos y un modo de estudiar sin salir de casa es ahora un derroche.

La Xunta de Galicia consideró que el paso al Espacio Europeo de Educación Superior -más conocido como plan Bolonia- era un buen momento para poner sensatez en este mapa, ya que había que dar el visto bueno de nuevo a las carreras. Insistentemente se dijo que se iba a aprovechar esta circunstancia para purgar el sistema de duplicidades y procurar que cada campus tuviera una línea clara de especialización. El sistema se ha adaptado a trancas y barrancas, y las duplicidades, las muy tercas, sobrevivieron. Las circunstancias serán otras, pero los intereses perviven y más difícil que negar algo nuevo es retirar lo que se ha consolidado.

La mayoría de las carreras, independientemente de su tasa de éxito, se envolvieron en el celofán de Bolonia y siguieron adelante. Algunas, las menos, se reemplazaron por otras con intención de hacerlas más atractivas al posible estudiantado. Alguno de estos cambios parece haber acertado, otros prolongan la agonía del título que las precedió. Hay que tener en cuenta que las universidades rara vez, o nunca, pueden hacer borrón y cuenta nueva, sino que el diseño de títulos está condicionado, sobre todo, por las plantillas docentes.

Sin embargo, decir que solo van a contar los alumnos sería simplificar demasiado. La especialización se considera también un plus porque los campus temáticos parecen el futuro. Es por eso que la Universidad de Santiago quiere convertir Lugo en el Campus Terra, para que las titulaciones y líneas de investigación de los distintos centros giren en torno al territorio. Así se espera darle visibilidad como un todo, atraer financiación y alumnado. Lo que ya existe se meterá en ese molde, y si se hacen cambios, el plan, caso de fructificar, marcará el camino.

Así las cosas, la situación del campus es cualquier cosa menos simple. Se da la paradoja de que muchas de las carreras que escapan a la tiranía del número de matrícula son las que hay duplicadas -léase Educación Infantil, Educación Primaria, Enfermería, Enxeñaría Civil o Administración de Empresas-. Tienen éxito, pero pueden asumir alumnos hasta un límite porque se les ha puesto techo a las plazas para evitar errores del pasado.

Para rizar el rizo, sucede que las complicaciones se ceban en algunas de las carreras que marcan la idiosincrasia del campus -en esa orientación hacia el territorio, el sector agropecuario cobra protagonismo-, aunque no son exclusivas: por ejemplo, los grados en Ingeniería Forestal, Ingeniería Agrícola o Ingeniería de las Industrias Agroalimentarias, tres de las titulaciones que acoge la Escola Politécnica, que llegó a ser el centro con más alumnos del campus. Si se valora, como se dice, la vinculación de los estudios con el entorno económico y social, no hay otra provincia gallega en que estas carreras tengan más sentido. Además, quizás los estudiantes lleguen a cuentagotas a las aulas, pero existen grupos de investigación consolidados, además de complejas y completas instalaciones.

Hay otras titulaciones con problemas que son víctimas de su condición de periféricas, o al menos así se aprecia desde aquí. Es el caso de Procesos Químicos Industriales. Su antecesora era la única carrera en la Universidad de Santiago que habilitaba para ejercer como ingeniero técnico industrial, una ventaja que el anterior gobierno universitario otorgó también al grado en Ingeniería Química compostelano cuando se hizo la transformación a Bolonia. La competencia no vino de fuera, sino que en la casa común se menospreciaron los derechos ‘históricos’ de Lugo y su mayor vulnerabilidad. Ahora la titulación compostelana se llena, y la lucense se desangra.

La facultad de Humanidades sigue luchando para mantenerse en Lugo, que siempre ha sido algo hostil a su oferta. Han apostado por la exclusividad con Ciencias da Cultura, pero sin frutos aún.

Relacións Laborais, que no alcanza el mínimo por los pelos, es un ejemplo de cómo ha cambiado el panorama universitario. Se creó en esa época pretérita de bonanza por el empeño de la Diputación, la CEL y la Cámara de Comercio, a la que se sumó la USC, integradas en la fundación Campus. Las cifras de alumnado y las aportaciones de los patronos le permitieron salir adelante, pero el año pasado tuvo que reorganizarse -la plantilla entró a formar parte del patronato a cambio de bajarse el sueldo- para poder cuadrar cuentas. Depende, más que ninguna otra, de la matrícula, porque es su principal fuente de ingresos.

La caída de alumnado ha llevado a las universidades públicas a poner en marcha recursos de captación de estudiantes que hace años eran casi exclusivos de las privadas: ferias de titulaciones, divulgación en las etapas medias, vídeos, redes sociales... El alumno se cotiza hoy más que nunca porque las aulas vacías no tienen sentido, aunque pocos le ven ventajas ya a verlas masificadas. Se abren, además, otros caminos, poco explorados, como la formación continua y a distancia, un sector creciente en un sistema que exige una actualización constante de conocimientos. Quizás la universidad sea lenta, pero no es estática, y en sus varios siglos de existencia se ha ido amoldando a realidades muy diversas, aunque probablemente nunca antes los cambios se produjeron a tanta velocidad.

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