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Los cerdos de la ciudad

ES TRISTE, por injusta, la reputación que acompaña a los gorrinos. Por desconocimiento de sus hábitos, habitualmente se asocia su comportamiento con glotonería y suciedad. Sin embargo, en contra de esa creencia popular, son unos animales bastante inteligentes y muy limpios. Es evidente que les gusta mucho zampar. Además, hay quien dice que disfrutan más si lo hacen en grupo, porque son unas bestias bastante sociables. Ahora bien, entre sus costumbres no figura la de restregarse contra su propia mierda. Ocurre que muchas veces no les queda más remedio. Somos los humanos los que los confinamos a espacios reducidos en los que apenas pueden moverse. Viven encerrados con la expectativa de no llegar nunca a viejos. Bien alimentados, eso sí, para acabar llenando los congeladores y despensas de sus dueños. Del cerdo, hasta los andares, dice el refranero.

Al contrario de lo que mucha gente piensa, si tienen espacio suficiente, los cerdos no acostumbran a defecar en el mismo lugar en el que comen o reposan. Por otra parte, su hábito de revolcarse en el lodo, por el que se han ganado su inmerecida fama de puercos, tiene más que ver con su higiene. Como son incapaces de sudar, se revuelven en el barro para mantener baja su temperatura corporal. Además, así es como eliminan parásitos que se alojan sobre su piel y la protegen de quemaduras provocadas por los rayos solares. Más o menos lo mismo que hace el personal cuando se embadurna de crema para no acabar calcinado en un día de playa cualquiera. Bichos listos.

Aclarados esos aspectos de la vida marrana, parece improcedente comparar la conducta de estos animales con el comportamiento de algunos puercos de dos patas. La última y más sonora guarrada de la que tenemos noticia es la costumbre de algún bípedo de orinar en la sauna de la piscina cubierta de Frigsa. El Ayuntamiento asegura que se ha visto en la obligación de sustituir por quinta vez una parrilla de esas instalaciones. Determinados usuarios la usan como bacinilla para evacuar aguas menores. En un espacio cerrado de forma casi hermética, y con esa temperatura, el olor tiene que ser realmente asqueroso. Parecido a la fragancia que exudan el pavimento y las paredes de algunas calles de copas después de las noches de juerga. A fin de cuentas, hay vías públicas en Lugo que se convierten cada semana en auténticos urinarios al aire libre. Cuando los vecinos salen a la calle por la mañana, además de aguantar ese perfume insoportable, tienen que ir esquivando las vomitonas de los que no supieron dejar de empinar el codo a tiempo.

Lo sucedido en estas instalaciones municipales es una auténtica cerdada, una muestra más de conductas carentes de la más elemental urbanidad. El prototipo de la falta de respeto que exhiben algunos hacia los demás y hacia lo que es de todos. Lo triste es que esa asquerosidad es solo un ejemplo. Hay muchos más. Resulta especialmente desagradable percibir cómo a pocos centímetros de tus pies se estrella contra el suelo la flema que otro prójimo acaba de escupir en plena acera. También el olor sospechoso, a intestino grueso, que nos llega a veces en un ascensor atestado de gente. O la humedad con que la carga el ambiente la tos de las personas que estornudan con la boca abierta, sin el más mínimo cuidado. El catarro no era suyo, les tocó en suerte. Mejor compartirlo con el resto de la humanidad, pensarán.

Es molesto, por otra parte, caminar por cualquier calle de la ciudad, incluso por todo un monumento Patrimonio de la Humanidad, con la obligación de ir atento al suelo. En cualquier acera o en el mismo adarve de la muralla podemos meter el pie en las generosas deposiciones que dejan algunos perros. Muchos propietarios no se molestan en utilizar una bolsita para recoger el pastel de su mascota. La culpa no es de los chuchos. Como animales que son, carecen de la supuesta inteligencia, educación y modales de sus dueños. Son los cerdos de ciudad los que deberían avergonzarse de su incívico comportamiento. Por marranetes.

Cosas que duelen más que otras

El gobierno madrileño tuvo que envainársela y parar la privatización de seis hospitales. También aquí la gente se echó a la calle para rechazar el copago sanitario y en Lugo, concretamente, para exigir servicios pendientes en el Hula. El resultado de las manifestaciones, de momento, no ha sido el mismo. Queda por ver los motivos por lo que claudicó el PP madrileño. Por las protestas, los reveses judiciales o las encuestas que avisan de una posible pérdida de la mayoría absoluta. Posiblemente por lo último. Lo que duele, duele.

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