La rabieta del cliente aislado

Rato y sus contratos, fuente de disgustos para muchos. Foto: EPL
photo_camera Rato y sus contratos, fuente de disgustos para muchos. Foto: EPL

No somos nada. He oído esa frase mil veces en los velatorios, pero a mí en realidad me viene a la cabeza cada vez que me veo en el papel de cliente desprotegida. Y es un papel muy frecuente en este mundo en el que la liberalización, según tantas teorías, iba a hacer que todo funcionara mejor.

Una de mis últimas rabietas de cliente me la pillé el día que me enteré de que Rato, ya caído al fin en desgracia en Caja Madrid, era fichado -con un sueldazo, por supuesto- en un banco en el que tengo una cuenta. Me pillé tal cabreo que me presenté en una oficina de la entidad en Lugo a exigir la anulación de un contrato que tenía con ellos. No lo conseguí.

Me atendió una chavalita joven, disfrazada de ejecutiva, que esbozó una sonrisa al escuchar mis pretensiones y prometió que haría lo que le estaba pidiendo, eso sí con un tono de voz que indicaba que ni por lo más remoto iba a hacer lo que la cliente le pedía.

Por supuesto, no atendió la orden que había dado sobre mis propios intereses. Ni siquiera se molestó a llamarme por ese asunto. Curioso, porque sí que llaman en los momentos más inoportunos, para hacer propuestas de esas que nadie sensato está dispuesto a atender de un banco vía telefónica. Seguramente, tampoco por otra vía. Yo empiezo a pensar que hacen esas llamadas solo para molestar, para demostrarte que te pueden fastidiar en cualquier sitio y a cualquier hora. No sé si hasta elegirán gestores nefastos también para demostrar al cliente que le pueden fastidiar cuando les venga en gana.

Después de aquella rabieta, ayer tuve un momento de frotarme las manos cuando leí que el banco se cepillaba a Rato. ¡Al fin!, pensé. Esa alegría tonta, sin embargo, me duró poco. Enseguida me volvió a la cabeza la idea de «no somos nada». Un cliente aislado, o muchos clientes aislados, les damos exactamente lo mismo. Solo cuando la presión es pública y se ve en los periódicos las cosas se mueven. Y entonces me volví a animar, porque los perióidicos existen y dan noticias maravillosas.

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